lunes 15 de febrero de 2010

Capítulo 3-18 - "Las tinieblas y la luz".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo y sus amigos llevan a cabo un plan final: tomar un arma del Proyecto Polaris y la utilizan contra los ejércitos enemigos. Pero Edmundo hace un espeluznante descubrimiento: Iluvia y Kirlian, de alguna manera, han sobrevivido en el mismísimo corazón de una explosión de radiación que debería haberlos liquidado a ellos antes que a nadie en primer lugar

“Las tinieblas y la luz”

–Tendrás que matarme primero– dijo Edmundo, tratando de mantenerse desafiante aunque en su interior estaba casi congelado de miedo. –¡No me arrodillaré ante un desgraciado lleno de delirios de grandeza tan pervertido que desnuda y tortura a su propia hermana!

–¡Mi hermana!– gritó Kirlian, y soltó una sonora carcajada. –Sí, es mi hermana… Y la haré mi esposa. ¡La machacaré, la aplastaré, la retorceré hasta que aprenda a ser MÍA! ¡¡¡MI ESCLAVA!!! Y será mi esposa. Y me dará hijos. Y construiremos una dinastía que será de gente como yo, más que humanos. Hasta ahora, los gobernantes se han pretendido dioses para gobernar. Ahora… ¡¡¡SEREMOS DIOSES!!! ¡¡¡VERDADEROS DIOSES!!!

Y remató sus palabras volviéndose hacia Iluvia y descargándole una feroz patada, que la hizo encorvarse en sus ataduras, colgando y sin contacto con el suelo como estaba.

–Pero basta de conversación. Has dado demasiados problemas durante demasiados años, Edmundo, y por eso no tienes lugar dentro de mi Nuevo Orden. Te sentencio a muerte, y cumpliré la sentencia de inmediato– dijo Kirlian, y avanzó hacia él.

Edmundo miró su fusil, y sin pensárselo dos veces, lo tiró a un costado para poder correr mejor. Saltó por el muro hacia el interior. Sorprendentemente, la mayor parte de la acrópolis de Retum había sobrevivido intacta, con alguna que otra parte derruida por aquí o por allá. Quizás si el combate hubiera durado más, estaría en ruinas.

Edmundo corrió al interior del Palacio de Arkangis. Agil, musculoso, como la broncínea estatua de un atleta griego, Kirlian trotó detrás. En la superficie terrestre hubiera parecido un comercial de zapatillas, excepto por su falta de vestimenta.

En un salón del Palacio, Edmundo descubrió una lanza. Las armas de rayos descargaban pura energía concentrada, no eran proyectiles materiales como las balas de los revólveres terrestres, pero quizás Kirlian no fuera inmune a ser empalado. De manera que se escondió detrás de una cortina, lo más quieto que podía.

Kirlian caminó hacia la habitación. Se detuvo. Luego caminó un par de pasos, muy lentamente, como si estuviera percibiendo las cosas alrededor. Edmundo podía sentir el suave rumor de sus pasos sobre la alfombra. Apenas lo sintió pasar, cargó.

La lanza se quebró en la espalda de Kirlian. Le hizo un pequeño rasguño, pero apenas alcanzó a manar sangre, como si sólo le hubiera rasguñado un gato.

Kirlian ni se tomó la molestia de volverse para hablarle a Edmundo cara a cara.

–¿Crees que no sabía que estabas allí? Escuché tu respiración, Edmundo. Sí, ser lo que soy me ha hecho desarrollar mis sentidos, así como mi resistencia física. Estás condenado, Edmundo. No estás muerto simplemente porque me estoy divirtiendo un poco contigo antes de matarte de la manera más sanguinaria posible.

Edmundo salió corriendo una vez más, con todo lo que el corazón y las piernas le daban. Trepó escaleras. Kirlian salió trotando por detrás. Divertido, le gritó:

–¡Eh, Edmundo! ¿Cómo crees que debería matarte? ¿Rajarte la panza para que vieras cómo tus vísceras se te escapan, antes de perecer desangrado? ¿O arrancarte los miembros?

