Capítulo 3-12 - "Nuevo mundo".
ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Después del triunfo absoluto de Freilande sobre los Seis Reinos, Edmundo y los suyos se embarcan en un plan desesperado: obtener las armas del Proyecto Polaris para combatir a Iluvia. En Retum, consiguen convencer de sus propósitos a Oslaus Ruf, quien les presta el equipo para viajar a la superficie terrestre, así como una guardia para protegerlos, y además para vigilarlos…
Arriba de sus cabezas, cada vez más cerca del final de la gruta, la luz solar primero, y el cielo azul después, se hicieron presentes por primera vez en años completos. Lo habían visto por última vez a través de las pantallas de Kriegsweltz IV, tinto en rojo, a medida que la muerte había descendido para incinerar hasta las cenizas a toda criatura viviente de la superficie terrestre. Ahora, eso no era realidad, sino sólo una mala pesadilla.
Los tres viajeros nacidos en la superficie terrestre miraron alrededor, siempre constreñidos por sus trajes antirradiación. El lugar era un desierto casi absoluto, la roca estaba desnuda, y los rayos solares caían como a martillazos sobre el polvo mortecino. Y sin embargo…
Diana se agachó, para ver si esos jirones de verde que se veían eran un espejismo o no. Cuando se levantó, mostró algo muy pequeño entre sus dedos. Era una hojita diminuta, que tenía el tamaño de la mitad de una uña, o quizás menos: una brizna de hierba.
–¡Pero…! ¡Se supone que la radiación lo quemó todo!– dijo Edmundo, sorprendido.
–Las plantas debieron ser quemadas por la radiación, pero quizás algunas semillas consiguieron sobrevivir aquí y allá. Pocas, pero las suficientes como para capear el temporal. Ahora, poco a poco, han comenzado a germinar otra vez. Dentro de algunos años, la superficie terrestre estará otra vez por completo repoblada.
–Pero aún hay radiación en el ambiente. Una exposición prolongada debería matar a todas estas plantas, aunque germinen– dijo Diana.
–Seguramente éstas son una minoría de plantas mutantes, capaces de resistir niveles moderados de radiación. La bacteria Radiodurans, en los tiempos de los humanos, era capaz de sobrevivir dentro de un reactor nuclear. Claro, era una bacteria, pero... ¿por qué una planta no?– dijo Wolfgang Spengler, un poco más filosófico que de costumbre.
Edmundo miró a su alrededor. Era bello ver algunos manchones de verde aislados por aquí o por allá, pero no conseguían ni de lejos disminuir la abrumadora cantidad de tonos ocres y marrones que definían a aquella superficie semirrocosa como un desierto.
–¿En dónde estamos, Wolfgang, qué lugar de la superficie me dijiste que era éste?
–La Amazonia, Edmundo.
Edmundo se quedó perplejo, una vez más. ¡La jungla de la Amazonia, capital de los documentales televisivos sobre lujuria vegetal y abundancia animal, reducida a apenas unos pocos hierbajos sobreviviendo malamente, exprimiendo el mínimo polvo asentado entre los insterticios de la roca por el viento inclemente! Edmundo sintió arder la sangre ante la enormidad del crimen de Kriegsweltz IV. Y se juró, una vez más, que no descansaría hasta hacerle pagar al tirano por su abominable genocidio.
–¡Por acá!– dijo secamente Kirev, el jefe de los guardias que debían escoltar y vigilar al trío conformado por Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler. Oslaus Ruf había decidido que era una buena idea mantener a Kirev, que los había escoltado hasta Arkangis, a cargo de la labor de vigilancia de los tres extranjeros, para fastidio de éste, por supuesto.
El grupo se movió hasta un aparato que en sus buenos días había sido un jet privado. Edmundo preguntó abiertamente cómo se suponía que aquella cosa iba a volar un trecho tan grande. Estaban en algún punto de lo que antaño fuera Brasil, y se suponía que debían cruzar el Mar Caribe completo, para llegar a lo que otrora había sido Estados Unidos.
–El jet fue acondicionado para funcionar con teranergium– explicó Kirev, molesto por haber sido interrogado. –Tenemos suficiente teranergium para movernos hasta Estados Unidos, de ida y de vuelta.
