lunes 8 de febrero de 2010

Capítulo 3-17 - "Inmolación".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: El grupo y las tropas de Retum han conseguido hacerse con la TRB, un arma de exterminio masivo que podría eliminar de un solo golpe a las tropas invasoras. En el trayecto hacia Arkangis, la comitiva es emboscada por los hombres de Calibos, quienes se hacen con el control de la situación. Después de deliberar, Edmundo resuelve que lo mejor es detonar la TRB, aunque eso signifique el sacrificio de toda la población civil de Arkangis

“Inmolación”

Wolfgang Spengler, que había estado trabajando en la bomba, se acercó a Edmundo.

–Hay buenas noticias, después de todo. El aparato tiene un contador. Podemos dejarlo activado, y salir de aquí por pies en dirección a Deucratis.

–¿No nos pasará nada? Acuérdate que nuestros vehículos utilizan teranergium.

–Aprendí algo sobre el tema mientras estuve un año trabajando en los laboratorios de Kriegsweltz, pero aún así me hace falta una mesa de dibujos y una computadora para sacar cálculos… no lo podría decir con exactitud, Edmundo.

–De todas maneras, intentémoslo– dijo Edmundo.

–Anulamos el sistema de manejo del vehículo blindado que contiene la bomba. No podrán llevárselo manejándolo, y pesa demasiado como para que lo puedan mover mucha distancia antes de detonar. Y el propio blindaje del vehículo protegerá a la bomba, en caso de que intenten atacarla con proyectiles a distancia– dijo Calibos.

–Una vez activada, no podrá ser desarmada– dijo Wolfgang Spengler.

Wolfgang Spengler dejó el contador en una hora, el máximo posible, y dejó armada la bomba. Luego, armados de sopletes, los soldados de Calibos cerraron la puerta trasera del blindado y la sellaron herméticamente. La TRB estaba ahora clavada en su sitio, y nadie podría impedir que detonara en ese lugar en una hora más.

–Ahora larguémosnos– dijo Edmundo.

El grupo entero se subió al vehículo, y emprendió la marcha aceleradamente, mientras internamente iban contando los minutos antes de la detonación. Como el vehículo era en realidad un vehículo militar retumiano, y en medio de la confusión general de tropas retumianas que regresaban por todas partes a defender a Arkangis, nadie intentó frenarlo, asumiendo que debía llevar alguna clase de mensaje importante o algo similar. Con todo, debían estar en alguna de las cinco bocas de la caverna de Arkangis y traspasarla para estar a salvo de la detonación. Y cada una de las cinco cavernas estaba repleta de tropas, bien sean por las tropas retumianas que aún no habían caído, bien sea por las tropas de Kirlian que habían conseguido forzar la entrada hasta el interior y le habían puesto sitio a Arkangis.

A lo lejos, por la rejilla del vehículo blindado, podía verse la ciudad de Arkangis bajo asedio. Todo era humo negro y destellos de explosiones, tanto entre las tropas sitiadoras como en los muros de la ciudad. El exterior de la ciudad, más allá de las murallas de la acrópolis, las casuchas de los barrios miserables en las laderas de la colina de Arkangis, ardían en un solo gran y voraz incendio: los miserables civiles de la ciudad debían estar muriendo a montones, de todas maneras, antes de que la TRB se los llevara consigo. Edmundo cerró los ojos, conmovido por aquellos pobres diablos a los que él mismo, en buena medida, estaba arrojando a una muerte definitiva. Porque aún podían escapar de las tropas sitiadoras, pero de la TRB no tendrían ninguna oportunidad. Serían inmolados, peones de una política superior que ellos jamás llegarían a comprender, en manos de gentes más allá del bien y del mal decidiendo sus respectivos futuros. Edmundo frunció los labios, sin poder evitar el pensar que estaba alineando ucranianos contra el muro, y que lo lamentaría todo el resto de su vida, así como Wolfgang Spengler le había dicho que su padre lo había lamentado en la Segunda Guerra Mundial.

Llegaron hasta el puesto respectivo. Casi había vencido la hora.

–¡Hacia donde van!

–¡Tenemos órdenes de enviar una comunicación urgente!– gritó Calibos, al volante. –¡Las comunicaciones no salen de Arkangis!

Eso era plausible, debido a que en el Planeta Interior, debido a los gruesos muros de roca entre caverna y caverna, se necesitaba una enorme cantidad de estaciones retransmisoras esparciendo las ondas herzianas. Estaciones que bien podían haber sido destruidas por la invasión de Kirlian.

–¡Pero aún podemos comunicarnos con Arkangis! Con dificultad, pero…

–¡A mí me dieron órdenes de alcanzar este puesto y enviar una comunicación urgente al exterior! ¡Son mis órdenes! ¿Las quiere ver…?

–Er… No será necesario, señor. Dígame cuál es el mensaje.

–Debo enviarlo en persona.

–Pero no es neces…

–¡Tengo órdenes! ¿Quiere usted entenderse con Grekevian?