Y luego, bajando siniestramente la voz, añadió:

–Quizás debería sodomizarte. Sí, te probaría cuán inferior eres, antes de matarte.

Edmundo se acercó a la habitación en la cual había visto el balcón en que estaba amarrada la cuerda en que colgaba Iluvia. La cuerda brillaba débilmente, con el mismo tono amarillo. ¿Cómo lo habría conseguido Kirlian? De cualquier manera, eso explicaba que Iluvia no pudiera romperla, aunque ella tuviera los mismos poderes que Kirlian.

De manera que tomó un hacha, y descargó un fiero golpe sobre la cuerda.

Un par de hilachas se soltaron, pero el filo del hacha se melló.

Kirlian apareció en la puerta de la habitación.

–¡Te ha llegado la hora de…! Oh, vaya.

Edmundo ya no estaba en la habitación. Evidentemente había salido por el balcón. Kirlian se asomó al mismo. Edmundo estaba entre un balcón y otro, perfectamente quieto, apoyado en un bordecillo para no caer. No podía subir ni podía bajar.

–¡Muy astuto, Edmundo! Pero dime, ¿cómo te las vas a arreglar para salir? No puedes regresar, y si vas allá te desmembraré con mis propias manos… ¡Espera! Tengo una idea.

Kirlian entonces tomó unos largos fósforos que habían sobre una chimenea, y encendió unos papeles. Luego, esparció los papeles por las cortinas y por otros lugares inflamables, hasta que la madera del suelo también pudiera arder. Luego, silbando alegremente, marchó hacia el otro balcón e hizo lo propio.

–¡Las dos habitaciones se están incendiando, Edmundo! Más tarde o más temprano el fuego se apagará, pero para entonces estarás demasiado cansado de mantener el equilibrio ahí, y te habrás caído… Y para hacerlo más emocionante…

Kirlian descendió escaleras abajo, hasta los sótanos, sin cansarse con todas sus carreras, y sacó consigo un haz de lanzas, y tres estantes donde colocarlas. Puso los estantes en el patio, por debajo del espacio entre los dos balcones, y allí colocó las lanzas.

–Si te cansas… Mueres empalado, Edmundo. Y yo te veré sangrar y te veré morir, y me acercaré y me burlaré de ti. Y quién sabe… Quizá coma algo de tu carne… ¿No dicen los guerreros primitivos que te haces con las cualidades del guerrero cuando comes su carne…? ¿Qué cualidades tendrás, Edmundo? Mmmmmm… Quizás sólo tu testarudez. No es mucho. Pero podría ser algo. Vamos, Edmundo, dime qué harás…

Edmundo miró una vez más el balcón que acababa de abandonar, desde donde colgaba la cuerda en la que Iluvia estaba amarrada. Y empezó a regresar. Las llamas no podían salir al balcón porque éste era de mármol, pero el humo sí lo hacía.

–¿Qué intentas ahora, Edmundo?– preguntó Kirlian. –Vas a arriesgarte, ¿no? Vas a cruzar las llamas, ¿no? Eso tendré que verlo… ¡Te rosquisarás vivo, maldito!

Edmundo alcanzó el balcón. Se rasgó la manga y con ella se confeccionó un pañuelo para amarrárselo, y cubrirse así la nariz, mientras los ojos le picaban por el humo. Y luego, tomó la cuerda y empezó a tirar, a tirar, a tirar, con todas las fuerzas nacidas de su desesperación.

–¡Pero qué…! ¡Maldito, eso es jugar sucio!– gritó Kirlian, y emprendió de inmediato la carrera hacia el interior.

–¡Una vez más tendré que salvarte, Iluvia!– gritó Edmundo, y arrojó parte de la cuerda ya recogida al interior, para que las llamas hicieran su trabajo con ella.

Ya la tenía arriba en el balcón, cuando oyó los gritos de Kirlian al otro lado:

–¿Crees que puedes detenerme con este simple fueguito? ¡Mírame pasar!

–¡Mira esto!– gritó Iluvia, corriendo hacia el interior, ya desamarrada por Edmundo y por ella misma, y le empujó contra una pared. La pared misma quedó con resquebrajaduras. Kirlian envió dos o tres golpes contra Iluvia, y ella los respondió. Edmundo apenas podía distinguir en medio del humo. ¿Es que ni siquiera el fuego era capaz de quemarlos…?

