lunes 21 de diciembre de 2009

Capítulo 3-10 - "Trataron de conspirar contra el Natchinai Zar".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo lleva a un grupo hasta Retum, y le ofrece la idea de alcanzar el Proyecto Polaris al Natchinai Zar, y mientras esperan respuesta, son alojados en el exterior de la muralla de Arkangis. Sin embargo, Kertamma arregla las cosas para que el grupo parezca culpable de asesinar a dos guardias. Edmundo y Diana, buscando infiltrarse en el palacio para dar con Kertamma, quedan atrapados en el ducto que lleva agua hasta la acrópolis, imposibilitados de avanzar por una rejilla atornillada, y a punto de ser rebalsados y ahogados por el agua que viene desde atrás

“Trataron de conspirar contra el Natchinai Zar”.

Edmundo miró hacia el exterior una última vez, en parte para no ver la mirada de Diana, y en parte por una fútil esperanza de que alguien apareciera, aunque a sabiendas de que quien llegara, no tendría tiempo de desatornillar nada. Y al apoyarse contra la rejilla, la sintió vacilar. Apenas un poco, pero quizás… En segundos, revisó sus bordes. Estaban oxidados.

–¡Diana!– gritó. –¡Suéltate!

–¿Qué?

–¡Haz caso, suéltate!

Sin cuestionarse nada, prisionera de una situación más allá de su control, Diana hizo caso. Resbaló un par de centímetros y el agua la tomó con violencia. Edmundo hizo lo propio. La fuerza del agua los convirtió en verdaderos proyectiles humanos, e impulsados con violencia contra la rejilla, ésta cedió. Diana y Edmundo fueron empujados fuera del ducto, cayendo aparatosamente en la pileta del otro lado. Se dieron un buen golpe contra el fondo de la misma, pero al menos estaban vivos. Ascendieron, boquearon para respirar, y se arrastraron hacia el exterior, jadeando, apoyándose en la barandilla para subir al corredor.

–Es increíble– dijo Edmundo. –Se supone que esa rejilla estaba para atajar basura, pero apenas aparece basura, simplemente se rompe.

–Entre los dos pesamos unos 140 kilos, Edmundo. Si la rejilla estaba oxidada…– dijo Diana, aún jadeando por la impresión. –En todo caso, la mantención de la maquinaria no parece ser el fuerte de Retum. Espero que si alguna vez nos prestan vehículos y trajes contra la radiación, estén en mejores condiciones que esto.

Luego de un incómodo silencio, Edmundo repuso:

–En cualquier caso nos hemos ganado nuestro descanso.

Edmundo estaba tirado en el suelo, con una cadera molestándole por el golpe contra el fondo de la pileta, y boqueando, más por el nerviosismo de haber salido con vida del lance, que por haber permanecido demasiado tiempo sin aire.

–Edmundo, gritaste pidiendo ayuda. ¿Y si alguien escuchó y están viniendo?

–Ya habrían venido.

–A lo mejor sólo hay personal para mantener el ducto limpio. Quizás están pidiendo ayuda a los guardias porque no se supone que nadie grite pidiendo auxilio acá abajo, y quizás esos guardias están viniendo. Vámonos de aquí.

Parándose como mejor pudieron, Diana y Edmundo empezaron a correr. Efectivamente, algo más allá había unas barras de concreto, que podían utilizarse para subir por unos conductos verticales, para salir quién sabe por donde.

–Espero que allá arriba no sea demasiado concurrido.

Salieron. Y se encontraron en mitad de una plaza. La misma estaba desierta, de manera que no tuvieron problemas de ser vistos o no.

–Esto no me gusta– dijo Edmundo. –Debería haber gente en la plaza, aunque sean dos o tres personas. Me pregunto si habrán decretado ley marcial.

–Por dos guardias atacados en las afueras, y por algunos de los responsables siendo fugitivos o desaparecidos, no me extrañaría– dijo Diana.

Edmundo se quebró la cabeza pensando en cómo se las arreglarían ahora para encontrar a Kertamma. Si Oslaus Ruf lo había elevado a la categoría de uno de los notables de Retum, probablemente estuviera en el Palacio mismo. Sin embargo, una cosa era infiltrarse a la acrópolis, y otra en el Palacio. Por lo pronto, seguro que los ductos y cañerías serían más estrechos, y no se les facilitaría así la labor.

–Diana, esto tendrás que hacerlo tú. Estuviste en el Palacio Real de Kriegsburg durante un año. En comparación, esto deberá ser un juego de niños para ti.

–Gracias por la confianza, pero no sé cómo…– dijo Diana.

–¡Ingéniatelas!– restelló Edmundo. –¡Tú deberías saber cómo!

–¡Edmundo…!– soltó Diana, y lo quedó mirando de hito en hito.

Edmundo respiró hondo. ¿Qué estaba pasando con él? En general se le ocurrían alternativas y planes. Ahora, no se le ocurría absolutamente nada.

–¿Dónde te vas a esconder, mientras tanto?– preguntó Diana.

