Capítulo 3-15 - "TRB".
ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo y su grupo, escoltados por Kirev, viajan a la superficie terrestre y consiguen alcanzar la base militar en que se aloja la supercomputadora Polaris Dos. En dicho sitio, los hombres de Kirev encuentran la TRB, un arma que detonada cerca de depósitos de teranergium, convierte a éstos en una especie de bomba de neutrones. Pero Kirev se marcha con la bomba, dejándolos atrás…
–¿Es verdad eso de que si Kirev se la lleva sin nosotros, los retumianos no sabrán cómo usarla?– preguntó Edmundo.
–A medias. Más tarde o más temprano, a cuenta de estudiarla, terminarán por aprender. Sus científicos son un desastre, pero a punta de fusil…– dijo Wolfgang Spengler.
–Quizás no tengan ese tiempo– dijo Edmundo. –¿Por qué Kirev nos iba a dejar atrás?
–Porque recibió órdenes de Oslaus Ruf. Porque fue sobornado por Kertamma. Porque le caemos mal. Qué importa la razón, lo importante es sacarle la bomba– dijo Diana.
Edmundo repasó la situación. Si disparaba, podía perforar el arma. Era poco probable que estallara, porque para eso tenía que ser previamente armada, y el material explosivo era mínimo, ya que la explosión se alimentaba del teranergium que hubiera alrededor de la TRB. Sin embargo, un disparo que la perforara podía dejarla inutilizada. Además, ellos tenían apenas un fusil de rayos, mientras que Kirev y sus hombres disponían de cinco.
–Wolfgang, ¿no hay otra avioneta o avión que podamos hacer despegar para llevarnos el arma?– preguntó Edmundo. –¿La computadora no te dijo si…?
–Sí, pero demasiado lejos de aquí. La única alternativa es reparar el avión en que llegamos.
–Un avión que lleva una carga importante de teranergium que podría ser detonada si la TRB es activada– dijo Edmundo, y añadió, irónico: –No sabes cuánto me tranquiliza eso.
–Pero nuestro avión puede ser reparado. Los soldados de Kirlian pueden hacerlo– dijo Diana. –Vamos a obligarlos.
Edmundo miró a Diana y sonrió salvajemente. Era el mejor curso de acción, y también el más agradable.
De manera que Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler se arrojaron a una frenética carrera para alcanzar la avioneta, dando un rodeo para no ser vistos por el grupo de Kirlian. La única ventaja que le llevaban al grupo de Kirlian, era no tener que cargar ellos la bomba. Si conseguían alcanzar el avión antes…
Así, cubrieron el trecho entre la base y Little Angel. Llegaron jadeando, casi a la rastra. Y sin poder darse el consuelo de tomar agua, que con la despresurización de la cabina, ya debía haberse saturado de radiación.
En Little Angel habían quedado dos hombres tratando de reanimar al piloto, e iniciando las primeras reparaciones. En estos menesteres fueron alcanzados por el trío. Antes de que los dos hombres pudieran reaccionar, Edmundo les apuntó, y gritando lo mejor que pudo entre jadeo y jadeo, les espetó un:
–¡Quietos allí!
Wolfgang Spengler y Diana se introdujeron en el avión y sacaron las armas de los dos hombres, además del hombre muerto con el espinazo, y del piloto. Ahora tenían cinco.
–¡Señor, Edmundo está aquí, nos está apuntando!– dijo un soldado por el intercomunicador. Edmundo, en respuesta, le disparó sin pensar. El hombre cayó muerto.
–¿También vas a tratar de hacerte el valiente?– le gritó Edmundo a su compañero.
–No– dijo el otro, tratando de serenarse.
–¡Cómo está el piloto! ¿Sobrevivió?
El hombre se negó a contestar, pero Diana sacó la cabeza por la escotilla.
–¡Está vivo, Edmundo! Parece que le hicieron una cirugía de emergencia para frenarle la hemorragia. El pobre desgraciado parece que perderá las piernas, pero no importará mucho. Con su traje antirradiación hecho pedazos en las rodillas, no sobrevivirá muchos meses sin agarrarse una leucemia.
–¿Podrá pilotar de vuelta?
–Lo dudo. Pero puede darnos las instrucciones, y las manos todavía le sirven. Lo único, es que está atiborrado de calmantes.
Edmundo maldijo para sus adentros.
