lunes 11 de enero de 2010

Capítulo 3-13 - "Little Angel".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler consiguen por fin ascender a la superficie terrestre, respaldados por Retum, y vigilados por Kirev y sus hombres. Encuentran que la vida renace nuevamente sobre la superficie terrestre, pero aún los niveles de radiación son demasiado altos para los humanos. Una vez en su destino, una falla mecánica obliga al piloto a estrellar el avión. Diana se disloca un hombro, pero peor suerte corre Wolfgang Spengler, ya que su traje antirradiación se raja

“Little Angel”

–Esto va a doler, Diana– dijo Edmundo.

–¡Edmundo, no vas a…!– dijo Diana.

Edmundo la miró fijamente, sin responder. Ella entendió. Ambos lo habían visto varias veces, en el tiempo en que Edmundo había comandado su propia guerrilla.

Edmundo colocó a Diana contra el suelo, y subiéndose sobre ella, la inmovilizó con el peso de su cuerpo. Y luego, aplicó toda la fuerza de sus brazos para tirar del hombro dislocado. Diana intentó trabar sus mandíbulas, pero el dolor la superó, y soltó un horrible alarido.

Todo había terminado. El hombro estaba encajado nuevamente en su lugar.

Edmundo se acercó aWolfgang Spengler. Este miró a sus dos amigos con expresión triste en el rostro.

–¡De qué sirve esto ahora!– medio gritó y medio gimió Wolfgang Spengler, y se llevó las manos al casco, con la evidente intención de sacárselo. Entre Edmundo y Diana lo detuvieron.

–¡Wolfgang, no lo empeores! ¡Ya veremos cómo arreglaremos esto! Tomaremos las armas, regresaremos al Planeta Interior, y estarás bien de nuevo, ya lo verás.

–Con estos niveles de radiación quedaré demasiado contaminado– resopló Wolfgang Spengler, y tomó asiento dejándose caer sobre una butaca desvencijada por el accidente.

–¿Spengler está bien?– se acercó Kirev, hablando con rudeza.

–Su traje está roto– dijo Edmundo.

–Estamos jodidos– dijo Kirev. –Uno de mis hombres tiene el espinazo quebrado, el avión está hecho pedazos, y el piloto sobrevivió, pero dudo que conserve sus dos piernas, por no hablar de su traje antirradiación. Aunque consigamos las armas, estamos atrapados aquí, a miles de kilómetros de la nada, salvo que ustedes conozcan algún paso desde acá, o cerca de acá, de regreso al Planeta Interior.

Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler se miraron entre sí, y negaron con la cabeza.

–Estamos jodidos– repitió Kirev, y se desquitó soltándole una violenta patada a un asiento del avión.

Luego, Kirev se acercó al hombre con el espinazo roto, que oscilaba entre llenar de gritos el aire, y gemir en voz baja cuando le costaba demasiado respirar.

–¿Voy a salvarme, señor?– preguntó el hombre, con ansiedad en los ojos, sabiendo que lo inevitable era inevitable, pero sin perder un último hilo de esperanza en lo ultraterreno.

–No, hijo– dijo Kirev compasivamente, apretando las mandíbulas al hablar. –Estás hecho mierda, las heridas internas te matarán… Lo siento, hijo.

Y Kirev levantó su arma, apuntando a la cabeza de su hombre.

–¡No!– chilló el hombre, y luego soltó un grito porque el brusco movimiento de la caja torácica al gritar le habían rajado aún más los músculos y órganos internos contra las puntas de las vértebras fuera de lugar. Con un hilillo de voz y lágrimas en los ojos gimió: –Señor, por favor, tenga piedad… Señor…

–Lo siento, hijo– dijo Kirev, torciendo la cabeza para evitar soltar una lágrima, porque un soldado debe ser ante todo un tipo duro y un hombre, y no puede permitirse llorar.

–¡Espere, Kirev!– gritó Edmundo. –¡Este hombre está condenado a muerte de todas maneras, pero su traje antirradiación está intacto! ¡Señor, déjeme sacarle el traje! ¡Me lo llevaré conmigo, para que Wolfgang Spengler pueda cambiárselo!

–¡Qué idea imbécil, Edmundo! ¡Una simple rajadura en el traje está contaminando con radiación a tu amigo Spengler, y piensas quitarle el traje entero para que se lo cambie!

–Kirev, si en las instalaciones militares de Polaris hay duchas que funcionen, Wolfgang puede ducharse allí para limpiarse una buena parte de radiación, y luego ponerse el nuevo traje. No limpiará toda la radiación, pero hará un buen trabajo. Kirev, yo comandé una guerrilla, y perdí a casi todos mis hombres. Sé lo que se sufre cuando los tuyos, a los cuales debes cuidar y proteger, se mueren sin que puedas hacer nada. Pero Kirev, tu hombre está casi muerto. Por favor, si le vas a disparar, quítale el traje primero.

Fue bien visible, a través de la máscara del traje antirradiación, que la mandíbula de Kirev se apretaba aún más, en un gesto de frustración. Pero asintió.