Mientras estaban enfrascados en su lucha particular, Edmundo salió del balcón, en dirección al otro, al que Kirlian no había obstruido con un incendio. Empezó a deslizarse frenéticamente por el bordecillo. Lo alcanzó.

Cuando estaba en el balcón de destino, observó como en el balcón vecino, salió proyectado contra el borde del balcón, el cuerpo de Kirlian, bien ensartado en una espada de metal cuya hoja se había quebrado, no sin antes de que ésta quedara bien enterrada en el abdomen. Kirlian trataba de zafarse de aquella hoja de espada que lo traspasaba de costado a costado. Iluvia lo levantó en el aire, y lo arrojó con lanza y todo hacia el exterior del balcón. En el silencio mortal de una ciudad entera sin seres humanos, se escuchó nítidamente el espeluznante grito de Kirlian.

Edmundo corrió hacia abajo. Kirlian estaba retorciéndose. Allí donde había caído, el pavimento había quedado resquebrajado. Sangraba. Consiguió levantarse, cojeando en el intento, y haciendo una enorme fuerza, con un sonoro gruñido, se sacó la hoja de espada.

–¡Ahora estoy muy enfadado, Edmundo! ¡Esto era entre tú y yo! ¡Ahora tendré que matarlos a los dos, malditos! ¡Cómo te atreves a pretender casarte con mi hermana! ¡¡¡MI HERMANA ME PERTENECE, Y SOY YO QUIEN DEBO ENGENDRAR EN ELLA!!!

Edmundo miró de soslayo al balcón. Iluvia no estaba arriba.

Edmundo intentó retroceder, pero Kirlian corrió hacia él. Se le abalanzó encima, antes de que Edmundo pudiera hacer nada. Le puso la mano al cuello, y empezó a apretar con mucha lentitud.

–No me apuraré, para que disfrutes tu muerte, ahorcado por mí– dijo Kirlian.

Edmundo dejó de forcejear con las manos de Kirlian, y empezó a introducir su mano por el agujero en el abdomen. Para su sorpresa, por debajo de la coraza exterior podía adivinarse que un interior tan frágil como el de cualquier ser humano. Kirlian gritó y trató de zafarse.

Apenas lo hizo, sus ojos se quedaron atónitos. Edmundo había arrancado una porción de intestinos aprovechando el seco tirón que había dado Kirlian al retroceder.

–¡Maldito!– chilló Kirlian, y le tomó la mano a Edmundo, quebrándosela de un movimiento seco. Luego, empezó a tratar de meterse el intestino de nuevo en su lugar.

–¡Kirlian!– gritó Iluvia a sus espaldas.

Kirlian se volteó, y abrió los ojos.

–Gracias por dejar todas esas lanzas acá abajo– dijo Iluvia, y le soltó una lanza. Luego otra. Y luego otra más. La mayor parte rebotó o apenas rasguñó a Kirlian, pero una lanzada en perfecta línea recta le atravesó el estómago, y otra igualmente certera hizo lo propio con su pecho. Kirlian se tambaleó, y tropezó encima de Edmundo, temblando, con su sangre cubriendo el patio a su alrededor, y bañando a Edmundo con ella, como Sigfrido bajo la sangre del dragón.

Iluvia miró a Edmundo y le pasó con gelidez una lanza.

–Gracias, Iluvia– dijo Edmundo, tomando la lanza con la mano buena. Y luego, miró a Kirlian. –¿Ibas a desmembrarme, a rajarme la panza, a sodomizarme? Si tanto disfrutas que te penetren las lanzas, disfruta ésta– y añadió con ironía: –Con todo mi cariño, amorcito.

–¡No!– intentó chillar Kirlian, pero la voz no le salió. Edmundo metió la lanza de manera oblicua, por el primer agujero en el cuerpo de Kirlian, por el que había salido el intestino, y la enterró hacia arriba, rasgándole el estómago, enterrándola, enterrándola, siempre enterrándola, rasgándole el diafragma, alcanzando sus pulmones… Kirlian se retorcía espasmódicamente a cada nuevo impulso de Edmundo, y su boca soltaba mudos “no-no-no”… Hasta que finalmente se quedó quieto y con los ojos por completo vidriosos.