Wolfgang Spengler sacó algunos cálculos mentales. Seguramente, una buena proporción de la carlinga debería haber sido sacrificada para convertirla en bodega, y almacenar el teranergium suficiente. El teranergium era débilmente radioactivo y podía sacársele un inmenso poder energético usándolo como combustible para alimentar un reactor nuclear de fisión, pero el jet privado no tenía tamaño suficiente para eso, de manera que debería recurrirse al expediente de hacerlo desprender energía calentándolo con una chispa eléctrica, así como se hacía con las armas de rayos alimentadas por teranergium. Y con estos métodos el teranergium podía ser muy energético, pero aún así debía acumularse una buena cantidad para mantener en funcionamiento un motor tan poderoso como el de un jet privado, durante tantas horas de vuelo.
–¡Spengler!– ladró Kirev, aunque podía adivinarse la curiosidad detrás de su fría máscara de prepotente superioridad. –Dime, ¿es verdad que en el idioma de la superficie, “Estados Unidos” no es un nombre, que sólo significa algo así como reinos juntos o algo similar…?
–Es cierto– explicó Wolfgang Spengler, disimulando la satisfacción que le provocaba el ser interrogado por Kirev sobre una materia que el rudo militar retumiano ignoraba. –Estados Unidos se llama así porque hace 200 a 250 años, trece países más chicos se unieron y lo formaron. Como los Seis Reinos, si se hubieran unido contra Kriegsweltz IV.
En ese minuto, en uno de los motores del jet, dos obreros que terminaban de ponerlo a punto, se pusieron repentinamente frenéticos.
–¡Qué pasa ahí!– gritó Kirev, y su voz sonó con algo menos de autoridad a través de la máscara antirradiación.
–¡Es Brechnia! ¡Acaba de enredarse con un borde de metal, su traje se rajó! ¡Necesita que lo llevemos hasta la base subterránea para darle una ducha y limpiarlo de rad…!
–¡La misión es prioritaria!– gritó secamente Kirev. –¡Terminen los arreglos!
–¡Pero, señor…! ¡Por favor…!– gimoteó Brechnia, y su voz sonaba extrañamente inhumana a través de la máscara antirradiación. En un brazo, podía verse cómo el traje antirradiación había cedido en un punto, y se veía una pequeña rajadura.
Kirev, exasperado, levantó su arma de rayos, y sin apuntar mayormente, disparó dos y tres veces. Los disparos traspasaron los trajes antirradiación y la máscara. El cuerpo de Brechnia cayó desde el motor del avión contra el ala, y del ala se desplomó inerte contra el pavimento. A través de la máscara, que reflejaba el árido desierto, podía entreverse los ojos bien abiertos del trabajador muerto.
–¿Alguien más va a querer tentar a la suerte escapando gracias a su incompetencia?– rugió Kirev. El resto de los trabajadores se limitó a agachar la cabeza, y siguieron trabajando.
No pasó demasiado rato antes de que el avión estuviera acondicionado y listo para partir. El piloto se subió a la cabina, y miró los mandos de manera un tanto temerosa. En el Planeta Interior no existía tecnología aeronáutica, por la sencilla razón de que no había espacio entre las cavernas para que algún hipotético avión pudiera despegar el vuelo, y los helicópteros, además de caros de construir, tenían una utilidad bastante limitada, por lo general obligados a estar encajonados dentro de la gruta en que habían sido construidos. El piloto, por lo tanto, era un retumiano elegido y entrenado para una labor que dentro de su gente era absolutamente excepcional.
A pesar de lo anterior, el avión despegó sin incidentes, como si el retumiano hubiera pilotado desde su más tierna infancia.
–Si la alternativa a aprender a ser un buen piloto es que te disparen, entonces prefiero aprender rápido y bien– comentó Edmundo por lo bajo.
Diana se limitó a asentir, y miró hacia el exterior.
A través de las ventanillas, podía verse el paisaje: desierto, planicie, desierto, planicie, desierto, allí hasta donde alcanzaba la vista. Para un pintor preocupado por las distintas tonalidades, y su paleta de colores, hubiera sido un festín visual. Pero para quienes sabían que aquello antaño había sido una frondosa jungla, era un espectáculo deprimente.
