Capítulo 3-16 - "La decisión final".
ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: La expedición en la superficie terrestre obtiene la TRB, un arma que funciona detonando todos los depósitos de teranergium a su alrededor. Pero al regresar, Edmundo se entera de que las tropas de Freilande, comandadas por Kirlian, están atacando Arkangis, y se da cuenta de que usar el arma significaría aniquilar también a la población civil de la ciudad…
Edmundo se acercó a Wolfgang Spengler.
–¿Y…? ¿Qué dijo el doctor…?
–Bueno… Seguiré fuerte como un roble. Por unos años al menos– dijo Wolfgang Spengler, tratando de parecer optimista, aunque por el tono de voz, a Edmundo no le costó mucho adivinar que eso era sólo una parte de la verdad.
–Wolfgang, debemos apurarnos. Freilande ha iniciado la invasión final contra Retum. Está a las puertas de Arkangis. Y adivina quién comanda las tropas esta vez. Kirlian.
–¿El hijo de Kriegweltz IV? ¿E Iluvia, qué pasó con ella? ¿No estaba ella a cargo?
–No sé qué habrá pasado– dijo Edmundo. –Pero tenemos que regresar rápido. Y tratar de que no activen la TRB.
–¿Qué? ¡Pero si tenemos la victoria al alcance, Edmundo!– preguntó Wolfgang Spengler.
–¡Wolfgang, se suponía que íbamos a tratar de llevarla hasta el corazón de las tropas de Freilande, de alguna manera, y detonarlo ahí! ¡Donde nadie muriera, salvo los soldados! ¡Si la detonan en Arkangis, no quedará absolutamente nadie vivo en la ciudad, incluyendo la población civil, las mujeres, los niños…!
–Es una guerra, Edmundo. Y toda guerra importa sacrificios. Si detonamos la TRB en Arkangis, descabezaríamos a Retum y a su maldito dictador, y además terminamos con las tropas de Lin, salvaguardamos a los Seis Reinos, y nos cargamos a un hijo de Kriegsweltz IV por añadidura. ¿Qué podría ser mejor que todo eso?
–¿Y quién la va a detonar, Wolfgang?
–Yo lo haré, si es necesario– dijo él.
–¡Te matará! ¡Serás el primero en morir!
–Todos vamos a morir algún día, ¿no? Además… Todo esto ha pasado por mi culpa. Si yo no me hubiera equivocado hace veinte años atrás… Quizás hubiera sido posible un acuerdo entre Kriegsweltz IV y la superficie terrestre. Todo esto ha pasado porque un bando y otro le tienen miedo a los indorroan, sean lo que sean. Y tienen razón. Los indorroan son tan poderosos que pueden mantener vivo a un ser humano en órbita sin comida y sin agua, y probablemente sin oxígeno, en el aislamiento de una estación espacial por años completos, así es que no pensemos en qué pasaría si tienen éxito en atacarnos…
–¡Wolfgang…!
–¡Edmundo, yo también era como tú! Pensaba como tú y sentía como tú. Yo nunca tuve hijos, pero me habría sentido orgulloso de que tú hubieras sido el mío. En estos años combatimos juntos, lealmente, sin flaquear, por una causa, por un ideal. Porque nosotros no ponemos ucranianos contra el muro, ¿recuerdas?
–Eso mismo es lo que haremos ahora, Wolfgang, poner ucranianos contra el muro. No son ucranianos, son de Arkangis, pero es lo mismo. Es gente inocente que va a morir. ¡Si es necesario hacerlo, hagámoslo, pero les debemos al menos averiguar si existe otro camino para hacer esto! ¡O si no seremos igual que Kriegsweltz IV!
En ese minuto apareció Kirev y les gritó un par de órdenes. Estaban listos para descender.
El grupo entero descendió en silencio. Edmundo meditaba cómo arreglar la situación sin verse obligados a detonar la bomba, mientras que Wolfgang Spengler rumiaba sus propios pensamientos sobre el destino, la predeterminación, y el libre albeldrío. Diana, por su parte, estaba simplemente cansada, y aprovechó el instante para suspender todos los pensamientos y relajarse un poco.