–Bien, vayamos a buscar a Kirev. Ahora que el otro infeliz nos delató, dudo que nos traigan la TRB en bandeja.
De manera que dejaron al soldado esposado, y a Wolfgang Spengler vigilando el avión. Edmundo y Diana, aún cansados por la carrera frenética, emprendieron una nueva excursión. Eligieron un edificio cualquiera, de unos doce pisos, y empezaron a trepar por las escaleras. Llegaron hasta el último piso, chorreando transpiración dentro de sus trajes. Se sentaron un minuto en la azotea, después de mirar alrededor y no ver nada.
–A este paso, los filtros de aire terminarán por fallar rápido– dijo Diana.
–Es lo que podemos hacer– dijo Edmundo.
Volvieron a levantarse y miraron alrededor. En efecto, a dos cuadras de distancia estaba el grupo, cargando la TRB. Se habían detenido, y parecían estar deliberando.
–Edmundo, mira ese cable. Va de una azotea a otra. Podemos cruzar la calle por encima de ella y acercanos a ese edificio. Desde allí, dispararles será pan comido.
–Espero que soporte nuestro peso.
Pero era eso, o bajar doce pisos, caminar la calle a riesgo de ser descubiertos, y volver a trepar otro edificio. Optaron por el camino más sencillo, y utilizaron el cable. El esfuerzo les dejó los brazos adoloridos, pero consiguieron cruzar.
En la terraza, se acercaron hacia donde habían visto la TRB y los cinco hombres. Diana y Edmundo se miraron, y hubo un breve destello de comprensión entre ambos. Se sonrieron mutuamente, y luego de ponerse de acuerdo por señas, Edmundo contó uno, dos…
–¡Tres!– gritó Edmundo. Diana se paró y gritó, apuntando hacia abajo: –¡Quietos! ¡Tiren sus armas! ¡Aléjense de la bomba! ¡Ahora!
Kirev, tomado por sorpresa, y sus hombres, se quedaron indecisos un par de segundos. Luego, Kirev asintió con la cabeza. Edmundo, mientras tanto, empezó a bajar las escaleras con prisa frenética. Llegó hasta abajo completamente agotado, pero salió tratando de mantener la compostura. Los hombres de Kirev seguramente estaban cansados también, por haber acarreado la bomba. Edmundo recogió las armas, pateando lejos las que no podía cargar, y encañonó al grupo.
–Ahora, ¡a cargar de nuevo la bomba! ¡Rápido! ¡Todos ustedes!
–Yo no– dijo Kirev. –Yo los dirijo, y bastan cuatro para…
Edmundo le disparó a uno de los hombres, directo al pecho. Este cayó muerto.
–Ahora ustedes son cuatro. ¡Cárgala, Kirev! ¡Vamos, muévete!
Los cuatro hombres cargaron otra vez la bomba al hombro, y emprendieron el viaje final de dos cuadras hasta el avión.
Una vez en el avión, fueron forzados a punta de fusil, a arreglar el avión. Las reparaciones fueron hechas a un ritmo frenético, y los soldados de Kirev participaron entusiastamente no sólo por tener un fusil apuntándoles a las cabezas, sino también porque de una manera u otra, la TRB debía llegar hasta Retum. Y ellos mismos también, antes de que fallaran los trajes antirradiación y la atmósfera los convirtiera en carcinomas ambulantes.
Una vez que el avión estuvo reparado, Kirev se dirigió a Edmundo.
–Ahora quiero ver cómo te las arreglas para matarnos a todos o dejarnos atrás, e ingresar de vuelta a Retum. Apenas llegues con la TRB, te atacarán, te matarán y te la arrebatarán.
–No pensaba masacrarlos– dijo Edmundo. –Pero irán bien vigilados todo el trayecto.
El vuelo de regreso fue bastante incómodo. El piloto, soñoliento por el efecto del exceso de analgésicos, y con la hemorragia detenida, aunque con las piernas inutilizadas, iba dando todas las instrucciones de vuelo a uno de sus compañeros, mientras que ambos eran vigilados por Wolfgang Spengler. Diana y Edmundo, por su parte, vigilaban a Kirev y los restantes tres hombres. Cuatro hombres de Kirev habían muerto en la aventura: el soldado del espinazo roto, Galponov, el soldado tiroteado a dos calles de distancia en Little Angel, y el soldado abatido al lado del avión. Y el piloto no sobreviviría más allá de un tiempo. Kirev, al pensar en estas cosas, soltaba un tétrico gruñido.