–Estaré diez minutos en una esquina del Palacio, diez en otra, diez en la tercera, diez en la siguiente, diez en la primera de nuevo, y así hasta que me des la señal para ingresar por alguna parte. Tendrás que preparar mi entrada– dijo Edmundo.

–Bien– dijo Diana.

Diana empezó a inspeccionar las varias partes del Palacio, acompañada por Edmundo.

–Creo que puedo hacerme pasar por una esclava. Pero necesito una distracción para que nadie me mire demasiado– dijo Diana.

Pasó un rato, hasta que de pronto, las puertas de la pared principal de la muralla de la acrópolis se abrieron. Ingresó una amplia comitiva. Edmundo y Diana se acercaron, y algunas gentes se atrevieron a salir tímidamente a las ventanas.

–¡También los capturaron!– dijo Edmundo amargamente, cuando contempló no sólo a Wolfgang Spengler, a Hebión y a Calibos, sino también a todo el resto.

–Me pregunto si habrán adivinado cómo nos infiltramos– dijo Diana. –Si supondrán que hemos conseguido ingresar a la acrópolis.

–Ahí tenemos una distracción, Diana– dijo Edmundo con amargura. –Vamos.

En realidad, ni siquiera hizo falta que Edmundo se hiciera preparar la entrada por Diana. Estando ambos sucios y andrajosos por el viaje desde Deucratis, y luego por el remojón en el ducto, hacerse pasar por esclavos del servicio inferior no les fue excesivamente difícil, en particular considerando que todos estaban listos para ver la procesión con los capturados.

Inmediatamente antes de ingresar, Diana le hizo una seña disimulada a Edmundo.

–¿Es ése?– preguntó.

Edmundo miró hacia el balcón que le señalaba Diana. Efectivamente, allí estaba Kertamma, de pie, contemplando el desfile. Incluso podría decir que había una semisonrisa de satisfacción en su rostro.

–Ese hijo de mala perra– dijo Edmundo. –Ya sabemos dónde buscarlo.

Una vez dentro del Palacio, Edmundo y Diana se movieron con agilidad hacia el balcón en cuestión, sin hacerse notar demasiado. Un mayordomo les miró y les reprendió por sus ropas, y ellos se limitaron a bajar la cabeza y hacer enormes y nerviosos gestos de humildad; aplacado, el mayordomo siguió caminando, cerrando casi por completo los ojos, y levantando el mentón con gesto arrogante.

–Me pregunto cómo demonios se las habrá compuesto Kertamma para hacerse notar aquí en Retum. Después de todo, llegó derrotado, traicionado y sin ejército, a una corte casi impenetrable debido al autoritarismo del Natchinai Zar– dijo Edmundo.

–Creo tener una idea– dijo Diana. –¿Qué puede darle Kertamma al Natchinai Zar, que nadie más podría…?

–¿Aparte de los conocimientos para afrontar al ejército de Lin, sus puntos débiles…?

–Y qué gana Kertamma con eso. Se acabaría su utilidad, y el Natchinai Zar podría echarlo a patadas. Y si no lo hiciera, ya se encargarían los otros notables de arreglárselas para hacerlo caer en desgracia.

De pronto, Edmundo recordó la conversación que Iluvia alguna vez había sostenido con su padre, el poderoso Kriegsweltz IV: el plan de Kertamma para sublevarse contra el rey de Lin, Amrabel II, y entronizarse en su lugar, quizás con un matrimonio concertado con Iluvia para acceder, con el tiempo, también al trono de Freilande.

–¡Por supuesto!– dijo Edmundo. –Oslaus Ruf no es tan tonto, después de todo. Sabe que no conseguirá sino una victoria pírrica sobre Lin, en el mejor de los casos. Y si vence, ya vendrá un nuevo ejército desde Freilande, y estará demasiado exhausto, así como el resto de los Seis Reinos, para resistirse. Pero si tiene a Kertamma… puede tomar los restos del ejército de Lin, y preparar una expedición militar que derroque a Amrabel II, e instale a Kertamma en el trono de Lin. ¡Tendría atenazado al mismísimo Kriegsweltz IV, y Kertamma se conoce todos los entresijos del ejército de Lin, así es que no tendría ningún problema para hacerse obedecer!

De pronto, pasó un par de criadas conversando. Diana se acercó a ellas, y fingiendo un tono cascado de voz para disimular que estaba hablando el idioma de Retum con un fuerte acento extranjero, preguntó:

–¿Qué pasa allá afuera, que hay tanta gente?

–¡Son prisioneros! Trataban de conspirar contra el Natchinai Zar. Unos guardias lo descubrieron, y ellos los mataron. Aún quedan dos que se escaparon, cuando los capturen, los van a juzgar a todos.

–Quizás los torturen un poco para que confiesen, antes del juicio– dijo la otra criada, claramente más anciana, relamiéndose claramente en su malevolencia a través de la voz.