La TRB fue subida a bordo de un vehículo, que levitó un poco y emprendió la marcha pesadamente. Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler iban en un vehículo blindado aparte, junto con Kirev y sus cuatro hombres.
–¿Ahora, señor?– preguntó uno de ellos, impaciente.
–No– dijo Kirev. –El Natchinai Zar los quiere vivos.
–Pero ellos intentaron fugarse… Y nosotros les disparamos…
–¿No lo entiendes? Las fuerzas de Kirlian están poniéndole asedio a Arkangis. No tenemos tiempo para que nuestros científicos adivinen cómo funciona el aparato.
Pero Kirev miró significativamente a Edmundo. Apenas tuviera la oportunidad, le mataría.
De pronto hubo disparos, gritos y órdenes, y luego, una gran explosión tumbó el vehículo.
–¡Ahora!– gritó Edmundo.
Por instinto, Diana y Wolfgang Spengler se incorporaron dentro del vehículo volcado y se lanzaron sobre sus oponentes. Con la ventaja de la iniciativa, consiguieron inmovilizarlos tras una breve lucha, apoderándose de las armas.
–¿Y ahora qué?– preguntó burlonamente Kirev. –¿Cómo vas a abrir…?
Una explosión abrió la compuesta trasera del vehículo blindado. Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler se arrojaron al suelo. Una lluvia de disparos inundó la cabina.
–¡Soy Edmundo, maldita sea, soy Edmundo!– gritó éste, pensando en que si eran las tropas de Lin, ser su rehén podía tener alguna utilidad, y si eran otro enemigo de Retum, podía haber suerte y salvar con vida de la situación.
–¡Edmundo!– gritó una voz familiar. –¡Estás vivo!
–¿Calibos? ¡Demonios, qué están haciendo!
–¡Qué crees! ¡Apoderándonos de las armas que fuiste a buscar allá arriba! ¡Para quitárselas a Retum y llevarlas a Deucratis!
–¡Maldición, ni siquiera sabes qué armas son!
–Bien… entonces dime.
–Es una bomba. En Deucratis no va a servir de nada.
–Va a servir como un elemento disuasivo. Tendrán que marcharse de Deucratis.
Uno de los soldados al interior del blindado intentó levantarse. Wolfgang Spengler le disparó sin vacilar tres o cuatro veces. El soldado acabó muerto.
–Vamos, ejecutemos a estos perros de Retum antes de que vengan a por nosotros– dijo Calibos.
Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler salieron del vehículo. Los soldados de Retum fueron colocados contra la pared, y ejecutados sumariamente. Cuando salió Kirev, con las manos en la cabeza, Edmundo se adelantó. Y le soltó un recio puñetazo en el estómago, que lo hizo doblarse en dos.
–A este hijo de perra, déjamelo a mí– dijo Edmundo, levantando una pistola de rayos y apuntándosela a la cabeza.
–¿Me vas a matar, desgraciado?– preguntó Kirev. –¡Muero por Retum, que es el más grande honor que una persona puede tener, y tú jamás tendrás una muerte tan honorable como la mía, perro extranjero!
–¿Recuerdas a Galponov? ¿A tu hombre? No lo maté. En vez de eso, lo dejé amarrado para que el hambre, la sed o la radiación, lo que viniera primero, se lo llevara. Sólo por si tú, hijo de puta que dejas abandonados a tus hombres, tenías la idea de rescatarlo. Pero no la tuviste, ¿no?
–¡El arma era más importante!– masculló Kirev entre dientes.
–Y Galponov no encontró honorable morir por Retum. Por el contrario, suplicó y gimió. Y cuando vio que lo íbamos a abandonar de todos modos, nos imploró con toda la humildad del mundo que por favor lo ejecutáramos rápido. ESO es un soldado de Retum, fanfarrón estúpido, así es que no trates de enseñarme mal lo que yo ya sé bien.
–¡Hijo de…!– gritó Kirev, levantándose para atacar a Edmundo, y entonces Edmundo, a bocajarro, disparó. Kirev cayó con la cabeza sangrando, los ojos bien abiertos, y el cuerpo completamente suelto e inerte.
