lunes 18 de enero de 2010

Capítulo 3-14 - "Las fronteras de la Tierra".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler viajan por la superficie terrestre, ayudados por Retum, y sorteando la letal radiación posterior al holocausto provocado por Kriegsweltz IV. Alcanzan una base en el pueblo de Estados Unidos llamado Little Angel, en la cual encuentran la supercomputadora Polaris Dos. Allí hacen un sorprendente descubrimiento: en la Estación Espacial Tridente, donde se aloja Polaris Uno, a pesar del aislamiento y la falta de víveres, ha sobrevivido un astronauta

“Las fronteras de la Tierra”

–¡Ferguson! ¡Usted debería estar muerto! ¿Cómo demonios se las arregló para…? Su sistema de soporte vital, el reciclar oxígeno, el conseguir alimentos…– soltó Wolfgang Spengler. Ferguson se dio tiempo antes de responder, y dijo con calma escalofriante:

–Os lo repito, mortales. Yo he evolucionado, ya no soy un humano más. Tales necesidades materiales ya no existen para mí.

–¿Y entonces qué demonios eres?– preguntó Wolfgang Spengler.

–¿Yo? Vosotros, en la superficie terrestre, en vuestro terrible secreto, solían llamarnos… indorroan.

Andrew Ferguson pronunció la última palabra casi sílaba por sílaba, y Kirev, a pesar de no entender el idioma inglés, saltó repentinamente.

–¿Acaba de decir “indorroan”? ¿Qué demonios sabe de los indorroan?

Wolfgang Spengler miró a Kirev, atónito. Edmundo hizo lo propio.

–Explíquese, Kirev– soltó Edmundo.

–¡Qué ha dicho de los indorroan!– ordenó Kirev.

–La expedición es nuestra, Kirev, y la llevamos como nosotros estimemos conveniente– dijo Edmundo con fiereza.

Galponov sostuvo con aún mayor firmeza su arma, al tiempo que Kirev gritaba:

–¡Ustedes todavía son prisioneros de Retum, perros! ¡No toleraré insubordinaciones de ninguna clase! ¡Además, ya tenemos este asentamiento, ya no los necesitamos más!

–¿Ah, sí?– preguntó Wolfgang Spengler. –¿Y cómo se las van a arreglar para hacer funcionar las armas que podamos sacar de acá? Todos los manuales de operaciones, de seguro estarán en inglés, y en un inglés muy técnico. Además, Polaris Dos parece funcionar, pero todos sus códigos también han sido escritos en inglés. Espero que tengan muchos científicos en Retum que sepan hablar idiomas de la superficie, porque en la superficie, éramos contados con los dedos quienes sabíamos idiomas del Planeta Interior.

La boca de Kirev se torció en un rictus de fastidio y sus dientes superiores mordieron su labio inferior, mientras que sus ojos se abrían, inyectados en sangre merced a la impotencia.

–¡Está bien! No es mucho lo que sabemos de los indorroan, en cualquier caso. Según reportaron los espías de Retum, habían gentes en Freilande que hablaban de una especie de amenaza energética llamada los indorroan. Se decía que Kriegsweltz IV quería apurar la conquista de toda la Tierra para ofrecer un frente unido contra los indorroan. Pero no tenemos ni la más mínima idea de qué pueda ser. En cuanto a mí… soy un simple soldado, y si me llegó el rumor, es porque en un tiempo estuve asignado a la Guardia del Natchinai Zar, y uno escucha cosas. Eso es todo.

Wolfgang Spengler se volvió a Andrew Ferguson.

–¿Qué es un indorroan, Ferguson?