Con todo, en algún punto vieron un río que iba de punto a punto del horizonte, y alrededor suyo, habían manchones de verde, claramente visibles desde el aire. No eran árboles ni bosques, probablemente, pero sí parecían hierbas. Quizás hubiera árboles bebés, pugnando por crecer en medio de todo aquello.
–Es el río Amazonas, probablemente– comentó Wolfgang Spengler.
–¿Cómo es posible que haya vida acá? En estas regiones siempre llueve, y debería haber…– preguntó Edmundo, pero se interrumpió.
–Parte importante de por qué caían lluvias en la Amazonia, era debido a la jungla. Ahora que esto es un desierto, las lluvias seguramente caen mucho menos, y las que caen, se llevan consigo toda la capa superficial del suelo, el humus, lo que impide a la vegetación asentarse. Por eso, esto será un desierto por muchas décadas más, probablemente. Pero alrededor de los ríos es distinto. Las montañas funcionan como cortinas que detienen a las nubes, las que se descargan en las vertientes de montaña, que a su vez alimentan los ríos. Los ríos tienen por lo tanto un suministro constante de agua, y permiten que la vida pueda obtenerla de sus orillas.
Después de unas cuantas horas de vuelo, divisaron algunas montañas hacia delante. Edmundo, que había debido aprender bastante sobre geografía del Planeta Interior para defenderse como guerrillero, pero que no había sido un alumno especialmente aplicado en sus años de enseñanza, preguntó qué era aquello.
–La Cordillera de los Andes– dijo Wolfgang Spengler.
–¿Pero no se supone que va por la región occidental de Latinoamérica?
–Nos estamos dirigiendo hacia el noroeste, para enfilar con rumbo a Estados Unidos. La Cordillera gira hacia el este en Colombia. Debemos estar en un punto próximo a la antigua frontera entre Colombia y Venezuela.
Colombia y Venezuela. Dos nombres que ya no significaban nada, tan solo dos expresiones geográficas sobre el mapa, inútiles porque ningún ser humano habitaba tales regiones, ni podía habitarlas debido a la radiación. Ya no existían colombianos, ya no existían venezolanos, y ciertamente ya no existían humanos de ninguna nacionalidad, salvo aquellos que por una u otra voltereta del destino, hubieran acabado por encontrar refugio en el Planeta Interior, como Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler.
Las montañas estaban tan desnudas y carentes de vida como todo el periplo anterior. Cruzaron el manto de las nubes, y vieron algunas altas cumbres, blancas debido a la nieve. Era un cambio agradable respecto de las toneladas de desierto anteriores.
De pronto habían atravesado la cordillera, y los aeronautas estuvieron nuevamente sobre una planicie tan monótona y desierta como la antigua cuenca amazónica. Y finalmente, sin previo aviso, como un hilo azul en el horizonte primero, y como una mancha después, se acercó el océano. La costa estaba tan desprovista de vida como el interior, de manera que el ocre hizo una transición brusca y sin escalas al azul. Estaban sobrevolando el Mar Caribe.
El viaje a través del Mar Caribe fue completamente aburrido. Kirev y sus soldados mataban el tiempo jugando cartas con una baraja popular en los Seis Reinos, con seis pintas y sesenta y seis cartas en total. Wolfgang Spengler comentó que el puritanismo religioso de Ezra Sheperd le había llevado a condenar en Pelham ese juego como demoníaco, por la combinación 6-66 que se formaba en ella, pero los habitantes del Planeta Interior no lo consideraban así, porque el símbolo 666 no formaba parte de su cultura, toda vez que el “Apocalipsis” de la Biblia no había llegado hasta esas profundidades, así como nada de la cultura de la superficie terrestre.
Finalmente, también sin transición, llegaron hasta la costa estadounidense. Había un gran cuenco que parecía prolongarse hacia el interior, con figuras curvilíneas azules en medio del amarillo y el marrón omnipresentes: todo un retorcido laberinto de lagunas de mayor o menor tamaño. Aquello sería un pantano, cuando la vegetación tuviera tiempo de desarrollarse, una vez pasada la inclemente radiación.
–Nueva Orleáns– dijo Wolfgang Spengler. –El mar rompió los diques finalmente, porque nadie los reparó, y la naturaleza ha vuelto a cobrar lo suyo.