Edmundo levantó la cabeza. Estaban a los pies de la colina que llevaba a Arkangis, y se sentían los cañonazos y se veían las explosiones de la otra cara de la ciudad, asediada por las tropas comandadas por Kirlian. Retum era poderoso, pero era un reino pequeño en comparación a todos los recursos de Freilande. Más tarde o más temprano, la ciudad de Arkangis caería, y el resto de Retum sería conquistado como un castillo de naipes. Con lo que los Seis Reinos, y sus fabulosas minas de teranergium, caerían en manos de Freilande.
Pero había un factor nuevo. ¿De verdad Kriegsweltz IV había llevado a cabo sus horribles conquistas y sus atroces genocidios como una medida desesperada para contener a los indorroan y una suerte incluso peor…? Entonces… ¿no era favorecer a Retum y mantener la independencia de los Seis Reinos, una manera de prolongar la agonía? ¿Acaso no debía unirse toda la Humanidad, más tarde o más temprano, para contender con los indorroan…?
Edmundo observó al grupo de comandos de Calibos. Eran nueve hombres en total. Habían más, pero en el intercambio de disparos algunos habían caído. En el grupo también estaban Gibson y Combs.
–¿Y el resto? ¿El resto de los que viajamos desde Deucratis a Retum?
–Fisherman, Kertratis y Hebión están en alguna parte, les perdimos el rastro. El resto está muerto, mientras nos fugamos desde Arkangis. Ahora, háblanos del arma.
–Es una bomba. Es una especie de detonador. Por sí misma no hace mucho daño, es como una bomba corriente, pero si hay depósitos de teranergium cerca, los activa en una reacción en cadena, y los hace soltar una cantidad brutal de energía– dijo Edmundo.
–No afecta a las casas ni las construcciones. La radiación las traspasa limpiamente. Pero el tejido vivo… Todo lo que está vivo en un buen radio a la distancia, muere.
Calibos miró a los suyos. Había adivinado lo mismo que Edmundo: los depósitos de teranergium de Arkangis.
–¡Muy bien!– dijo Calibos. –Activemos esta cosa.
–No– dijo Edmundo. –Con esto arrasaremos con la población civil de…
–¡De Retum! ¡Los retumianos no valen nada!– dijo Calibos. –¡Nosotros en Deucratis valoramos la vida, la libertad, la seguridad! ¿Y ellos, los retumianos? ¡Son pobres bichos, serviles, abyectos, incapaces de levantar su cabeza! ¡Por eso el Natchinai Zar los gobierna y los oprime con su tiranía! Vamos, Edmundo, librémoslos de una vez de su miseria. Ambos sabemos que ellos no tienen vidas que merezcan vivirse, después de todo.
–¿No originará esto una reacción en cadena también en los minerales de teranergium que están en las minas, en los yacimientos?– preguntó Gibson. –En ese caso, si detonamos el arma, no sólo Arkangis será destruido, sino también los Seis Reinos en masa.
–No– dijo Wolfgang Spengler. –Para que el teranergium esté lo suficientemente concentrado para entrar en una reacción en cadena por la TRB, requiere tener una pureza del sesenta o setenta por ciento, probablemente más. En los yacimientos de los Seis Reinos, el teranergium tiene apenas una ley del tres al cuatro por ciento, en el mejor de los casos. En cambio, las pistolas de rayos que funcionan con teranergium poseen una ley cercana al ochenta por ciento, y lo mismo el armamento, y los depósitos de teranergium refinado en las bodegas. Esos sí que van a convertirse en radioactivos.
–¡Aún así, no lo permitiré!– dijo Gibson. –¡Será una misión suicida!
–¡Yo lo haré!– dijo Wolfgang Spengler. –¡Yo me quedaré a detonar la TRB!
–¿A qué distancia debemos estar para que el arma sea efectiva?
–A la distancia en que estamos, bastará– dijo Wolfgang Spengler. –Déjenme solo y yo me encargaré del resto.
–¡Wolfgang, no!– dijo Edmundo. –Si lo haces…
–¿Si lo hago…?
–Kriegsweltz IV sufrirá un enorme revés militar. Además, morirá su hijo y heredero natural, junto con Iluvia probablemente. La mejor posibilidad que tenemos para formar un frente unido contra los indorroan, se acabará para siempre.
Ahora fue Diana la que miró a Edmundo con sorpresa.