–¿Qué? ¡Señor…! ¡Señor…! ¡Por favor, señor! ¡No! ¡Sálveme! ¡Señor, sálveme!– gimió el hombre con el espinazo roto, ahora cada vez más ansioso, y gritando incluso por encima de sus propios dolores internos.

Entre Kirev y Edmundo, de manera rabiosa uno por la frustración de que uno de los suyos muriera por nada, y el otro por el frenesí de salvar a su amigo, le quitaron el traje, mientras el pobre hombre sollozaba y gemía, implorando que le dejaran el traje, como si no fuera a matarlo antes las heridas internas que la radiación ambiental. Una vez sacado el traje, Kirev levantó su arma, y sin pensárselo dos veces, disparó a la cabeza de su hombre. Los gemidos y súplicas cesaron, y un silencio mortal invadió la carlinga.

–Salgamos de acá– masculló Kirev, guardando su arma con toda tranquilidad para serenarse un poco.

Edmundo, Diana, Wolfgang Spengler, Kirev y cinco de sus hombres, bajaron del avión.

–Ahora tú, oriéntanos– le dijo Kirev a Wolfgang Spengler.

Wolfgang Spengler empezó a caminar, y su caminata inicialmente tranquila se fue volviendo cada vez más frenética a medida que transcurrían los minutos. Era evidente que Wolfgang Spengler trataba de mantenerse con la cabeza fría, pero tenía bien en mente la idea de Edmundo: mientras antes encontrara una ducha que funcionara, mayores eran sus probabilidades de que la contaminación radiactiva en su cuerpo disminuyera. Kirev, al verle tan agitado, sonrió torvamente: si Wolfgang Spengler había pensado en engañarle llevándole a otro sitio distinto, ya no podría hacerlo. No sin sacrificar su vida.

De esta manera, salieron de las soñolientas calles de Little Angel, con sus bares despoblados, sus plazas secas, sus estatuas superfluas, sus casas semiderruidas. Sólo algunas ratas de cloaca, otras increíbles supervivientes del holocausto provocado por Kriegsweltz IV, se animaron a asomar la cabeza y ser testigos de la peregrinación de aquellos hombres. En el exterior del poblado, tomaron una ruta de polvo y tierra. Como en otras partes del planeta, todo lucía absolutamente desértico.

–Allá– dijo Wolfgang Spengler, mostrando una reja metálica.

El grupo avanzó hacia ella. Kirev le hizo una seña a uno de sus hombres. Este tomó un par de tenazas, las introdujo en la reja, alambre por alambre, rompiéndolos con paciencia, hasta que pudieron ingresar.

Uno de los soldados, fastidiado, se apoyó en la reja, soltando una fanfarronada al hacerlo. Una recia descarga eléctrica lo hizo saltar hacia atrás, dando con todo el cuerpo en tierra. Kirev le preguntó con dureza si estaba bien. Pero aparte de la sacudida, el hombre no parecía demasiado lastimado. El traje antirradiación, de alguna manera, parecía haberlo protegido de lo peor de la descarga.

–Increíble, todavía funciona el cerco eléctrico– dijo Wolfgang Spengler, y mirando alrededor suyo, dio con la respuesta. Bastante más adentro podían verse, medio ensombrecidos por el polvo arrastrado por el viento, algunos paneles solares. Aquello era una buena señal: quizás hubiera cosas funcionando dentro de la base, después de todo.

El grupo ingresó a la base. Wolfgang Spengler empezó a meditar afiebradamente cómo se las arreglarían para ingresar. Dos de los hombres de Kirev iban aperados con un explosivo que podía considerarse el equivalente de sendas cargas de C-4, pero quizás eso no sirviera de nada frente a alguna base militar que había sido diseñada como de importancia estratégica suprema. Si se suponía que debía resistir probablemente a una explosión nuclear exactamente encima de la misma, era poco probable que el equivalente de un par de bombas de C-4 pudieran siquiera rasguñarlas…

Grande fue la sorpresa de Wolfgang Spengler, así como la del grupo entero, cuando vieron la enorme puerta blindada, que debía tener sus buenos cuatro o cinco metros de grosor, horadada con un enorme agujero por el cual podían pasar los seres humanos agachándose un poco, y con los bordes derretidos, como si se le hubiera aplicado una enorme cantidad de calor a la misma para forzarla. La entrada se había vuelto una labor muy sencilla, pero a cambio, tuvieron así la negra confirmación de que alguien había tenido la misma idea que ellos, de ascender a la superficie terrestre y tomar por asalto la base en donde estaba el corazón del Proyecto Polaris, de la misma manera en que los egiptólogos habían forzado las pirámides antiguas sólo para descubrir que los saqueadores de tumbas habían estado allí antes. Y, como en el caso egiptológico, era altamente probable que los mayores tesoros, las armas en este caso, ya hubieran sido llevadas por quienes les habían antecedido…

El grupo ingresó con cautela. Edmundo quería ser el primero, pero Kirev le detuvo. Ante la evidencia de que quizás podían haber trampas adentro, bien sea por parte de los constructores de la base militar (después de todo, el complejo todavía tenía alimentación eléctrica), bien sea por los misteriosos saqueadores anteriores, ingresaron Kirev y sus cinco hombres, enarbolando sus armas y listos para dispararles a cualquiera.