–Los indorroan somos los seres más poderosos de la Creación. Vosotros nos miráis, y debéis llamarnos dioses, porque en efecto, grandiosos somos, y como dioses es nuestra faz. Desde antes del inicio de los tiempos, hemos estado presentes. Mas vosotros, rebeldes, os habéis vuelto contra nosotros, ¡nos habéis rechazado! Mas eso no durará. ¡Cuán necios son, creyendo que podréis contenernos! ¡Cuán necio es Kriegsweltz, creyéndose el Salvador del Planeta Interior! Pero nosotros habremos de castigar su soberbia, y trocaremos su arrogancia en amargura. Eso haremos, y su cabeza estará pronto bajo nuestro talón.

–¡Pospuesto qué! ¡Qué hizo Kriegsweltz que…!– dijo Wolfgang Spengler, y luego se interrumpió. –¿Quieres decir que Kriegsweltz IV irradió la Tierra para impedir que los indorroan hicieran lo que hace tiempo que quieren hacer?

–¡Pobre mortal, es que aún no entiendes!– dijo Ferguson. –Aún no entiendes el propósito del Proyecto Polaris, y quizás tu pequeña mente no lo pueda entender jamás. Diseñaron ellos, los pobres humanos, el Proyecto Polaris, para tratar de capturar la esencia de los indorroan. Ya una vez tentaron reclamar los indorroan la Tierra, y fueron rechazados en la Meseta de Varna, cuando algunos humanos emigraron al Planeta Interior y fundaron todo ese mundo, el mundo de los varnianos. Los humanos del interior estaban más protegidos, pero los de la superficie tenían miedo. ¡Miedo, como si pudieran evitar su destino! Y diseñaron el Proyecto Polaris, y trataron de traer, de capturar a un indorroan, de estudiarlo, de analizarlo, de reducirlo a sus más elementales componentes. ¡Como si un indorroan estuviera compuesto de moléculas o átomos como vuestra materia ordinaria! Para eso crearon una red de supercomputadoras, ¡vana era su esperanza!, con la cual pudieran a la vez poseer un sistema de defensa, y estudiar a los indorroan. Enviaron Polaris Uno a la órbita terrestre, en la Estación Espacial Tridente, luego hundieron Polaris Dos en Little Angel para que sirviera de enlace, y finalmente, cuando todo estaba listo, enviaron Polaris Tres al planeta Mercurio, para atrapar vivo a un indorroan, y estudiarlo in situ, en el propio terreno. ¡Pobres estúpidos, creyendo evitar el cataclismo, se lo atrajeron a sí mismo, trayendo a los indorroan a la Tierra! Porque creían que enviaban sólo información sobre los indorroan a la Tierra, ignorando que los indorroan SON información. Y ya que no hubo acuerdo entre los dirigentes del Proyecto Polaris y Kriegsweltz IV sobre la mejor manera de combatir a la amenaza… Kriegsweltz IV intentó barrer con el Proyecto Polaris, y sabiendo a la Tierra infectada, la irradió por completo. ¡Como si eso sirviera de algo…! Kriegsweltz IV ganó tiempo, pero no el suficiente. Yo he sobrevivido, yo he mutado, yo me he posesionado del cuerpo que ustedes llaman Andrew Ferguson, y estoy preparando la futura invasión. ¡Y nada de lo que hagan, nada de lo que intenten, nada podrá impedir la conquista total del planeta Tierra! ¡Y entonces, cuando vosotros seáis liberados de vuestros cuerpos mortales, evolucionarán EN NOSOTROS, Y VOSOTROS YA NO SERÉIS HUMANOS, SINO INDORROAN!!!

Wolfgang Spengler tuvo la deferencia de traducir las partes más relevantes a Kirev. Este no pareció demasiado impresionado por todo lo que acababa de escuchar.

–Loco como un bebé de brukis– dijo Kirev, usando un modismo propio del Necropozo. –No deberíamos haber perdido el tiempo escuchando todo esto.