–¿No fuiste tú mismo el que me dijo que no cejaría en hacerle la guerra a Kriegsweltz IV, que era el peor asesino de la Historia, que no debíamos olvidar el pasado…?
–¡Es que tenemos que olvidarlo! ¡O de lo contrario, los indorroan nos caerán encima y no tendremos ninguna posibilidad en su contra!
–¡Esos son los desvaríos de un loco! ¡Ni siquiera sabemos si Polaris Dos estaba funcionando mal y Ferguson, o quién fuera ese loco, nos estaba hablando desde la Tierra! ¡Edmundo, tú no…!
Edmundo se dio un minuto para pensar. ¿Cuál era la decisión correcta? ¿Detonar la bomba y exterminar a toda la población civil de Arkangis junto con prolongar quizás durante varios años la guerra entre los Seis Reinos y Kriegsweltz IV, hasta que los indorroan irrumpieran y los destruyeran a todos? ¿Y si no existía ninguna amenaza llamada “indorroan”? ¿Y si no la detonaban, acaso no le entregarían Retum en bandeja a Kriegsweltz IV, anulando la última posibilidad de resistencia en su contra…?
Y si tomaba la decisión correcta, cualquiera fuera… ¿le obedecerían? Calibos estaba por detonarla. Wolfgang Spengler estaba decidido a hacerlo él mismo si fuera preciso. Gibson estaba por llevársela y guardarla para una mejor ocasión. La TRB en sí misma era demasiado grande para tratar de escamotearla: se requerían cuatro hombres para levantarla y traspasarla al vehículo blindado del grupo de los nueve. Y si no tomaban una decisión rápido, eran vulnerables a un contragolpe de Retum buscando recobrar la bomba, o bien a que una patrulla de Kirlian avanzara hasta ellos, los atacara y se apoderara del arma.
Edmundo miró hacia Arkangis por un instante, abstraído de todo, mientras a sus espaldas Gibson y Calibos seguían argumentando. Y finalmente, después de pensárselo…
–No tiene sentido usar la TRB como elemento disuasorio. Anunciar que la tenemos sólo hará que nuestros enemigos se protejan contra la posibilidad de introducirla en filas enemigas. Eso nos deja solamente una opción: usar el elemento sorpresa, y detonarla.
Próximo capítulo: “Inmolación”.
“La decisión final”
Edmundo se acercó a Wolfgang Spengler.
–¿Y…? ¿Qué dijo el doctor…?
–Bueno… Seguiré fuerte como un roble. Por unos años al menos– dijo Wolfgang Spengler, tratando de parecer optimista, aunque por el tono de voz, a Edmundo no le costó mucho adivinar que eso era sólo una parte de la verdad.
–Wolfgang, debemos apurarnos. Freilande ha iniciado la invasión final contra Retum. Está a las puertas de Arkangis. Y adivina quién comanda las tropas esta vez. Kirlian.
–¿El hijo de Kriegweltz IV? ¿E Iluvia, qué pasó con ella? ¿No estaba ella a cargo?
–No sé qué habrá pasado– dijo Edmundo. –Pero tenemos que regresar rápido. Y tratar de que no activen la TRB.
–¿Qué? ¡Pero si tenemos la victoria al alcance, Edmundo!– preguntó Wolfgang Spengler.
–¡Wolfgang, se suponía que íbamos a tratar de llevarla hasta el corazón de las tropas de Freilande, de alguna manera, y detonarlo ahí! ¡Donde nadie muriera, salvo los soldados! ¡Si la detonan en Arkangis, no quedará absolutamente nadie vivo en la ciudad, incluyendo la población civil, las mujeres, los niños…!
–Es una guerra, Edmundo. Y toda guerra importa sacrificios. Si detonamos la TRB en Arkangis, descabezaríamos a Retum y a su maldito dictador, y además terminamos con las tropas de Lin, salvaguardamos a los Seis Reinos, y nos cargamos a un hijo de Kriegsweltz IV por añadidura. ¿Qué podría ser mejor que todo eso?
–¿Y quién la va a detonar, Wolfgang?
–Yo lo haré, si es necesario– dijo él.
–¡Te matará! ¡Serás el primero en morir!