–¿Qué fue todo esto, Iluvia?

–PRINCESA Iluvia– dijo ella. Y luego, ante la mirada férrea de Edmundo, suspiró y soltó quedamente, no sin una mueca de fastidio: –Iluvia.

Y luego de pensárselo un par de segundos, añadió con severidad:

–Sólo en privado.

Edmundo se levantó, tratando de ahogar el dolor que sentía en su mano quebrada.

–¿Ahora somos enemigos otra vez?– preguntó Edmundo. –Ya no tienes ejército y no puedes regresar victoriosa hasta tu padre.

–Ahora que Kirlian ha muerto, soy la princesa heredera al trono– dijo Iluvia. –Habrá cuestiones de alta política que resolver, pero… Lo siento, no entiendes de estas cosas, Edmundo. No podrías entenderlas.

–Entiendo que esta guerra se ha terminado, Iluvia. Y como heredera, deberías admitirlo.

Iluvia miró a Edmundo, y por un instante, a él le pareció que ella cedía en su mirar por un instante. Pero fue un destello fugaz. Iluvia siempre sería una princesa, y siempre se comportaría de esa manera altiva e indiferente.

–Te tendré en cuenta, Edmundo– dijo finalmente Iluvia, después de pensárselo un instante, sin perder la altivez ni por un instante. –Has luchado más allá de lo que nadie esperaba, y has sobrevivido a lo que nadie esperaría sobrevivir. Quizás, algún día, necesite a alguien como tú… en mi Gobierno.

Edmundo se sentó, con la mano todavía con dolor, y asintió. Iluvia, mientras tanto, se dio la media vuelta e ingresó al Palacio, buscando alguna ropa con la que vestirse.

Algunos días después, a muchos de kilómetros de distancia, en Kriegsburg, la capital de Kriegsweltz IV, en el Salón del Trono, el Kaiser Lama recibía a Undblus. Kriegsweltz IV lucía cansado, mortalmente cansado, debido al aluvión de nuevas que había recibido: la derrota de los ejércitos de Lin, la liberación de los Seis Reinos, la muerte de su hijo Kirlian. Su rapidez mental parecía haberse desvanecido, y era casi una sombra de sí mismo.

Finalmente, después de debatir la situación, Kriegsweltz IV le dijo a Undblus:

–He meditado la situación, Undblus. Créeme, lo he hecho durante todo este tiempo. Si tan solo los estúpidos habitantes de la superficie no hubieran hecho la tontería de traer a un indorroan al planeta con el Proyecto Polaris… Ya no queda tiempo para salvar a la Tierra ni a la Humanidad. No queda tiempo, Undblus, simplemente no queda… La única salvación siempre ha sido es un gobierno único, y yo no he sido capaz de imponerlo. Y con Kirlian muerto a manos de Edmundo, sólo me queda una opción.

–¿Cuál es, padre?

Kriegsweltz IV suspiró, y luego, casi temblando, habló:

–Edmundo ha mostrado tener todas las cualidades necesarias para tomar decisiones difíciles y gobernar, mejor que mi hijo Kirlian, en quien cifré todas mis esperanzas, y que resultó ser un completo inútil. Por lo tanto, debe transformarse en mi heredero. Se casará con Iluvia. Y yo abdicaré. Porque él nunca se rendirá, y esta guerra debe terminar, por el mayor bien de toda la Humanidad. Sí, así tendrá que ser… Así tendrá que ser…

Y luego, recuperando su tono imperioso habitual, Kriegsweltz IV ordenó:

–¡Undblus! Envía un mensaje a Tartenos. Diles a Edmundo e Iluvia que el Trono Imperial del Kaiser Lama de Freilande es suyo. Diles que esta guerra se acabó, aquí y ahora. Para mí ha llegado el tiempo de descansar, y para Edmundo, el de reinar.

FIN DEL TERCER CICLO DE “INFRA TERRA”.

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