–Dime, Kirev, grandísimo hijo de perra, por qué nos traicionaste– dijo Edmundo.
–¿Importa acaso? ¡No tengo por qué darte explicaciones a ti, escoria! Ustedes los extranjeros no son dignos de vivir. ¡Larga vida a Retum!
–Si no llegamos con este cargamento a Retum antes de que Kirlian inicie su ataque, te puedo asegurar que la vida de Retum será muy corta, cabrón– dijo Edmundo.
El vuelo tomó incluso un par de horas más que el viaje de ida. Después de todo, el avión había sido reparado de manera bastante improvisada, muchas cosas habían quedado a medias, y todos los que eran religiosos estaban rezando ya no porque el condenado aparato siguiera en operaciones, sino porque siquiera consiguiera aguantar el que evidentemente iba a ser su último vuelo. El cruce de la Cordillera de los Andes, entre Colombia y Venezuela, fue la parte más complicada de todo, ya que el avión fue muy renuente a ganar altura, pero al final, forzando el motor al máximo, y a riesgo de reventarlo, se consiguió. Nadie había pensado en hacerle reparaciones al tren de aterrizaje, de manera que a llegar, habría que estrellar el avión, y rogar porque nadie saliera malherido.
En efecto, consiguieron que el avionazo resultara perfecto. El avión se dejó caer con toda su panza de metal a tierra, y chirrió durante varias decenas de metros antes de que la fricción con el suelo lo frenase.
–Ahora va a venir lo bueno. Bajar la bomba– dijo Wolfgang Spengler.
En la base subterránea que estaba unas decenas de metros más abajo en la caverna que comunicaba a Retum con la superficie, los médicos se encargaron de recibir y atender al grupo. Para el piloto, ya no era necesario. Después del enorme esfuerzo de mantenerse despierto y cumplir con su deber, al estrellarse el avión en tierra el exceso de calmantes y la profusa hemorragia anterior terminaron de hacer lo suyo, y un rápido ataque cardíaco había dado cuenta de él.
Un médico se acercó a Wolfgang Spengler y le aplicó algunos exámenes. También le aplicaron un contador Geiger para determinar sus niveles de radiación. Pero luego de hablar con él, y escuchar su historia, movió negativamente la cabeza.
–Es pronto para hablar, señor Spengler, pero el pronóstico no es bueno. A pesar de la ducha, a pesar de cambiarse el traje antirradiación… esas cosas ayudaron, claro, o si no usted estaría frito. Pero tampoco lo limpiaron por completo, y absorbió demasiada radiación, de todos modos. No sé en cuántos años, pero… esto tendrá consecuencias. Quizás cinco o diez años. No sabría decírselo, es muy pronto para eso, pero… a la larga esto tendrá consecuencias.
Wolfgang Spengler escuchó con atención, y bajó la cabeza, con resignación. Había sobrevivido a muchas cosas, había pasado por grandes peligros, incluso había sido herido con disparos, pero de una manera u otra, siempre se las había arreglado para sobrevivir sin secuelas permanentes. Esto era distinto. No era una secuela inmediata y obvia, como podía serlo perder un brazo o quedar confinado a una silla de ruedas. Era otra clase de herida, distinta e invisible, que no le daría aviso ni síntomas mientras le estuviera carcomiendo silenciosamente por dentro. Ni siquiera podía saber de cuánto tiempo disponía. Con suerte, quizás no le sucediera nada. Con suerte.
–Bueno, doctor, todos nos tenemos que morir algún día, ¿no?– dijo, intentando parecer relajado. Y como el doctor volviera a sus labores sin hacerle mayor caso, Wolfgang Spengler se levantó, y salió de la pequeña clínica en la base.
Mientras tanto, Edmundo y Kirev se reportaban ante Oslaus Ruf vía intercomunicador.
–¿Tuvo éxito la misión?
–Sí, señor. Conseguimos un arma– dijo Kirev. –Ya he hecho los arreglos para que empiece el descenso hacia Arkangis, señor.
–Bien– dijo Oslaus Ruf.
–¿Qué hacemos con los prisioneros, señor?– preguntó Kirev.