El vuelo prosiguió camino, ahora internándose en el territorio de Estados Unidos. En este punto, Wolfgang Spengler pasó a la cabina, para guiar al piloto hacia el pueblo de Little Angel, la sede del Proyecto Polaris, y que él mismo conocía a través de lo que alguna vez le había informado Ezra Sheperd. De esta manera, luego de algunas horas adicionales, pudieron llegar a lo que antaño, claramente, había sido una ciudad de pequeño tamaño, la clase de poblado semirrural típico de las películas estadounidenses sobre el Mid-West, y que ahora lucía como un pueblo en ruinas, con las calles repletas de escombros.
–¿Dónde aterrizamos?– preguntó el piloto.
Wolfgang Spengler se puso a pensar. Había contado con que hubiera una base militar cerca, quizás un aeródromo, pero ahora empezaba a preguntarse si lo había. La única posibilidad de minuto sería hacerlo en alguna calle. De manera que buscaron aquella que estuviera más o menos despejada y fuera amplia, y allí empezaron a aterrizar.
De pronto, Diana saltó y gritó:
–¡Fuego!
El motor en que Brechnia había estado trabajando antes de ser asesinado por Kirev, había saltado en chispas primero, y en llamas después. Y arrojaba un muy espeso humo negro. El piloto, nervioso y sin el empuje de uno de sus motores, perdió el control del avión, y empezó a precipitarse a tierra, estando a muy poca altura sobre ella.
–¡Allí!– gritó Wolfgang Spengler. El piloto no tuvo mucho tiempo, y debió desacelerar de golpe para no perder la pista. La aeronave se desplomó con todo su vientre de metal chirriando y echando chispas sobre el pavimento de una calle, y no alcanzó a frenar antes de acabar sepultada contra un montón de escombros adelante.
Los tripulantes empezaron a despertar poco a poco. Sus trajes antirradiación habían contribuido a amortiguar sus golpes. Sin embargo, dos de los hombres de Kirev se habían dislocado algún miembro. Y cuando Edmundo se acercó a Diana, descubrió que ella también tenía un miembro fuera de lugar.
Edmundo miró entonces de reojo a Wolfgang Spengler. Este había alcanzado a huir de la cabina. Pero no el piloto. Y el traje antirradiación de Wolfgang Spengler estaba rajado.
Próximo capítulo: “Little Angel”.
“Nuevo mundo”
Arriba de sus cabezas, cada vez más cerca del final de la gruta, la luz solar primero, y el cielo azul después, se hicieron presentes por primera vez en años completos. Lo habían visto por última vez a través de las pantallas de Kriegsweltz IV, tinto en rojo, a medida que la muerte había descendido para incinerar hasta las cenizas a toda criatura viviente de la superficie terrestre. Ahora, eso no era realidad, sino sólo una mala pesadilla.
Los tres viajeros nacidos en la superficie terrestre miraron alrededor, siempre constreñidos por sus trajes antirradiación. El lugar era un desierto casi absoluto, la roca estaba desnuda, y los rayos solares caían como a martillazos sobre el polvo mortecino. Y sin embargo…
Diana se agachó, para ver si esos jirones de verde que se veían eran un espejismo o no. Cuando se levantó, mostró algo muy pequeño entre sus dedos. Era una hojita diminuta, que tenía el tamaño de la mitad de una uña, o quizás menos: una brizna de hierba.
–¡Pero…! ¡Se supone que la radiación lo quemó todo!– dijo Edmundo, sorprendido.
–Las plantas debieron ser quemadas por la radiación, pero quizás algunas semillas consiguieron sobrevivir aquí y allá. Pocas, pero las suficientes como para capear el temporal. Ahora, poco a poco, han comenzado a germinar otra vez. Dentro de algunos años, la superficie terrestre estará otra vez por completo repoblada.
–Pero aún hay radiación en el ambiente. Una exposición prolongada debería matar a todas estas plantas, aunque germinen– dijo Diana.
–Seguramente éstas son una minoría de plantas mutantes, capaces de resistir niveles moderados de radiación. La bacteria Radiodurans, en los tiempos de los humanos, era capaz de sobrevivir dentro de un reactor nuclear. Claro, era una bacteria, pero... ¿por qué una planta no?– dijo Wolfgang Spengler, un poco más filosófico que de costumbre.
