lunes 14 de diciembre de 2009

Capítulo 3-09 - "Emboscados en Arkangis".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Siguiendo un plan de Wolfgang Spengler, Edmundo lleva a un grupo de rebeldes contra Kriegsweltz IV a Retum, para con su ayuda, alcanzar la superficie terrestre y apoderarse de armas pertenecientes al Proyecto Polaris. Pero una vez llegados a Retum, Edmundo hace un desagrable descubrimiento: el General Kertamma no sólo ha sobrevivido a un ataque previo en su contra, sino que ha conseguido obtener el favor del Natchinai Zar de Retum. Apenas Edmundo y los suyos se retiran, Kertamma pone a uno de sus hombres a seguirlo

“Emboscados en Arkangis”

Edmundo y su grupo fueron incluso sacados de la acrópolis de Arkangis, y fueron llevados más allá del muro. El cambio desde la acrópolis de construcciones espaciosas y bien mantenidas, hasta las laderas exteriores con infectas casuchas de madera, con mugre y suciedad en las calles, y con gente macilenta y desarrapada en los umbrales de sus casas agujereadas por el moho y las termitas, fue simplemente brutal. Edmundo alcanzó a advertir que había algunos montículos semicilíndricos por las calles: se le informó que eran tuberías, transportando aguas desde el cuenco en un costado de Arkangis hasta la acrópolis a través de un potente sistema de bombas, que era alimentado por la energía de la cascada, transformada en electricidad. Cada ciertos trechos, los montículos de tierra daban paso a unas cámaras en las cuales habían llaves de agua incrustadas. Cada una de esas cámaras estaba vigilada por dos guardias: incluso el agua estaba racionada en Arkangis.

Finalmente, arribaron hasta la casucha que se les había asignado como residencia, mientras se resolviera su petición ante el Natchinai Zar. No había muebles, salvo una hamaca, pero sí un abundante montón de paja, en donde seguramente se esperaba que durmieran: un examen no demasiado acucioso reveló de inmediato que la paja estaba llena de bichos parecidos a gorgojos, de manera que quizás no fuera demasiado saludable utilizarla. El suelo, por su parte, era de tablas, pero el aire se colaba por sus ranuras. No era raro que los habitantes de la parte exterior de Arkangis lucieran con tan mala salud: seguramente las enfermedades debían cebarse como el ganado en pasto fértil sobre éstos.

–Rats– masculló Fisherman en su inglés nativo, mirando por la ventana hacia el exterior. En la puerta de la choza habían quedado dos centinelas custodiando el lugar. No había otra salida. En caso de incendio, podían darse por muertos.

–¿Rdijsavij…?– le preguntó Edmundo a Wolfgang Spengler, en castellano.

Wolfgang Spengler negó con la cabeza. Antes de llegar hasta el primer control, en donde Kertratis se había encontrado con Irgorig, habían dejado suelto a Rdijsavij, para que siguiera a la expedición desde lejos. Varias veces el reveda les había salvado el pescuezo escondiéndose y pasando por entresijos que serían imposibles para un humano, y les había librado en horas críticas. Por lo que le habían ordenado ir hasta Arkangis por su propia cuenta, e infiltrarse. Como de costumbre, Rdijsavij había soltado un seco “¡Rij!”, y se había puesto manos a la obra. Desde ese entonces, no se había comunicado.

Pasadas algunas horas, el hombre que había sido enviado por Kertamma se acercó a la choza, por la parte trasera de la misma. Arrojándose a tierra para no ser visto a través de las ranuras en la madera, sacó su cuchillo y se arrastró sobre el vientre como una culebra. Apenas dobló la esquina de la casa y tuvo a los dos centinelas a tiro, corrió hacia ellos, enarbolando el cuchillo directo hacia sus cuellos.

Al sentir el ruido en el exterior, Edmundo y sus hombres se levantaron como impulsados por un resorte, y acudieron al exterior.

Los cuerpos de los dos centinelas estaban en el suelo, con la sangre manando abundantemente desde sus cuellos rajados. No habían ni rastros de quién lo había hecho.

–¡Pero, qué…!– soltó Diana.

–¡Fue Kertamma, seguro que sí!– dijo Edmundo, pálido y con los dientes muy apretados. –Si intentaba atentar contra nosotros, investigarían quién lo hizo. Pero con los centinelas muertos, no investigarán quién fue… Dirán que fuimos nosotros.

De inmediato, Edmundo se lanzó al suelo, buscando huellas. Después de haber pasado un buen tiempo como guerrillero, no le fue difícil rastrearlas.

–¡Vamos!

–¡Edmundo, si nos fugamos, lo arruinaremos todo!– dijo Wolfgang Spengler. –¡Pareceremos culpables, y ya nunca podremos limpiar nuestro nombre!