–Me permito recordarle, Excelencia, que nosotros no somos prisioneros sino aliados– dijo Edmundo, con fiereza.
El rostro de Oslaus Ruf se descompuso ante el atrevimiento.
–Enséñale a ese perro una lección– dijo Oslaus Ruf secamente.
Kirev, antes de que Edmundo alcanzara a reaccionar, volteó hacia él con un paso, lanzándole un fiero puñetazo, que Edmundo atajó por reflejo, y que era la distracción para el verdadero ataque, una patada por detrás que le alcanzó de lleno por debajo de las costillas. Edmundo prefirió dejarse derribar, a sabiendas de que podía doblegar a Kirev, pero que entonces todo el resto de la base se le echaría encima.
–Espero sus órdenes, señor– dijo Kirev.
–Regresen de inmediato acá abajo. Necesito a todos los hombres disponibles. Las tropas de Lin han iniciado la invasión. Las comanda Kirlian, el mismísimo hijo de Kriegsweltz IV, y se las han arreglado para llegar hasta cerca de Arkangis. Por eso… estoy impaciente por probar nuestra nueva arma– dijo Oslaus Ruf, y había un dejo de crueldad en su voz. Y los prisioneros… Tráelos, ellos deben enseñarnos cómo se usa. Después de todo, las instrucciones deben venir en su idioma.
–¡Sí, señor!
Apenas las comunicaciones se cortaron, Kirev se volvió hacia Edmundo, levantándole.
–Me costaste cinco de mis hombres, la mitad de mi tropa, desgraciado. ¡Cinco! ¡La mitad! Ruega por seguirle siendo útil al Natchinai Zar, porque apenas él diga lo contrario… Yo mismo te enseñaría a ser humilde con quienes son mejores que tú, perro.
Y luego estrelló otra vez la cabeza de Edmundo contra el suelo, convirtiendo sus oídos en puras campanitas, marchándose con paso marcial. Edmundo, retorciéndose en el suelo debido al dolor de cabeza, empezó a pensar febrilmente. La TRB activaba todo el teranergium alrededor. La idea hubiera sido utilizarla en campo abierto, pero ahora, de usarla contra Kirlian, habría que hacerlo en Arkangis. Y eso acabaría no sólo con las tropas de Lin, sino también con toda la miserable población civil de la capital de Retum…
Próximo capítulo: “La decisión final”.
“TRB”
–¿Es verdad eso de que si Kirev se la lleva sin nosotros, los retumianos no sabrán cómo usarla?– preguntó Edmundo.
–A medias. Más tarde o más temprano, a cuenta de estudiarla, terminarán por aprender. Sus científicos son un desastre, pero a punta de fusil…– dijo Wolfgang Spengler.
–Quizás no tengan ese tiempo– dijo Edmundo. –¿Por qué Kirev nos iba a dejar atrás?
–Porque recibió órdenes de Oslaus Ruf. Porque fue sobornado por Kertamma. Porque le caemos mal. Qué importa la razón, lo importante es sacarle la bomba– dijo Diana.
Edmundo repasó la situación. Si disparaba, podía perforar el arma. Era poco probable que estallara, porque para eso tenía que ser previamente armada, y el material explosivo era mínimo, ya que la explosión se alimentaba del teranergium que hubiera alrededor de la TRB. Sin embargo, un disparo que la perforara podía dejarla inutilizada. Además, ellos tenían apenas un fusil de rayos, mientras que Kirev y sus hombres disponían de cinco.
–Wolfgang, ¿no hay otra avioneta o avión que podamos hacer despegar para llevarnos el arma?– preguntó Edmundo. –¿La computadora no te dijo si…?
–Sí, pero demasiado lejos de aquí. La única alternativa es reparar el avión en que llegamos.
–Un avión que lleva una carga importante de teranergium que podría ser detonada si la TRB es activada– dijo Edmundo, y añadió, irónico: –No sabes cuánto me tranquiliza eso.
–Pero nuestro avión puede ser reparado. Los soldados de Kirlian pueden hacerlo– dijo Diana. –Vamos a obligarlos.
Edmundo miró a Diana y sonrió salvajemente. Era el mejor curso de acción, y también el más agradable.