Edmundo miró a su alrededor. Era bello ver algunos manchones de verde aislados por aquí o por allá, pero no conseguían ni de lejos disminuir la abrumadora cantidad de tonos ocres y marrones que definían a aquella superficie semirrocosa como un desierto.
–¿En dónde estamos, Wolfgang, qué lugar de la superficie me dijiste que era éste?
–La Amazonia, Edmundo.
Edmundo se quedó perplejo, una vez más. ¡La jungla de la Amazonia, capital de los documentales televisivos sobre lujuria vegetal y abundancia animal, reducida a apenas unos pocos hierbajos sobreviviendo malamente, exprimiendo el mínimo polvo asentado entre los insterticios de la roca por el viento inclemente! Edmundo sintió arder la sangre ante la enormidad del crimen de Kriegsweltz IV. Y se juró, una vez más, que no descansaría hasta hacerle pagar al tirano por su abominable genocidio.
–¡Por acá!– dijo secamente Kirev, el jefe de los guardias que debían escoltar y vigilar al trío conformado por Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler. Oslaus Ruf había decidido que era una buena idea mantener a Kirev, que los había escoltado hasta Arkangis, a cargo de la labor de vigilancia de los tres extranjeros, para fastidio de éste, por supuesto.
El grupo se movió hasta un aparato que en sus buenos días había sido un jet privado. Edmundo preguntó abiertamente cómo se suponía que aquella cosa iba a volar un trecho tan grande. Estaban en algún punto de lo que antaño fuera Brasil, y se suponía que debían cruzar el Mar Caribe completo, para llegar a lo que otrora había sido Estados Unidos.
–El jet fue acondicionado para funcionar con teranergium– explicó Kirev, molesto por haber sido interrogado. –Tenemos suficiente teranergium para movernos hasta Estados Unidos, de ida y de vuelta.
Wolfgang Spengler sacó algunos cálculos mentales. Seguramente, una buena proporción de la carlinga debería haber sido sacrificada para convertirla en bodega, y almacenar el teranergium suficiente. El teranergium era débilmente radioactivo y podía sacársele un inmenso poder energético usándolo como combustible para alimentar un reactor nuclear de fisión, pero el jet privado no tenía tamaño suficiente para eso, de manera que debería recurrirse al expediente de hacerlo desprender energía calentándolo con una chispa eléctrica, así como se hacía con las armas de rayos alimentadas por teranergium. Y con estos métodos el teranergium podía ser muy energético, pero aún así debía acumularse una buena cantidad para mantener en funcionamiento un motor tan poderoso como el de un jet privado, durante tantas horas de vuelo.
–¡Spengler!– ladró Kirev, aunque podía adivinarse la curiosidad detrás de su fría máscara de prepotente superioridad. –Dime, ¿es verdad que en el idioma de la superficie, “Estados Unidos” no es un nombre, que sólo significa algo así como reinos juntos o algo similar…?
–Es cierto– explicó Wolfgang Spengler, disimulando la satisfacción que le provocaba el ser interrogado por Kirev sobre una materia que el rudo militar retumiano ignoraba. –Estados Unidos se llama así porque hace 200 a 250 años, trece países más chicos se unieron y lo formaron. Como los Seis Reinos, si se hubieran unido contra Kriegsweltz IV.
En ese minuto, en uno de los motores del jet, dos obreros que terminaban de ponerlo a punto, se pusieron repentinamente frenéticos.
–¡Qué pasa ahí!– gritó Kirev, y su voz sonó con algo menos de autoridad a través de la máscara antirradiación.
–¡Es Brechnia! ¡Acaba de enredarse con un borde de metal, su traje se rajó! ¡Necesita que lo llevemos hasta la base subterránea para darle una ducha y limpiarlo de rad…!
–¡La misión es prioritaria!– gritó secamente Kirev. –¡Terminen los arreglos!
–¡Pero, señor…! ¡Por favor…!– gimoteó Brechnia, y su voz sonaba extrañamente inhumana a través de la máscara antirradiación. En un brazo, podía verse cómo el traje antirradiación había cedido en un punto, y se veía una pequeña rajadura.
