lunes 28 de diciembre de 2009

Capítulo 3-11 - "En las manos de Oslaus Ruf".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Kertamma le tiende una trampa a Edmundo, haciéndole pasar como culpable de dar muerte a dos centinelas de Retum. Buscando aclarar su inocencia, Edmundo y Diana se infiltran en la acrópolis de Arkangis y emboscan a Kertamma. Sin embargo, el asesino se sacrifica a sí mismo dándose muerte contra el arma de Edmundo, y los guardias sorprenden a éste en esa posición

“En las manos de Oslaus Ruf”

Pasaron algunos días, que al grupo entero se les antojaron eternos. No puede decirse que los guardias de Retum fueran demasiado creativos en el arte de la tortura: se limitaron a los latigazos, a aplicar fierros candentes en la planta de los pies, al potro, y a otros métodos clásicos, sin innovar demasiado. En realidad, tampoco se esforzaron demasiado por interrogarlos. Y sin embargo, el momento mismo del juicio no parecía querer llegar nunca. Aparte de doblegarlos un poco para que no crearan demasiados problemas dentro de Retum, aquella tortura no parecía tener sentido. Ni siquiera aprovecharon la ocasión para preguntarles si de verdad conocían el paradero de armas misteriosas en la superficie o no. No de manera demasiado acuciosa, por lo menos.

Finalmente, Edmundo y Wolfgang Spengler fueron sacados de sus celdas y llevados hasta el salón del trono. Esta vez, no había nadie presente, salvo algunos guardias: ningún notable había sido citado. Edmundo y Wolfgang Spengler fueron arrojados al suelo, y de allí, al sentir el suave tacto de la alfombra, no pudieron moverse más.

–De manera que, dicen ustedes, conocen el paradero de armas que podrían ayudarme a derrotar a Kriegsweltz IV, ¿no?– preguntó Oslaus Ruf.

Edmundo, aunque sintiendo el cuerpo hecho trizas, no había perdido aún su espíritu. Su mente empezó a pensar febrilmente en qué querría Oslaus Ruf.

–Si quieres las armas, tendrás que dejarnos ir– dijo Edmundo, y como apenas encontró el aire dentro suyo para hablar, tuvo que gritar, acabando con un profundo jadeo.

–Los dejaré ir, los dejaré ir, eso por seguro. Ustedes, muertos, no me sirven en absoluto. Mejor es que vayan y me traigan lo que yo quiero– dijo Oslaus Ruf.

“¡Lo que yo quiero!”, musitó Edmundo. De manera que sí quería las armas, después de todo. Quizás estaba desesperado. Quizás el ejército de Lin había resultado demasiado poderoso, quizás… Había una manera de averiguarlo.

–¿Lo que quieres, eso no te lo puede dar Kertamma?

–Kertamma y tú no se llevan bien, ¿verdad?– preguntó Oslaus Ruf. –Deberían haber visto su cara cuando tomé a su ordenanza y ordené que lo torturaran. Le dije en persona que si no tenía nada que esconder, que lo cediera para que lo hiciéramos hablar. ¡Y habló, vaya si habló ese ordenanza! Creía que los de Lin eran más firmes…

–¡Les dijo que ordenó matar al par de centinelas para incriminarnos!– gritó Edmundo.

–¿Decirnos…? Pues… no…– dijo Oslaus Ruf, de una manera que Edmundo no pudo adivinar si era cierto o no. Pero no parecía sorprendido tampoco. Quizás lo supiera, y se lo hubiera perdonado. Después de todo, si Diana tenía razón, a Oslaus Ruf le convenía que Kertamma fuera su brazo derecho. Al menos, de momento.