De manera que Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler se arrojaron a una frenética carrera para alcanzar la avioneta, dando un rodeo para no ser vistos por el grupo de Kirlian. La única ventaja que le llevaban al grupo de Kirlian, era no tener que cargar ellos la bomba. Si conseguían alcanzar el avión antes…
Así, cubrieron el trecho entre la base y Little Angel. Llegaron jadeando, casi a la rastra. Y sin poder darse el consuelo de tomar agua, que con la despresurización de la cabina, ya debía haberse saturado de radiación.
En Little Angel habían quedado dos hombres tratando de reanimar al piloto, e iniciando las primeras reparaciones. En estos menesteres fueron alcanzados por el trío. Antes de que los dos hombres pudieran reaccionar, Edmundo les apuntó, y gritando lo mejor que pudo entre jadeo y jadeo, les espetó un:
–¡Quietos allí!
Wolfgang Spengler y Diana se introdujeron en el avión y sacaron las armas de los dos hombres, además del hombre muerto con el espinazo, y del piloto. Ahora tenían cinco.
–¡Señor, Edmundo está aquí, nos está apuntando!– dijo un soldado por el intercomunicador. Edmundo, en respuesta, le disparó sin pensar. El hombre cayó muerto.
–¿También vas a tratar de hacerte el valiente?– le gritó Edmundo a su compañero.
–No– dijo el otro, tratando de serenarse.
–¡Cómo está el piloto! ¿Sobrevivió?
El hombre se negó a contestar, pero Diana sacó la cabeza por la escotilla.
–¡Está vivo, Edmundo! Parece que le hicieron una cirugía de emergencia para frenarle la hemorragia. El pobre desgraciado parece que perderá las piernas, pero no importará mucho. Con su traje antirradiación hecho pedazos en las rodillas, no sobrevivirá muchos meses sin agarrarse una leucemia.
–¿Podrá pilotar de vuelta?
–Lo dudo. Pero puede darnos las instrucciones, y las manos todavía le sirven. Lo único, es que está atiborrado de calmantes.
Edmundo maldijo para sus adentros.
–Bien, vayamos a buscar a Kirev. Ahora que el otro infeliz nos delató, dudo que nos traigan la TRB en bandeja.
De manera que dejaron al soldado esposado, y a Wolfgang Spengler vigilando el avión. Edmundo y Diana, aún cansados por la carrera frenética, emprendieron una nueva excursión. Eligieron un edificio cualquiera, de unos doce pisos, y empezaron a trepar por las escaleras. Llegaron hasta el último piso, chorreando transpiración dentro de sus trajes. Se sentaron un minuto en la azotea, después de mirar alrededor y no ver nada.
–A este paso, los filtros de aire terminarán por fallar rápido– dijo Diana.
–Es lo que podemos hacer– dijo Edmundo.
Volvieron a levantarse y miraron alrededor. En efecto, a dos cuadras de distancia estaba el grupo, cargando la TRB. Se habían detenido, y parecían estar deliberando.
–Edmundo, mira ese cable. Va de una azotea a otra. Podemos cruzar la calle por encima de ella y acercanos a ese edificio. Desde allí, dispararles será pan comido.
–Espero que soporte nuestro peso.
Pero era eso, o bajar doce pisos, caminar la calle a riesgo de ser descubiertos, y volver a trepar otro edificio. Optaron por el camino más sencillo, y utilizaron el cable. El esfuerzo les dejó los brazos adoloridos, pero consiguieron cruzar.
En la terraza, se acercaron hacia donde habían visto la TRB y los cinco hombres. Diana y Edmundo se miraron, y hubo un breve destello de comprensión entre ambos. Se sonrieron mutuamente, y luego de ponerse de acuerdo por señas, Edmundo contó uno, dos…
–¡Tres!– gritó Edmundo. Diana se paró y gritó, apuntando hacia abajo: –¡Quietos! ¡Tiren sus armas! ¡Aléjense de la bomba! ¡Ahora!
Kirev, tomado por sorpresa, y sus hombres, se quedaron indecisos un par de segundos. Luego, Kirev asintió con la cabeza. Edmundo, mientras tanto, empezó a bajar las escaleras con prisa frenética. Llegó hasta abajo completamente agotado, pero salió tratando de mantener la compostura. Los hombres de Kirev seguramente estaban cansados también, por haber acarreado la bomba. Edmundo recogió las armas, pateando lejos las que no podía cargar, y encañonó al grupo.