Kirev, exasperado, levantó su arma de rayos, y sin apuntar mayormente, disparó dos y tres veces. Los disparos traspasaron los trajes antirradiación y la máscara. El cuerpo de Brechnia cayó desde el motor del avión contra el ala, y del ala se desplomó inerte contra el pavimento. A través de la máscara, que reflejaba el árido desierto, podía entreverse los ojos bien abiertos del trabajador muerto.
–¿Alguien más va a querer tentar a la suerte escapando gracias a su incompetencia?– rugió Kirev. El resto de los trabajadores se limitó a agachar la cabeza, y siguieron trabajando.
No pasó demasiado rato antes de que el avión estuviera acondicionado y listo para partir. El piloto se subió a la cabina, y miró los mandos de manera un tanto temerosa. En el Planeta Interior no existía tecnología aeronáutica, por la sencilla razón de que no había espacio entre las cavernas para que algún hipotético avión pudiera despegar el vuelo, y los helicópteros, además de caros de construir, tenían una utilidad bastante limitada, por lo general obligados a estar encajonados dentro de la gruta en que habían sido construidos. El piloto, por lo tanto, era un retumiano elegido y entrenado para una labor que dentro de su gente era absolutamente excepcional.
A pesar de lo anterior, el avión despegó sin incidentes, como si el retumiano hubiera pilotado desde su más tierna infancia.
–Si la alternativa a aprender a ser un buen piloto es que te disparen, entonces prefiero aprender rápido y bien– comentó Edmundo por lo bajo.
Diana se limitó a asentir, y miró hacia el exterior.
A través de las ventanillas, podía verse el paisaje: desierto, planicie, desierto, planicie, desierto, allí hasta donde alcanzaba la vista. Para un pintor preocupado por las distintas tonalidades, y su paleta de colores, hubiera sido un festín visual. Pero para quienes sabían que aquello antaño había sido una frondosa jungla, era un espectáculo deprimente.
Con todo, en algún punto vieron un río que iba de punto a punto del horizonte, y alrededor suyo, habían manchones de verde, claramente visibles desde el aire. No eran árboles ni bosques, probablemente, pero sí parecían hierbas. Quizás hubiera árboles bebés, pugnando por crecer en medio de todo aquello.
–Es el río Amazonas, probablemente– comentó Wolfgang Spengler.
–¿Cómo es posible que haya vida acá? En estas regiones siempre llueve, y debería haber…– preguntó Edmundo, pero se interrumpió.
–Parte importante de por qué caían lluvias en la Amazonia, era debido a la jungla. Ahora que esto es un desierto, las lluvias seguramente caen mucho menos, y las que caen, se llevan consigo toda la capa superficial del suelo, el humus, lo que impide a la vegetación asentarse. Por eso, esto será un desierto por muchas décadas más, probablemente. Pero alrededor de los ríos es distinto. Las montañas funcionan como cortinas que detienen a las nubes, las que se descargan en las vertientes de montaña, que a su vez alimentan los ríos. Los ríos tienen por lo tanto un suministro constante de agua, y permiten que la vida pueda obtenerla de sus orillas.
Después de unas cuantas horas de vuelo, divisaron algunas montañas hacia delante. Edmundo, que había debido aprender bastante sobre geografía del Planeta Interior para defenderse como guerrillero, pero que no había sido un alumno especialmente aplicado en sus años de enseñanza, preguntó qué era aquello.
–La Cordillera de los Andes– dijo Wolfgang Spengler.
–¿Pero no se supone que va por la región occidental de Latinoamérica?
–Nos estamos dirigiendo hacia el noroeste, para enfilar con rumbo a Estados Unidos. La Cordillera gira hacia el este en Colombia. Debemos estar en un punto próximo a la antigua frontera entre Colombia y Venezuela.
Colombia y Venezuela. Dos nombres que ya no significaban nada, tan solo dos expresiones geográficas sobre el mapa, inútiles porque ningún ser humano habitaba tales regiones, ni podía habitarlas debido a la radiación. Ya no existían colombianos, ya no existían venezolanos, y ciertamente ya no existían humanos de ninguna nacionalidad, salvo aquellos que por una u otra voltereta del destino, hubieran acabado por encontrar refugio en el Planeta Interior, como Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler.