–A mí no me parece tan loco– dijo Wolfgang Spengler. –Ese tipo sobrevivió desde los tiempos del ataque contra la superficie terrestre que hizo Kriegsweltz IV, hace ya varios años atrás. Sin alimentos, porque las estaciones espaciales debían ser reabastecidas con regularidad. Sin repuestos, por lo que si falla el sistema de soporte vital, adios. ¿Cómo iba a sobrevivir, si no? Puede que haya enloquecido por la soledad en el espacio, pero hay método en su locura, y además, todo lo que dice calza con lo que alguna vez nos dijo Kriegsweltz IV, con lo que dijo Ezra Sheperd, con lo que estamos viendo en esta base… En tu lugar, Kirev, me tomaría esto mortalmente en serio.

–¡Señor!– crepitó el intercomunicador de Kirev.

–¿Sí?– replicó Kirev.

–¡Encontramos lo que parece ser… alguna clase de dispositivo de destrucción masiva!

–¡Voy para allá!– dijo Kirev.

Edmundo iba a seguirlo, pero Kirev le detuvo.

–Galponov, manténlos aquí– dijo Kirev. –Quiero que sigan viendo a ver qué le sacan a esa maldita supercomputadora.

–¿Tienes a alguien que sepa inglés, para entender cualquier cosa relacionada con el arma?– preguntó Edmundo.

–Me arriesgaré– dijo Kirev, y emprendió la retirada.

Diana intentó moverse, pero Galponov la apuntó a ella.

–Edmundo, Kirev se irá con el arma y sin nosotros– dijo Diana en castellano.

–Lo mismo pensé– dijo Edmundo.

–¡Hablen en nuestro idioma!– ladró Galponov.

–Wolfgang, ¿puedes ver la localización de Kirev en la computadora?– dijo Edmundo, insistiendo en el castellano.

–¡No más… su idioma… castellano!– aulló Galponov, cada vez más histérico.

–Ich kann– dijo Wolfgang Spengler.

–¡Dije que no más…!

–¡…castellano!– interrumpió Wolfgang Spengler. –Pero lo que dije, lo dije en alemán.

El arma de Galponov temblaba levemente. Con toda probabilidad la dispararía.

–Oye, Galponov– dijo Wolfgang Spengler. –¿Quieres ver esto? Mira, es una cámara que muestra cómo Kirev está sacando el arma. ¿Lo ves?

En efecto, en una pantalla podían verse a cinco hombres cargando un enorme dispositivo, una especie de tanque de forma casi cilíndrica, con sus buenos tres metros de largo, y con un par de soportes a cada lado para proporcionarle estabilidad. Todo eso en blanco y negro.

–Aún no te han avisado que nos retiramos– dijo Wolfgang Spengler. –Te van a dejar acá. Pronto se agotará el filtro, y el aire radioactivo ingresará a tus pulmones, y te freirá por dentro. ¿Estás preparado para morir por Retum? Porque eso hará Kirev contigo. Te hará morir por Retum. Envenenado por radiación.

–¡Estoy preparado para morir por Retum, gusano!– gritó Galponov.

–¿Cómo tu compañero, el Señor Espinazo Quebrado? ¿Al que Kirev le alojó un par de disparos en el cráneo para que no sufriera, igual que a un perro?

Ahora, Galponov no dijo absolutamente nada.

–Esta computadora es una chatarra– dijo Wolfgang Spengler. –Nadie le ha dado mayor mantención. No podemos comunicarnos más con Ferguson porque está perdido en sus propios delirios de grandeza. No tenemos nada más que hacer acá. Vámonos.

Wolfgang Spengler empezó a caminar. Pero Galponov, que había vacilado un instante, volvió a levantar el arma para apuntarle. En ese minuto, de manera perfectamente sincronizada, Edmundo se le arrojó encima. Un disparo salió del arma de Galponov, antes de que ésta saliera de sus manos. Galponov, con todo, consiguió medio zafarse de Edmundo, e incluso empezó a tantear los botones, para ver si podía despresurizar su traje antirradiación. Pero Diana se arrojó contra Galponov y le inmovilizó los hombros. Edmundo, ahora más libre, metió los dedos en los dispositivos de despresurización del traje de Galponov, y los activó. Un breve silbido anunció que el traje estaba despresurizado. Le quitaron el casco.