–Todos vamos a morir algún día, ¿no? Además… Todo esto ha pasado por mi culpa. Si yo no me hubiera equivocado hace veinte años atrás… Quizás hubiera sido posible un acuerdo entre Kriegsweltz IV y la superficie terrestre. Todo esto ha pasado porque un bando y otro le tienen miedo a los indorroan, sean lo que sean. Y tienen razón. Los indorroan son tan poderosos que pueden mantener vivo a un ser humano en órbita sin comida y sin agua, y probablemente sin oxígeno, en el aislamiento de una estación espacial por años completos, así es que no pensemos en qué pasaría si tienen éxito en atacarnos…
–¡Wolfgang…!
–¡Edmundo, yo también era como tú! Pensaba como tú y sentía como tú. Yo nunca tuve hijos, pero me habría sentido orgulloso de que tú hubieras sido el mío. En estos años combatimos juntos, lealmente, sin flaquear, por una causa, por un ideal. Porque nosotros no ponemos ucranianos contra el muro, ¿recuerdas?
–Eso mismo es lo que haremos ahora, Wolfgang, poner ucranianos contra el muro. No son ucranianos, son de Arkangis, pero es lo mismo. Es gente inocente que va a morir. ¡Si es necesario hacerlo, hagámoslo, pero les debemos al menos averiguar si existe otro camino para hacer esto! ¡O si no seremos igual que Kriegsweltz IV!
En ese minuto apareció Kirev y les gritó un par de órdenes. Estaban listos para descender.
El grupo entero descendió en silencio. Edmundo meditaba cómo arreglar la situación sin verse obligados a detonar la bomba, mientras que Wolfgang Spengler rumiaba sus propios pensamientos sobre el destino, la predeterminación, y el libre albeldrío. Diana, por su parte, estaba simplemente cansada, y aprovechó el instante para suspender todos los pensamientos y relajarse un poco.
La TRB fue subida a bordo de un vehículo, que levitó un poco y emprendió la marcha pesadamente. Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler iban en un vehículo blindado aparte, junto con Kirev y sus cuatro hombres.
–¿Ahora, señor?– preguntó uno de ellos, impaciente.
–No– dijo Kirev. –El Natchinai Zar los quiere vivos.
–Pero ellos intentaron fugarse… Y nosotros les disparamos…
–¿No lo entiendes? Las fuerzas de Kirlian están poniéndole asedio a Arkangis. No tenemos tiempo para que nuestros científicos adivinen cómo funciona el aparato.
Pero Kirev miró significativamente a Edmundo. Apenas tuviera la oportunidad, le mataría.
De pronto hubo disparos, gritos y órdenes, y luego, una gran explosión tumbó el vehículo.
–¡Ahora!– gritó Edmundo.
Por instinto, Diana y Wolfgang Spengler se incorporaron dentro del vehículo volcado y se lanzaron sobre sus oponentes. Con la ventaja de la iniciativa, consiguieron inmovilizarlos tras una breve lucha, apoderándose de las armas.
–¿Y ahora qué?– preguntó burlonamente Kirev. –¿Cómo vas a abrir…?
Una explosión abrió la compuesta trasera del vehículo blindado. Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler se arrojaron al suelo. Una lluvia de disparos inundó la cabina.
–¡Soy Edmundo, maldita sea, soy Edmundo!– gritó éste, pensando en que si eran las tropas de Lin, ser su rehén podía tener alguna utilidad, y si eran otro enemigo de Retum, podía haber suerte y salvar con vida de la situación.
–¡Edmundo!– gritó una voz familiar. –¡Estás vivo!
–¿Calibos? ¡Demonios, qué están haciendo!
–¡Qué crees! ¡Apoderándonos de las armas que fuiste a buscar allá arriba! ¡Para quitárselas a Retum y llevarlas a Deucratis!
–¡Maldición, ni siquiera sabes qué armas son!
–Bien… entonces dime.
–Es una bomba. En Deucratis no va a servir de nada.
–Va a servir como un elemento disuasivo. Tendrán que marcharse de Deucratis.
Uno de los soldados al interior del blindado intentó levantarse. Wolfgang Spengler le disparó sin vacilar tres o cuatro veces. El soldado acabó muerto.