Diana asintió, y retrocedió con respeto. Las criadas, satisfechas de recibir un poco de respeto por una vez en la vida, aunque sea por parte de alguien más miserable que ellas mismas, no se fijaron demasiado en quien les acababa de preguntar.

–Postergarán el juicio hasta que nos capturen– le dijo Diana a Edmundo. –Nuestros compañeros están a salvo por el minuto.

–De ser condenados o ejecutados, no de ser torturados– dijo Edmundo. –¡Vamos a por Kertamma!

Avanzaron hacia la habitación respectiva. Trataron de tantear la cerradura. Estaba sin llave.

–Estamos de suerte. Kertamma debe estar adentro– dijo Edmundo.

Abrió la puerta con sigilo. Ingresó, y Diana tras él. En el balcón estaba todavía Kertamma. En el interior había un hombre, sentado y atendiendo algo de papeleo. Edmundo se acercó lentamente a la chimenea. Le vieron, pero ya era demasiado tarde: Edmundo se había hecho con un atizador, y se acercó a la otra salita con el mismo, golpeando levemente la palma de su mano libre con éste.

–Grita o pide auxilio, Kertamma, y te puedes dar por muerto– dijo Edmundo, paso a paso, mientras Diana, por su parte, tomaba una silla, lista para descargarla.

–No saldrás vivo de aquí. Ni tus amigos– dijo Kertamma con calma desde el balcón.

–Ni tú– dijo Edmundo. –Y no viniste tan lejos ni te hiciste tan grato al Natchinai Zar para querer morirte ahora.

El hombre que atendía el papeleo se levantó, y trató de llevar la mano con disimulo a un cajón. Adivinando el movimiento, Edmundo se precipitó hacia él y le puso el atizador por delante, amenazando con atravesar al hombre de parte a parte. Kertamma trató de ingresar, pero Diana se interpuso, siempre amenazando con la silla; Kertamma prefirió quedarse quieto, en el umbral del balcón. El hombre en la silla se quedó quieto, y se terminó de incorporar. Un fugaz vistazo a sus piernas le reveló a Edmundo lo que suponía: la suela derecha estaba más gastada que la izquierda. El era el hombre que había matado a los dos guardias. Entregarlo al Natchinai Zar para que lo torturara y le arrancara la verdad con tormento sería en verdad algo muy delicioso.

–Bien, Edmundo. Y ahora qué– dijo Kertamma. –¿Me vas a matar acá? Dile adios a tus intenciones de alcanzar armas de la superficie terrestre, porque Retum se convertirá en una trampa mortal para ti, demasiado grande para que puedas escapar hasta su frontera. Me temo que estás en una situación imposible.

–No– dijo Edmundo. –Me llevaré a tu hombre, mientras te mantendré retenido. Puedo aguantar que me sometan a tortura porque soy inocente y no confesaré nada. ¿Puede tu hombre decir lo mismo?

El hombre palideció. Kertamma lo miró con discipliscencia.

–Podemos probar a ver qué pasa– dijo finalmente Kertamma, y sin perder la sangre fría, con los ojos fríos como los de un tiburón, gritó hacia el exterior: –¡Guardias! ¡Guardias! ¡Edmundo está en mi habitación!

El hombre de Kertamma, adivinando lo que se produciría, retrocedió violentamente, esquivando el ataque que Edmundo previsiblemente lanzaría y lanzó en su contra, y se hizo con una plumafuente: era un arma miserable para luchar contra un atizador, pero algo podría hacer con ello. Edmundo siguió atacando, sin querer darle tregua, adivinando lo que Kertamma había hecho: había puesto a su propio hombre en una situación tal, que le obligaba a defenderse para no terminar torturado ni confesando el asesinato de los centinelas. Si el hombre era muerto por Edmundo, todo acababa allí. Y si Edmundo moría, Diana moriría a continuación, y todo estaría arreglado. Kertamma lo había jugado bien.

–¡Atácalo, bellaco!– gritó Kertamma, siempre detenido por la silla de Diana. –¡Edmundo no puede matarte, te necesita vivo para comprobar su inocencia!

Diana vacilaba sobre si atacar o no a Kertamma, pero él parecía querer azuzar la pelea. Y los guardias llegarían en cualquier minuto.

El hombre atacó con todo. Edmundo utilizó el atizador sólo para defenderse, pero moviéndose con agilidad, consiguió hacer saltar la plumafuente. Luego, utilizando el atizador como garrote, trató de golpearlo. Pero el hombre consiguió tomar el atizador y lo aferró con fuerza. Luego, mirando a Kertamma, con desesperación en la mirada, gritó:

–¡Por Lin!

Y, con todas sus fuerzas, apretó los brazos de manera que su cuerpo se fue a clavar directamente en el atizador, con el corazón atravesado. Edmundo quedó paralogizado.

Los guardias ingresaron a la habitación, y descubrieron a Edmundo todavía sosteniendo el atizador, en cuya otra punta colgaba el cadáver fláccido del hombre de Kertamma.

Próximo capítulo: “En las manos de Oslaus Ruf”.

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