–¡No!– gritó Galponov, lívido de terror. –¡No! ¡No! ¡Pónmelo! ¡Pónmelo de nuevo!

–Amarrémoslo. Este se queda aquí– dijo Edmundo.

Y entre los tres, llevaron a Galponov hasta una viga de metal, y allí lo dejaron amarrado, al mismo tiempo que anularon el intercomunicador.

–¡Por favor!– dijo Galponov, llorando y con su rostro contraído por la amargura. –¡Al menos mátenme! ¡Al menos mátenme ahora!

–¿Y privar a tus compañeros de la posibilidad de intentar el rescate?– preguntó Edmundo. –Necesitamos eso.

–¡Ellos jamás me rescatarán, ellos saben que…!

–No perdemos nada con intentarlo– dijo Edmundo.

A continuación, Edmundo recogió el arma de Galponov y se la llevó consigo. Los tres abandonaron la habitación. A sus espaldas oyeron los terroríficos aullidos de Galponov, que se quedaba absolutamente solo en un planeta radioactivo y sin una sola alma capaz de salvarle en miles de kilómetros a la redonda.

–Hay una salida secundaria, según la supercomputadora– dijo Wolfgang Spengler.

–¿No se supone que no sabías manipularla?

–Kirev no sabía leer caracteres alfanuméricos en inglés, de todas maneras. En cualquier caso, sólo tengo acceso de Nivel 1, el propio para soldados, el que pude robarle a Ezra Sheperd. No es mucho lo que se puede hacer con eso… pero sí lo suficiente.

–¿Qué arma se llevaron Kirev y sus hombres, lo sabes?

–Por lo que estaba viendo, lo llaman TRB, Bomba de Reacción de Teranergium por sus siglas en inglés. Lo lanzas cerca de un lugar en el cual hayan vastos depósitos de teranergium, y forma una reacción en cadena que genera radiaciones mortíferas alrededor. Es básicamente como una bomba de neutrones, sólo que el material explosivo no está en la bomba misma, sino que debe haber teranergium cerca. ¡Ah! El teranergium así tratado, se desintegra en plomo, y por lo tanto queda inutilizado.

–Podríamos lanzarla o detonarla en el corazón del ejército de Kriegsweltz IV. Las armas y depósitos y arsenales y vehículos alimentados con teranergium detonarían, y el ejército sería desintegrado en un instante– dijo Edmundo.

–Sí– dijo Wolfgang Spengler. –Pero primero tenemos que recobrar la TRB.

El trío utilizó la salida secundaria, un pequeño ascensor de carga que los llevó hasta una pequeña caseta en una ladera montañosa. El rodeo había sido un tanto largo, pero a cambio, ellos iban descargados, mientras que Kirev y sus cuatro hombres debían transportar la bomba consigo.

–Muy bien– dijo Edmundo. –Ahora tenemos que arreglárnoslas para recobrar la TRB, liquidar a las tropas de Kirev, luego subirlo a un avión que no esté estrellado como el que nosotros caímos, tratar de pilotarlo como mejor podamos porque el otro piloto a estas alturas debe estar muerto, y todo eso antes de que las tropas de Kriegsweltz IV inicien la invasión final contra Retum. Esto se pone bueno.

Wolfgang Spengler asintió. Diana puso una mano en el hombro de Edmundo, a manera de consuelo. Los tres miraron ladera abajo. En ella, caminando muy lentamente, Kirev y sus cuatro hombres seguían llevando la TRB consigo. Y todos ellos, aislados en una superficie terrestre radioactiva, y sin ningún medio de transporte en buenas condiciones que pudiera llevarlos de regreso al Planeta Interior.

Próximo capítulo: “TRB”.

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