Y entonces, Edmundo vio el cuadro completo. Oslaus Ruf sabía de las rencillas anteriores de Kertamma y Edmundo. Sabía también, por supuesto, del carácter arrogante de Kertamma, muy poco dado al perdón y al olvido, y que se había tomado las acciones de Edmundo en su contra como algo personal. De manera que se quedaba con lo mejor de ambos mundos: mantenía a Kertamma en Retum para utilizarlo como peón contra Lin, con Kertamma prestándose al juego, con la esperanza de alcanzar el trono de Lin, y mientras tanto, Edmundo era enviado a buscar las armas a la superficie terrestre. Todos los rodeos que estaba dándose Oslaus Ruf para llegar a la cuestión principal, no eran sino una comedia: el Natchinai Zar de Retum ya tenía tomada su decisión.

–Les daré un día de gracia para que se recuperen ambos– dijo Oslaus Ruf finalmente. –Luego, les proporcionaré equipo y suministros para su viaje a la superficie. Volverán acá, y volverán con las armas. Por supuesto que no irán solos: un grupo de los soldados retumianos se encargará de vigilarlos, sólo por si se les ocurre traicionarnos y llevarse las armas para otra parte. Y claro, irán sólo ustedes dos. El resto de sus amigos se queda en Retum, como rehén. Si tienen éxito… Todo lo que habéis pedido se os concederá. Que no se diga que a la par de cruel, no sé ser magnánimo.

–Hay una cosa más– dijo Edmundo. –Diana. La quiero conmigo, ella viaja conmigo.

–¡No!– dijo Oslaus Ruf. –¡Ella se queda como rehén de…!

–Entonces no hay trato– dijo Edmundo, y, levantándose, ante la perplejidad tanto de Oslaus Ruf como de los guardias, empezó a dirigirse limpiamente hacia la salida del salón del trono, como si nadie fuera a detenerle.

–¡Espera!– soltó Oslaus Ruf. –¡Si tanto quieres a esa chica, entonces que así sea! La moral elevada es muy importante en estas cuestiones. Si eso significa que viajas con ella… Que así sea. ¡Liberen a la chica! Pero ella es la última, Edmundo. No liberaré a nadie más.

–Su Excelencia es muy generosa– dijo Edmundo, con una reverencia.

Oslaus Ruf, al ser lisonjeado por el hombre que hace un minuto le daba la espalda tanto a él como a todo el protocolo cortesano de Retum, sonrió con autosuficiencia.

Esta vez, a los tres aventureros se les concedió una habitación dentro del mismísimo Palacio. Cenaron opíparamente, y las camas les ayudaron a caer en un profundo y reparador descanso. Al día siguiente se levantaron sintiéndose aún más fatigados, pero una buena rutina de ejercicios los ayudó a hacer regresar la vitalidad.

–Lo increíble es que Kertamma no nos haya atacado en el intertanto– dijo Edmundo.

–Kertamma debe haberse llevado también una buena reprimenda por parte de Oslaus Ruf. Después de todo, el Natchinai Zar lo necesita para sus planes, pero no para su defensa inmediata, y Kertamma se sabe prescindible– dijo Wolfgang Spengler. –Si Kertamma sigue causando problemas, Oslaus Ruf puede empezar a barajar alternativas menos costosas para llevar a cabo sus planes contra Lin.

–Hay algo que no entiendo, de todas maneras– dijo Diana. –No sé cómo Oslaus Ruf piensa controlar a Kertamma, una vez que lo haya entronizado en Lin.

–Eso es simple de responder– dijo Wolfgang Spengler. –No podrá. Lin está demasiado lejos de Retum y es demasiado poderoso como para que las tropas del Natchinai Zar mantengan un control efectivo sobre su títere. Es como la expedición de Atenas contra Siracusa en la Guerra del Peloponeso: los atenienses pensaban que podían llevar a cabo esa empresa con éxito, pero en la realidad, debido a la distancia entre Atenas y Sicilia, eso era imposible. Oslaus Ruf también piensa que puede, aunque eso sea imposible…

–Hay algo que no les he dicho aún– dijo Diana. –Y que prefiero decírselo a ustedes, porque no confío del todo en Fisherman o en los deucratianos. Y ahora que estamos nosotros, prefiero decírselos. Sólo por si me ocurre alguna cosa allá arriba.

–Dínos que cosa es.