Pero luego de un buen rato, no parecía haber evidencia de que existieran sistemas de defensa dentro de la base. Por el contrario, todo estaba abierto y bien abierto, listo para cualquiera que fuera el primero en llegar hasta ahí.

–¿No dijo Kriegsweltz IV que uno de sus espías se las había arreglado para volar todo este complejo?– preguntó Edmundo a Wolfgang Spengler, en voz baja y hablando rápido, y utilizando el idioma castellano para que Kirev no le entendiera.

–Sí, y Ezrra Shepperrd confirrmó lo mismo– dijo Wolfgang Spengler. –No lo entiendo.

–Quizás a Shepperd lo informaron mal– dijo Diana. –Quizás…

–Veamos la ducha primero– dijo Edmundo.

Efectivamente, había en el complejo militar un sistema de duchas, y con un buen suministro de energía eléctrica proveído por paneles solares que alimentaban a unas baterías, los sistemas parecían funcionar bien. El único inconveniente es que el agua no estaba perfectamente limpia, y algo de óxido salía con ella, aunque el problema se solucionaba dejándola correr un poco. Y Wolfgang Spengler, sacándose su traje antirradiación rajado, fue sometido a una ducha intensiva, después de la cual se le colocó el otro traje antirradiación, el que le habían sacado al soldado muerto con su columna vertebral rota. Probablemente no hubiera tanta radiación en el ambiente, allá abajo: después de todo, aunque la atmósfera misma estuviera radioactiva, todas las instalaciones estaban en un búnker subterráneo a 400 metros bajo el nivel de la entrada, de manera que el grueso de la radiación no podía haberlo impregnado todo en aquellas profundidades.

–Veamos qué podemos sacar de acá, que nos sea de utilidad– dijo Wolfgang Spengler. –Se supone que ésta es la sede de la supercomputadora Polaris Dos. Si estuviera todavía operativa…

–¿Y sabes hacerla andar?– preguntó Kirev, agriamente.

–Toda la información que tengo, me fue proporcionada por un hombre que era un militar, no un técnico en computadoras– dijo Wolfgang Spengler. –No tengo idea sobre cómo hacer funcionar esta maldita cosa.

–¡Entonces cómo esperas que le saquemos provecho a…! ¡Maldición!– estalló Kirev, y luego, sin esperar respuesta, se dirigió a sus hombres. –¡De dos en dos! ¡Galponov, tú conmigo! ¡Registren toda esta maldita base, y reporten cualquier cosa que pueda ser considerada como un arma!

Después de que los dos equipos de dos hombres se retiraran, Kirev le hizo una señal a Galponov. Este levantó su arma, y la mantuvo apuntada hacia el grupo de Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler.

–Trata de ver qué se puede hacer con esta maldita chatarra– masculló Kirev.

Wolfgang Spengler asintió.

De pronto, un intercomunicador se activó. En medio de una enorme estática, pudo reconocerse el perfil de un hombre.

–¡Así es que habéis venido también! ¡Os dije que regresaríais, hombres arrogantes! ¡Os dije que regresaríais! ¡Os lo dije!– gritó el hombre, en inglés.

–¡Qué está diciendo!– ladró Kirev.

–Es inglés. No entiendo lo que dice, está hablando incoherencias– dijo Wolfgang Spengler, y luego se volvió al intercomunicador: –Acá, estación Polaris Dos, repórtese, qué…

–¡Sé que es Polaris Dos, no me toméis por idiota!– gritó el hombre, y sus gritos se acoplaron con la estática hasta hacerse casi ininteligibles. –¡Nada más en la superficie terrestre sobrevive, nada más puede sobrevivir! “¡En el comienzo de todo, Dios creó el Cielo y la Tierra! ¡La tierra no tenía entonces ninguna forma; todo era un mar profundo cubierto de oscuridad, y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas…!”. ¡Yo aleteo sobre las aguas, porque…! ¡¡¡YO… SOY… EL ESPÍRITU DE DIOS!!!

–Este tipo está loco– jadeó Wolfgang Spengler en castellano, sólo para que Edmundo y Diana le entendieran. –Está citando el Génesis… Esta comunicación viene… Miren, esta pantalla está activa… ¡No puede ser!

–¡Explíquese, Spengler!– gritó Kirev.

–¿Eres Ferguson?– preguntó Wolgang Spengler, ignorando a Kirev. –¿Andrew Ferguson?

–¡Yo ERA Andrew Ferguson! ¡Mi nombre humano ERA Andrew Ferguson! ¡Pero ahora ya no soy humano! ¡Ahora… SOY… UN…! ¡¡¡DIOS!!!

–¡Esto es imposible!– dijo Wolfgang Spengler. –¡Esta comunicación viene desde la Estación Espacial Tridente! ¡Este tipo ha estado en una estación espacial años completos, sin víveres ni oxígeno, y ha conseguido sobrevivir a pesar de todo! ¡Y además, es el único ser humano en todo el universo con acceso a la supercomputadora Polaris Uno!

Próximo capítulo: “Las fronteras de la Tierra”.

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