–Ahora, ¡a cargar de nuevo la bomba! ¡Rápido! ¡Todos ustedes!
–Yo no– dijo Kirev. –Yo los dirijo, y bastan cuatro para…
Edmundo le disparó a uno de los hombres, directo al pecho. Este cayó muerto.
–Ahora ustedes son cuatro. ¡Cárgala, Kirev! ¡Vamos, muévete!
Los cuatro hombres cargaron otra vez la bomba al hombro, y emprendieron el viaje final de dos cuadras hasta el avión.
Una vez en el avión, fueron forzados a punta de fusil, a arreglar el avión. Las reparaciones fueron hechas a un ritmo frenético, y los soldados de Kirev participaron entusiastamente no sólo por tener un fusil apuntándoles a las cabezas, sino también porque de una manera u otra, la TRB debía llegar hasta Retum. Y ellos mismos también, antes de que fallaran los trajes antirradiación y la atmósfera los convirtiera en carcinomas ambulantes.
Una vez que el avión estuvo reparado, Kirev se dirigió a Edmundo.
–Ahora quiero ver cómo te las arreglas para matarnos a todos o dejarnos atrás, e ingresar de vuelta a Retum. Apenas llegues con la TRB, te atacarán, te matarán y te la arrebatarán.
–No pensaba masacrarlos– dijo Edmundo. –Pero irán bien vigilados todo el trayecto.
El vuelo de regreso fue bastante incómodo. El piloto, soñoliento por el efecto del exceso de analgésicos, y con la hemorragia detenida, aunque con las piernas inutilizadas, iba dando todas las instrucciones de vuelo a uno de sus compañeros, mientras que ambos eran vigilados por Wolfgang Spengler. Diana y Edmundo, por su parte, vigilaban a Kirev y los restantes tres hombres. Cuatro hombres de Kirev habían muerto en la aventura: el soldado del espinazo roto, Galponov, el soldado tiroteado a dos calles de distancia en Little Angel, y el soldado abatido al lado del avión. Y el piloto no sobreviviría más allá de un tiempo. Kirev, al pensar en estas cosas, soltaba un tétrico gruñido.
–Dime, Kirev, grandísimo hijo de perra, por qué nos traicionaste– dijo Edmundo.
–¿Importa acaso? ¡No tengo por qué darte explicaciones a ti, escoria! Ustedes los extranjeros no son dignos de vivir. ¡Larga vida a Retum!
–Si no llegamos con este cargamento a Retum antes de que Kirlian inicie su ataque, te puedo asegurar que la vida de Retum será muy corta, cabrón– dijo Edmundo.
El vuelo tomó incluso un par de horas más que el viaje de ida. Después de todo, el avión había sido reparado de manera bastante improvisada, muchas cosas habían quedado a medias, y todos los que eran religiosos estaban rezando ya no porque el condenado aparato siguiera en operaciones, sino porque siquiera consiguiera aguantar el que evidentemente iba a ser su último vuelo. El cruce de la Cordillera de los Andes, entre Colombia y Venezuela, fue la parte más complicada de todo, ya que el avión fue muy renuente a ganar altura, pero al final, forzando el motor al máximo, y a riesgo de reventarlo, se consiguió. Nadie había pensado en hacerle reparaciones al tren de aterrizaje, de manera que a llegar, habría que estrellar el avión, y rogar porque nadie saliera malherido.
En efecto, consiguieron que el avionazo resultara perfecto. El avión se dejó caer con toda su panza de metal a tierra, y chirrió durante varias decenas de metros antes de que la fricción con el suelo lo frenase.
–Ahora va a venir lo bueno. Bajar la bomba– dijo Wolfgang Spengler.
En la base subterránea que estaba unas decenas de metros más abajo en la caverna que comunicaba a Retum con la superficie, los médicos se encargaron de recibir y atender al grupo. Para el piloto, ya no era necesario. Después del enorme esfuerzo de mantenerse despierto y cumplir con su deber, al estrellarse el avión en tierra el exceso de calmantes y la profusa hemorragia anterior terminaron de hacer lo suyo, y un rápido ataque cardíaco había dado cuenta de él.
Un médico se acercó a Wolfgang Spengler y le aplicó algunos exámenes. También le aplicaron un contador Geiger para determinar sus niveles de radiación. Pero luego de hablar con él, y escuchar su historia, movió negativamente la cabeza.