–Cuando Edmundo intentó cambiar los criolíquenes y fracasó… Yo lo hice después, y nadie se dio cuenta, porque estaban todos demasiado emocionados con la idea de que iban a ejecutar a Edmundo. Iluvia, la primera– dijo Diana, y lo dijo con intención, para darle un golpe bajo a Edmundo. –Los cinco líderes que recibieron los criolíquenes, en realidad recibieron un placebo. Si se les suspende la medicación contra los criolíquenes, no les pasará absolutamente nada.

–¡Podrías haberlo dicho antes, maldición!– estalló Edmundo. –¿Te das cuenta que de haberlo sabido, hubiéramos podido organizar una rebelión allá?

–¡Diana tiene razón, Edmundo!– saltó Wolfgang Spengler. –¿Y qué hubiéramos sacado? En primer lugar, ninguno de esos cinco se hubiera arriesgado a suspender la medicación que les proporciona Iluvia, para averiguar si de verdad se iban a morir o no si dejaban de protegerse contra los criolíquenes. En segundo lugar, unir a los cinco en una sola rebelión contra Iluvia… Ya te diste cuenta de que cada uno de los Seis Reinos se puso a obrar por su cuenta, y en ningún minuto hicieron causa común contra el enemigo… común, también, perdonen la redundancia. Y en tercer lugar, aunque lo hubiéramos logrado, y eso estaba difícil con las tropas de Iluvia patrullando… Kriegsweltz IV habría enviado un nuevo y superior ataque, y con los Seis Reinos exhaustos por todas estas guerras, ahora sí que habrían caído en definitiva, y ahora sí que habrían sido inoculados con criolíquenes de verdad. No, Edmundo, el mejor plan sigue siendo traer las armas del Proyecto Polaris al Planeta Interior, y utilizarlas para atacar a Kriegsweltz IV.

Un rato después, mientras el trío se aprestaba para partir, Edmundo se acercó a Diana.

–Diana… yo… te debo una disculpa. Yo no quise…

–No es nada, Edmundo– dijo Diana. –Somos soldados, estamos en el mismo equipo…

–Diana, sabes que para mí no eres sólo un soldado.

–Edmundo, déjalo así. Tú y yo no estábamos juntos en la guerrilla porque nos amáramos. Estábamos juntos porque somos los extranjeros acá abajo en el Planeta Interior, y… Nunca podremos estar tranquilos, nunca podremos estar en paz con nosotros mismos. Para bien o para mal, estamos metidos hasta el cuello en esta guerra, si cedemos nunca Kriegsweltz IV nos dejará en paz… Pero estoy cansada. Estoy cansada de todo. Sigo adelante porque debo hacerlo, pero apenas pueda, me salgo. Esta es tu cruzada, Edmundo.

–¡Pero Kriegsweltz IV arrasó con la superficie terrestre! ¡El es peor que Hitler, que Genghis Khan, que… no sé qué otro…!

–¡Y eso qué!

–¿Qué? ¡Cómo que “y eso qué”…!

–¡Y eso qué, Edmundo!– dijo Diana. –Eran nuestros amigos, nuestros parientes, nuestra vida, pero eso era el pasado. Es como cuando éramos niños, que nos gustaba jugar, no sé, con autitos o con muñecas, y de pronto crecemos y ya queremos otras cosas. Aferrarse a lo que fuimos en el exterior, en la superficie, a una venganza… Nada de eso tiene sentido, Edmundo, ¿no lo ves? La vida prosigue, y nosotros con ella. A veces es tiempo de dejar cosas atrás, es tiempo de abandonar. Terminemos con esto, y después retirémosnos, Edmundo. Después de salvar a los Seis Reinos, nada más tenemos que hacer.

–No puedo creer que le perdones a ese desgraciado que…

–No le estoy perdonando nada, Edmundo. Pero por otra parte… ¿te importan los judíos que mató Hitler? Quiero decir, directamente. ¿Conociste a alguno, eran buenos tipos, eran puros e inocentes? A ver, mencionaste a quién más… A Genghis Khan. Bueno, el tipo arrasó media Asia en la Edad Media, ¿conociste a algún chino que él haya matado, a, no sé, algún persa, árabe, hindú, tibetano, a quien sea que haya matado? ¿Te cambia eso a ti, te da o te quita algo de tu persona, de tu… personalidad…?