–Vamos, ejecutemos a estos perros de Retum antes de que vengan a por nosotros– dijo Calibos.
Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler salieron del vehículo. Los soldados de Retum fueron colocados contra la pared, y ejecutados sumariamente. Cuando salió Kirev, con las manos en la cabeza, Edmundo se adelantó. Y le soltó un recio puñetazo en el estómago, que lo hizo doblarse en dos.
–A este hijo de perra, déjamelo a mí– dijo Edmundo, levantando una pistola de rayos y apuntándosela a la cabeza.
–¿Me vas a matar, desgraciado?– preguntó Kirev. –¡Muero por Retum, que es el más grande honor que una persona puede tener, y tú jamás tendrás una muerte tan honorable como la mía, perro extranjero!
–¿Recuerdas a Galponov? ¿A tu hombre? No lo maté. En vez de eso, lo dejé amarrado para que el hambre, la sed o la radiación, lo que viniera primero, se lo llevara. Sólo por si tú, hijo de puta que dejas abandonados a tus hombres, tenías la idea de rescatarlo. Pero no la tuviste, ¿no?
–¡El arma era más importante!– masculló Kirev entre dientes.
–Y Galponov no encontró honorable morir por Retum. Por el contrario, suplicó y gimió. Y cuando vio que lo íbamos a abandonar de todos modos, nos imploró con toda la humildad del mundo que por favor lo ejecutáramos rápido. ESO es un soldado de Retum, fanfarrón estúpido, así es que no trates de enseñarme mal lo que yo ya sé bien.
–¡Hijo de…!– gritó Kirev, levantándose para atacar a Edmundo, y entonces Edmundo, a bocajarro, disparó. Kirev cayó con la cabeza sangrando, los ojos bien abiertos, y el cuerpo completamente suelto e inerte.
Edmundo levantó la cabeza. Estaban a los pies de la colina que llevaba a Arkangis, y se sentían los cañonazos y se veían las explosiones de la otra cara de la ciudad, asediada por las tropas comandadas por Kirlian. Retum era poderoso, pero era un reino pequeño en comparación a todos los recursos de Freilande. Más tarde o más temprano, la ciudad de Arkangis caería, y el resto de Retum sería conquistado como un castillo de naipes. Con lo que los Seis Reinos, y sus fabulosas minas de teranergium, caerían en manos de Freilande.
Pero había un factor nuevo. ¿De verdad Kriegsweltz IV había llevado a cabo sus horribles conquistas y sus atroces genocidios como una medida desesperada para contener a los indorroan y una suerte incluso peor…? Entonces… ¿no era favorecer a Retum y mantener la independencia de los Seis Reinos, una manera de prolongar la agonía? ¿Acaso no debía unirse toda la Humanidad, más tarde o más temprano, para contender con los indorroan…?
Edmundo observó al grupo de comandos de Calibos. Eran nueve hombres en total. Habían más, pero en el intercambio de disparos algunos habían caído. En el grupo también estaban Gibson y Combs.
–¿Y el resto? ¿El resto de los que viajamos desde Deucratis a Retum?
–Fisherman, Kertratis y Hebión están en alguna parte, les perdimos el rastro. El resto está muerto, mientras nos fugamos desde Arkangis. Ahora, háblanos del arma.
–Es una bomba. Es una especie de detonador. Por sí misma no hace mucho daño, es como una bomba corriente, pero si hay depósitos de teranergium cerca, los activa en una reacción en cadena, y los hace soltar una cantidad brutal de energía– dijo Edmundo.
–No afecta a las casas ni las construcciones. La radiación las traspasa limpiamente. Pero el tejido vivo… Todo lo que está vivo en un buen radio a la distancia, muere.
Calibos miró a los suyos. Había adivinado lo mismo que Edmundo: los depósitos de teranergium de Arkangis.
–¡Muy bien!– dijo Calibos. –Activemos esta cosa.
–No– dijo Edmundo. –Con esto arrasaremos con la población civil de…
–¡De Retum! ¡Los retumianos no valen nada!– dijo Calibos. –¡Nosotros en Deucratis valoramos la vida, la libertad, la seguridad! ¿Y ellos, los retumianos? ¡Son pobres bichos, serviles, abyectos, incapaces de levantar su cabeza! ¡Por eso el Natchinai Zar los gobierna y los oprime con su tiranía! Vamos, Edmundo, librémoslos de una vez de su miseria. Ambos sabemos que ellos no tienen vidas que merezcan vivirse, después de todo.