–Es pronto para hablar, señor Spengler, pero el pronóstico no es bueno. A pesar de la ducha, a pesar de cambiarse el traje antirradiación… esas cosas ayudaron, claro, o si no usted estaría frito. Pero tampoco lo limpiaron por completo, y absorbió demasiada radiación, de todos modos. No sé en cuántos años, pero… esto tendrá consecuencias. Quizás cinco o diez años. No sabría decírselo, es muy pronto para eso, pero… a la larga esto tendrá consecuencias.
Wolfgang Spengler escuchó con atención, y bajó la cabeza, con resignación. Había sobrevivido a muchas cosas, había pasado por grandes peligros, incluso había sido herido con disparos, pero de una manera u otra, siempre se las había arreglado para sobrevivir sin secuelas permanentes. Esto era distinto. No era una secuela inmediata y obvia, como podía serlo perder un brazo o quedar confinado a una silla de ruedas. Era otra clase de herida, distinta e invisible, que no le daría aviso ni síntomas mientras le estuviera carcomiendo silenciosamente por dentro. Ni siquiera podía saber de cuánto tiempo disponía. Con suerte, quizás no le sucediera nada. Con suerte.
–Bueno, doctor, todos nos tenemos que morir algún día, ¿no?– dijo, intentando parecer relajado. Y como el doctor volviera a sus labores sin hacerle mayor caso, Wolfgang Spengler se levantó, y salió de la pequeña clínica en la base.
Mientras tanto, Edmundo y Kirev se reportaban ante Oslaus Ruf vía intercomunicador.
–¿Tuvo éxito la misión?
–Sí, señor. Conseguimos un arma– dijo Kirev. –Ya he hecho los arreglos para que empiece el descenso hacia Arkangis, señor.
–Bien– dijo Oslaus Ruf.
–¿Qué hacemos con los prisioneros, señor?– preguntó Kirev.
–Me permito recordarle, Excelencia, que nosotros no somos prisioneros sino aliados– dijo Edmundo, con fiereza.
El rostro de Oslaus Ruf se descompuso ante el atrevimiento.
–Enséñale a ese perro una lección– dijo Oslaus Ruf secamente.
Kirev, antes de que Edmundo alcanzara a reaccionar, volteó hacia él con un paso, lanzándole un fiero puñetazo, que Edmundo atajó por reflejo, y que era la distracción para el verdadero ataque, una patada por detrás que le alcanzó de lleno por debajo de las costillas. Edmundo prefirió dejarse derribar, a sabiendas de que podía doblegar a Kirev, pero que entonces todo el resto de la base se le echaría encima.
–Espero sus órdenes, señor– dijo Kirev.
–Regresen de inmediato acá abajo. Necesito a todos los hombres disponibles. Las tropas de Lin han iniciado la invasión. Las comanda Kirlian, el mismísimo hijo de Kriegsweltz IV, y se las han arreglado para llegar hasta cerca de Arkangis. Por eso… estoy impaciente por probar nuestra nueva arma– dijo Oslaus Ruf, y había un dejo de crueldad en su voz. Y los prisioneros… Tráelos, ellos deben enseñarnos cómo se usa. Después de todo, las instrucciones deben venir en su idioma.
–¡Sí, señor!
Apenas las comunicaciones se cortaron, Kirev se volvió hacia Edmundo, levantándole.
–Me costaste cinco de mis hombres, la mitad de mi tropa, desgraciado. ¡Cinco! ¡La mitad! Ruega por seguirle siendo útil al Natchinai Zar, porque apenas él diga lo contrario… Yo mismo te enseñaría a ser humilde con quienes son mejores que tú, perro.
Y luego estrelló otra vez la cabeza de Edmundo contra el suelo, convirtiendo sus oídos en puras campanitas, marchándose con paso marcial. Edmundo, retorciéndose en el suelo debido al dolor de cabeza, empezó a pensar febrilmente. La TRB activaba todo el teranergium alrededor. La idea hubiera sido utilizarla en campo abierto, pero ahora, de usarla contra Kirlian, habría que hacerlo en Arkangis. Y eso acabaría no sólo con las tropas de Lin, sino también con toda la miserable población civil de la capital de Retum…
Próximo capítulo: “La decisión final”.
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