Edmundo se quedó en silencio.

–A eso me refiero, Edmundo. Esto no significa perdonar. No significa que no sea culpable. Pero hay una muy buena razón por la cual la Historia es escrita por los vencedores. Es porque vencieron, Edmundo. Kriegsweltz IV es el más grande asesino de todos los tiempos, es como veinte o, no sé, cien Hitlers puestos unos detrás de otros, pero y qué. Venció. Se salió con la suya. Nadie nunca lo va a llevar a un tribunal para juzgarlo por crímenes de guerra o algo así. Esas cosas ni siquiera existen acá en el Planeta Interior, Edmundo. Si sigues viviendo con eso en tu interior, lo único que conseguirás es consumirte tú. Y yo no quiero verte consumido por eso.

–Si eso es lo que quieres, Diana… Entonces está bien. Retirémosnos. Vámonos. Dejémoslo todo atrás. Escapémosnos de Retum, y tratemos de hacer algo, de empezar en otra parte.

–Edmundo… Tú y yo juntos, no. Yo quiero dejar atrás. Quiero olvidar. Incluso a ti. Me dolió mucho cuando pensé que habías muerto, pero… Habías muerto. Y contigo se había muerto todo por lo que luché en este tiempo.

Edmundo se quedó perplejo. Y luego, sin saber qué más decir, simplemente dijo:

–Te amo, Diana.

Los ojos de Diana se nublaron, y ella a continuación añadió con triste suavidad:

–Yo no, Edmundo.

Wolfgang Spengler se encargó personalmente de revisar los trajes antirradiación que se les proporcionaron. Eran algo viejos y gastados, pero servirían perfectamente. Por otra parte, era dudoso que Oslaus Ruf no dejara de castigar severamente a sus técnicos si el grupo expedicionario fallecía en el exterior, víctima de las radiaciones.

En cuanto a la salida hacia el mundo exterior, sería algo más complicada. Oslaus Ruf, hombre previsor, había intuido que exterminada la población humana sobre la superficie terrestre, las potencias del Planeta Interior que consiguieran extenderse hacia arriba encontrarían un territorio virgen y lleno de recursos que explotar. Era una desgracia que la cascada que alimentaba a Arkangis se hubiera tornado radiactiva por el contacto de sus aguas con la superficie, y aunque había gastado enormes sumas de dinero en limpiar las aguas, los resultados habían sido mediocres. En respuesta, los casos de cáncer en Retum habían aumentado espectacularmente. Pero por otra parte, midiendo los niveles de radiactividad de las aguas, habían llegado a la conclusión de que ésta había descendido lo suficiente como para que un ser humano aguantara largas temporadas con un traje antirradiación ligero. De esta manera, había enviado exploradores hacia la superficie. E incluso, en lo más hondo de una gruta en que la cascada se enterraba bajo la corteza, había construido un búnker, con miras a ampliarlo y transformarlo en una futura base de exploración y ocupación militar. Como la mayor parte de las potencias del Planeta Interior, constreñidas por las cavernas y túneles del mismo, Retum no dominaba la tecnología aeroespacial, pero explorando los alrededores, habían dado con un aeródromo en la superficie, en el cual un jet privado había podido ser refaccionado y arreglado, para corregir el deterioro de varios años de exposición al clima.

De esta manera, el grupo conformado por Edmundo, Diana y Wolfgang Spengler abordó un pequeño aerostato para elevarse hasta el techo de la caverna, y de ahí pasar al sendero que a través de la cascada, conduciría al búnker. Sería la primera vez que los tres verían la superficie terrestre, desde que habían sido sepultados en el Planeta Interior por obra del dantesco ataque de Kriegsweltz IV…

Próximo capítulo: “Nuevo mundo”.

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