Las montañas estaban tan desnudas y carentes de vida como todo el periplo anterior. Cruzaron el manto de las nubes, y vieron algunas altas cumbres, blancas debido a la nieve. Era un cambio agradable respecto de las toneladas de desierto anteriores.
De pronto habían atravesado la cordillera, y los aeronautas estuvieron nuevamente sobre una planicie tan monótona y desierta como la antigua cuenca amazónica. Y finalmente, sin previo aviso, como un hilo azul en el horizonte primero, y como una mancha después, se acercó el océano. La costa estaba tan desprovista de vida como el interior, de manera que el ocre hizo una transición brusca y sin escalas al azul. Estaban sobrevolando el Mar Caribe.
El viaje a través del Mar Caribe fue completamente aburrido. Kirev y sus soldados mataban el tiempo jugando cartas con una baraja popular en los Seis Reinos, con seis pintas y sesenta y seis cartas en total. Wolfgang Spengler comentó que el puritanismo religioso de Ezra Sheperd le había llevado a condenar en Pelham ese juego como demoníaco, por la combinación 6-66 que se formaba en ella, pero los habitantes del Planeta Interior no lo consideraban así, porque el símbolo 666 no formaba parte de su cultura, toda vez que el “Apocalipsis” de la Biblia no había llegado hasta esas profundidades, así como nada de la cultura de la superficie terrestre.
Finalmente, también sin transición, llegaron hasta la costa estadounidense. Había un gran cuenco que parecía prolongarse hacia el interior, con figuras curvilíneas azules en medio del amarillo y el marrón omnipresentes: todo un retorcido laberinto de lagunas de mayor o menor tamaño. Aquello sería un pantano, cuando la vegetación tuviera tiempo de desarrollarse, una vez pasada la inclemente radiación.
–Nueva Orleáns– dijo Wolfgang Spengler. –El mar rompió los diques finalmente, porque nadie los reparó, y la naturaleza ha vuelto a cobrar lo suyo.
El vuelo prosiguió camino, ahora internándose en el territorio de Estados Unidos. En este punto, Wolfgang Spengler pasó a la cabina, para guiar al piloto hacia el pueblo de Little Angel, la sede del Proyecto Polaris, y que él mismo conocía a través de lo que alguna vez le había informado Ezra Sheperd. De esta manera, luego de algunas horas adicionales, pudieron llegar a lo que antaño, claramente, había sido una ciudad de pequeño tamaño, la clase de poblado semirrural típico de las películas estadounidenses sobre el Mid-West, y que ahora lucía como un pueblo en ruinas, con las calles repletas de escombros.
–¿Dónde aterrizamos?– preguntó el piloto.
Wolfgang Spengler se puso a pensar. Había contado con que hubiera una base militar cerca, quizás un aeródromo, pero ahora empezaba a preguntarse si lo había. La única posibilidad de minuto sería hacerlo en alguna calle. De manera que buscaron aquella que estuviera más o menos despejada y fuera amplia, y allí empezaron a aterrizar.
De pronto, Diana saltó y gritó:
–¡Fuego!
El motor en que Brechnia había estado trabajando antes de ser asesinado por Kirev, había saltado en chispas primero, y en llamas después. Y arrojaba un muy espeso humo negro. El piloto, nervioso y sin el empuje de uno de sus motores, perdió el control del avión, y empezó a precipitarse a tierra, estando a muy poca altura sobre ella.
–¡Allí!– gritó Wolfgang Spengler. El piloto no tuvo mucho tiempo, y debió desacelerar de golpe para no perder la pista. La aeronave se desplomó con todo su vientre de metal chirriando y echando chispas sobre el pavimento de una calle, y no alcanzó a frenar antes de acabar sepultada contra un montón de escombros adelante.
Los tripulantes empezaron a despertar poco a poco. Sus trajes antirradiación habían contribuido a amortiguar sus golpes. Sin embargo, dos de los hombres de Kirev se habían dislocado algún miembro. Y cuando Edmundo se acercó a Diana, descubrió que ella también tenía un miembro fuera de lugar.
Edmundo miró entonces de reojo a Wolfgang Spengler. Este había alcanzado a huir de la cabina. Pero no el piloto. Y el traje antirradiación de Wolfgang Spengler estaba rajado.
Próximo capítulo: “Little Angel”.
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