En realidad, Calibos se había inventado el personaje, utilizando un apellido aristocrático de Retum, pero lo hizo sonar con convicción, y el otro tipo vaciló.

–Por… supuesto que no… señor. Enseguida.

Calibos bajó del vehículo. Hizo cuenta como de que enviaba un mensaje, y consiguió que se lo creyeran.

–Bien, debo seguir camino al exterior. Reporte a Arkangis que los refuerzos de la División Séptima van en camino, apenas vaya a encontrarlos para pasarles informes sobre las tropas de Kirlian.

–¡Sí, señor!

Calibos se subió al vehículo, y prosiguió su marcha.

–Para cuando lo descubran, estarán fritos por la radiación– dijo Calibos.

Siguieron adelante, apretando a fondo el acelerador.

Pasó una hora.

Nada sucedió.

–¿Habrá detonado?– se preguntó Edmundo.

–No hay forma de saberlo. La radiación quedará atrapada en los muros internos de la caverna de Arkangis. El aire seguramente quedará también radiactivo. Pero habrá que esperar. No podemos ir y asomarnos, o nos llegarán los coletazos de la radiación.

Calibos respiró hondamente. El grupo, después de cerciorarse de que no había nadie alrededor, descendió del vehículo, dándose toda la calma necesaria. Les dolían todos los miembros, sintiendo los aguijonazos del ácido láctico en sus músculos. Había sido una larga, muy larga jornada.

–¿Y ahora?– preguntó Diana.

–A Deucratis– dijo Edmundo. –Dentro de poco tendremos noticias sobre si las cosas funcionaron o no.

Cerca de un día después, o quizás más o menos, algo difícil de precisar debido a la constante iluminación por parte de las bacterias quimiosintéticas en aquellas cavernas, que obligaba a confiar en los ritmos circadianos de las personas, los informes dispersos empezaron a fluir. Del ejército comandado por Kirlian, nada más había llegado a saberse, así como de Arkangis. Las tropas de Retum en el resto del reino, sin una dirección clara y visible, y enormemente diezmadas por su batalla contra el ejército de Freilande, se habían puesto en alerta para defenderse, pero no podrían hacer nada más por el minuto. En cuanto a las guarniciones que Kirlian había dejado en cada uno de los Reinos antes de marchar en su campaña definitiva contra Retum, apenas habían cesado las noticias desde Arkangis, se habían producido revueltas generales. Las guarniciones habían sido desbordadas por las rebeliones populares, y los soldados capturados y linchados. Lo mismo estaba ocurriendo con todos aquellos gobernantes que se habían tornado colaboracionistas, que habían acabado ejecutados por la multitud, colgados de balcones o arrojados de ellos, o bien se habían fugado y su paradero era un misterio. Los Seis Reinos eran libres otra vez.

–Vendrán más ejércitos de Kriegsweltz IV– observó Diana. –Y los Seis Reinos están demasiado diezmados.

–Por eso debemos apurarnos– dijo Edmundo. –Todavía queda una posibilidad. El Senado de Deucratis era la vía para democratizar a los Seis Reinos y transformarlos en una federación. Si consiguen hacer eso, hacer un Senado en que representantes de los Seis Reinos estén presentes para adoptar políticas comunes, entonces, con los recursos de los yacimientos de teranergium, tenemos la posibilidad de plantarle cara a Kriegsweltz IV. Yo diría que a partir de este punto, la guerra acabó.

Wolfgang Spengler sonrió, aunque era una sonrisa cansada. En pocas horas, parecía haber envejecido muchos, muchos años. Sus ojos lucían opacos, su vitalidad ya ida.

Diana también sonrió. Pero Edmundo la miró por primera vez con otros ojos. Ya no era la joven universitaria de la pensión en Viña del Mar, con la que había iniciado sus aventuras. Ahora, a pesar de haber vivido tantas aventuras en común, era casi una extraña. No lucía prematuramente envejecida, pero sí representaba más años de los que tenía. Y en particular, su mirada reflejaba una cierta ansiedad. Edmundo seguiría involucrado en el futuro, en la reconstrucción del mundo que vendría, pero Diana no. Ella añoraba su paz y su tranquilidad. Era definitivo. Sus caminos se separarían, probablemente para siempre.

Edmundo miró una vez más en dirección hacia donde debería estar Arkangis.

–Iré allá– dijo finalmente.

–¡Para qué!

–Se supone que la TRB sólo mataba a la gente por irradiación, pero deja intactas las máquinas y los edificios, ¿no?– preguntó Edmundo. –Iré a ver si encuentro infraestructura de la que podríamos apoderarnos, alguna información valiosa, algo que nos ayude a prepararnos para la siguiente incursión de Kriegsweltz IV. Debemos estar preparados.

–Te acompañaré– dijo Wolfgang Spengler.

–No– dijo Edmundo. –Iré solo.

–¿Estás loco? ¡Las tropas de Retum, las…!

–Pasaré mejor hasta Arkangis si voy solo, llamaré menos la atención– dijo Edmundo.