–¿No originará esto una reacción en cadena también en los minerales de teranergium que están en las minas, en los yacimientos?– preguntó Gibson. –En ese caso, si detonamos el arma, no sólo Arkangis será destruido, sino también los Seis Reinos en masa.
–No– dijo Wolfgang Spengler. –Para que el teranergium esté lo suficientemente concentrado para entrar en una reacción en cadena por la TRB, requiere tener una pureza del sesenta o setenta por ciento, probablemente más. En los yacimientos de los Seis Reinos, el teranergium tiene apenas una ley del tres al cuatro por ciento, en el mejor de los casos. En cambio, las pistolas de rayos que funcionan con teranergium poseen una ley cercana al ochenta por ciento, y lo mismo el armamento, y los depósitos de teranergium refinado en las bodegas. Esos sí que van a convertirse en radioactivos.
–¡Aún así, no lo permitiré!– dijo Gibson. –¡Será una misión suicida!
–¡Yo lo haré!– dijo Wolfgang Spengler. –¡Yo me quedaré a detonar la TRB!
–¿A qué distancia debemos estar para que el arma sea efectiva?
–A la distancia en que estamos, bastará– dijo Wolfgang Spengler. –Déjenme solo y yo me encargaré del resto.
–¡Wolfgang, no!– dijo Edmundo. –Si lo haces…
–¿Si lo hago…?
–Kriegsweltz IV sufrirá un enorme revés militar. Además, morirá su hijo y heredero natural, junto con Iluvia probablemente. La mejor posibilidad que tenemos para formar un frente unido contra los indorroan, se acabará para siempre.
Ahora fue Diana la que miró a Edmundo con sorpresa.
–¿No fuiste tú mismo el que me dijo que no cejaría en hacerle la guerra a Kriegsweltz IV, que era el peor asesino de la Historia, que no debíamos olvidar el pasado…?
–¡Es que tenemos que olvidarlo! ¡O de lo contrario, los indorroan nos caerán encima y no tendremos ninguna posibilidad en su contra!
–¡Esos son los desvaríos de un loco! ¡Ni siquiera sabemos si Polaris Dos estaba funcionando mal y Ferguson, o quién fuera ese loco, nos estaba hablando desde la Tierra! ¡Edmundo, tú no…!
Edmundo se dio un minuto para pensar. ¿Cuál era la decisión correcta? ¿Detonar la bomba y exterminar a toda la población civil de Arkangis junto con prolongar quizás durante varios años la guerra entre los Seis Reinos y Kriegsweltz IV, hasta que los indorroan irrumpieran y los destruyeran a todos? ¿Y si no existía ninguna amenaza llamada “indorroan”? ¿Y si no la detonaban, acaso no le entregarían Retum en bandeja a Kriegsweltz IV, anulando la última posibilidad de resistencia en su contra…?
Y si tomaba la decisión correcta, cualquiera fuera… ¿le obedecerían? Calibos estaba por detonarla. Wolfgang Spengler estaba decidido a hacerlo él mismo si fuera preciso. Gibson estaba por llevársela y guardarla para una mejor ocasión. La TRB en sí misma era demasiado grande para tratar de escamotearla: se requerían cuatro hombres para levantarla y traspasarla al vehículo blindado del grupo de los nueve. Y si no tomaban una decisión rápido, eran vulnerables a un contragolpe de Retum buscando recobrar la bomba, o bien a que una patrulla de Kirlian avanzara hasta ellos, los atacara y se apoderara del arma.
Edmundo miró hacia Arkangis por un instante, abstraído de todo, mientras a sus espaldas Gibson y Calibos seguían argumentando. Y finalmente, después de pensárselo…
–No tiene sentido usar la TRB como elemento disuasorio. Anunciar que la tenemos sólo hará que nuestros enemigos se protejan contra la posibilidad de introducirla en filas enemigas. Eso nos deja solamente una opción: usar el elemento sorpresa, y detonarla.
Próximo capítulo: “Inmolación”.
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