Se despidió de Diana, y de Wolfgang Spengler, y emprendió el viaje de regreso en un vehículo blindado. No tuvo mayores contratiempos en el viaje, y eso le dio la posibilidad, por primera vez en mucho tiempo, de pensar con calma. Quizás estaba adelantándose, quizás no era la paz definitiva después de todo, pero ya no sentía el sobresalto constante en que debía vivir cuando había formado la guerrilla, ni el sentido de urgencia que tenía cuando había tratado de unificar a los Seis Reinos contra la incursión de Kriegsweltz IV. Eran pensamientos vagos, sobre la totalidad, no concentrados en los problemas específicos que debían resolver minuto a minuto, rogando por no enredarse más a continuación.

En una de las cinco cavernas que conducían hacia Arkangis, encontró los puestos militares sin ningún daño estructural. Pero en su interior, todos los hombres estaban muertos. Sus cuerpos estaban esparcidos allí por donde hubieran caído, completamente lacios, y empezaban a heder. Tenían feas manchas en la piel, quemaduras producto de la radiación.

Siguió avanzando en dirección hacia Arkangis. Pudo observar vehículos fuera del camino, estrellados o inmovilizados. Más cerca aún, descubrió baterías de combate y armamento, junto con otros cadáveres. Todo estaba absolutamente quieto, no había gente viva que hiciera ruido operando maquinaria, caminando, hablando, o simplemente respirando.

Llegó hasta Arkangis. El incendio había devorado por completo todo el anillo exterior de casuchas, y sólo habían palos tiznados levantándose hacia el techo de la caverna. Había un feo boquete en la muralla exterior. Sobre todas partes habían cuerpos y más cuerpos, todos ellos inertes, ninguno vivo. Edmundo descendió del vehículo para cruzar la muralla por ahí, porque la gran puerta estaba cerrada.

Una vez sobre el boquete de la muralla, causado sin lugar a dudas por la artillería de Freilande, Edmundo se quedó perplejo.

En el balcón del Palacio Real del Natchinai Zar, había una figura femenina desnuda levantada a escasos centímetros del suelo, colgando de una cuerda desde el segundo piso. Estaba maniatada, amarrada y amordazada. La cuerda brillaba débilmente, con un resplandor amarillo. La chica también. Al lado de la chica, propinándole cada tantos segundos un puñetazo, seguido de algún comentario sarcástico, había un hombre.

Eran Iluvia y Kirlian.

Kirlian levantó la cabeza, y miró en dirección a Edmundo. Y su rostro se alegró.

–¡Qué sorpresa, Edmundo! ¡Mira! ¡Todos murieron a nuestro alrededor! ¡Pero nosotros sobrevivimos! No sé qué habrás hecho, pero no te resultó matarnos… ¡Porque sobrevivimos! ¡Somos inmortales! ¡Y ahora… Pobre mortal… MORIRÁS!!!

Edmundo retrocedió un poco, inconscientemente, atemorizado ante la manifestación de poder que sus ojos incrédulos apenas le permitían presenciar.

–Pero antes de matarte, Edmundo, soy curioso… ¿Qué fue lo que hiciste? ¿Cómo lo provocaste? Vamos, quiero saber antes de tener el gusto de retorcerte el cuello– dijo Kirlian, sonriendo salvajemente, y caminando completamente desnudo y envuelto en su resplandor amarillo, en dirección hacia Edmundo. –Porque lo que mató a todas mis tropas, y mató a toda la gente de Arkangis, ni a mí ni a mi hermana nos hizo nada… ¿Cómo será eso posible…?

–Ojalá lo supiera– replicó Edmundo, boquiabierto. Pero pensaba: el arma utilizada, la TRB, poseía presumiblemente tecnología indorroan, Kriegsweltz IV debía también saber sobre ellos. ¿Acaso la familia imperial de Freilande entera eran… indorroan…? ¿O habían utilizado alguna clase de terapia genética para… sobrevivir a un ataque como ese…?

Edmundo prefirió salir de dudas. Levantó su fusil de rayos y disparó varios tiros. Kirlian ni siquiera intentó esquivarlos: los recibió todos, y no parecieron hacerle mella.

–¡Cuán tonto eres, Edmundo! ¡Esas cosas sólo funcionan con los mortales! Y yo soy invencible. Yo soy inmortal. Y más que eso… ¡¡¡YO SOY LA LUZ QUE DESTRUYE LAS TINIEBLAS!!! ¡¡¡VEN ACÁ, EDMUNDO, HOMBRE EN LAS SOMBRAS, Y MUERE ARRODILLÁNDOTE ANTE MI PODER!!!

Próximo capítulo (último del Tercer Ciclo): “Las tinieblas y la luz”.

1 comentarios:

Michel dijo...

Hola Estuve visitando tu blog y me parece muy interesante, permíteme felicitarte. Sería para mi muy agradable contar con tu blog en mis 2 directorios y estoy completamente convencido que para mis visitas que no son pocas será de mucho interés. Si lo deseas no dudes en escribirme muchos Éxitos con tu blog.

Un saludo
Franck Michel Reyes
WebMaster
contacto: reycastillo08@hotmail.com