–¡Pero no tenemos opción!– dijo Edmundo. –¡Nos capturarán, quizás traerán testigos falsos…! Esta gente es paupérrima, más de alguno nos vendería sin problemas por una hogaza de pan. Si no atrapamos a Kertamma, es el final para todos nosotros.

–¡Yo no me iré sin pelear!– gritó Fisherman, y de inmediato sacó su arma. Gibson hizo lo propio, y lo secundaron los otros dos marines que estaban con ellos.

–¡No seas loco!– soltó Hebión. –¡Te matarán!

–¿Morir luchando contra Retum? ¡A mí me parece bien!– soltó Feris con salvajismo.

–¡Hay maneras más prudentes de matarnos!– dijo Calibos.

Edmundo, entre tanto, pensaba febrilmente. Ya había ruidos más allá que indicaban la proximidad de los guardias.

–Nos vamos de aquí. Nos vamos tras el asesino.

–Edmundo, yo me quedo– dijo Wolfgang Spengler.

–¡No, Wolfgang, si te quedas…!

–¡Edmundo, alguien tiene que quedarse para que no parezcamos todos culpables!

–¡En Retum no existe la justicia! ¡Sus juicios son una humorada! Ya tienen decidida la sentencia antes de que siquiera el juez se siente al juicio– dijo Feris.

–Muy bien. Todos ustedes vienen conmigo. Wolfgang… Si te quieres quedar, está bien. Entiendo tu razonamiento. Y no te podré convencer de lo contrario. Wolfgang… Gracias por tu sacrificio.

–Confío en ti, Edmundo. Sácanos de ésta de alguna manera.

–Lo haré– dijo Edmundo.

–Yo me quedo con Wolfgang– dijo Hebión. –Calibos, te quedas conmigo.

Calibos palideció, y apenas consiguió encontrar espíritu para responder:

–Sí, señor.

–¡Fisherman, Gibson, Jackson, Combs, Diana, Feris, Kertratis, ustedes conmigo!

Edmundo se lanzó rápidamente tras la señal. El asesino era un profesional: se las había compuesto para dejar las menores huellas posibles. Pero Edmundo calculaba que no había tenido tiempo de borrarlas, porque de hacerlo, eso se vería muy sospechoso. Y no se había equivocado: el rastro aún se podía reconocer. El asesino tenía la pierna derecha un poquito más larga que la pierna izquierda, o al menos eso daba a entender que estuvieran más marcadas las huellas del pie derecho que las huellas del pie izquierdo.

De pronto, alcanzaron una de las cámaras en las cuales los habitantes de Arkangis buscaban agua. Alrededor de la cámara había bastante agua derramada, formando una poza. Edmundo se alegró porque las huellas serían más visibles en el barro, pero entonces descubrió que éstas atravesaban la poza. Y habían demasiadas huellas para buscar cuál de todas ellas era la que debía rastrear, en primer lugar porque la tarea tomaría tiempo, en segundo lugar porque el asesino podría haber aprovechado para borrarlas, y en tercera porque los guardias no les dejarían inspeccionar el suelo en busca de huellas sin empezar a sospechar de ellos.

–Se acabó, ¿verdad?– preguntó Fisherman.

–No– dijo Diana. –Podemos interrogar a los guardias.

–¿Interrogar a los guardias? ¡No dirán nada! ¡A lo mejor no saben nada!– dijo Fisherman.

–No– dijo Edmundo. –Diana tiene razón, ellos saben algo. El agua está racionada acá en Arkangis. No la dejarían correr de la cámara hasta formar una poza como ésa sin un buen motivo. Esto fue preparado a propósito para despistarnos. Kertamma sabe que fuimos guerrilleros y que usaremos tácticas de guerrillero para perseguirlo, así es que previó este escenario. Los guardias están cubriéndole la pista al asesino. Si no saben quién es, por lo menos pueden reconocerlo.

–Si los atacamos, estaremos cruzando una frontera, Edmundo– dijo Hebión. –Hasta el minuto estamos tratando de probar nuestra inocencia, pero si los atacamos, seremos responsables por esto. Y si no conseguimos que hablen, no podremos probar nuestra inocencia. Todo nuestro plan se vendrá abajo.

–Hay una alternativa– dijo Fisherman. –Eres un guerrillero. Podrías tratar a ir directamente contra Kertamma, a ver qué sacas en limpio.

–No entiendo– dijo Edmundo, adivinando que había algo más que Fisherman quería decir con mucho tacto.

–Feris tiene muchas ganas de habérselas con un guardia de Retum. Y francamente no lo culpo, también yo quiero hacer lo mismo. Te regalaremos tiempo, Edmundo. Y en cualquier caso, tú no sabías de nuestras acciones.

–Eso no servirá de nada. Si lo atrapan, lo colgarán igual– dijo Feris. –Ya habrán decidido que todos nosotros somos enemigos de Retum.

Edmundo lo pensó unos instantes.

–Lo haremos a tu manera, Fisherman. Pero… Kertratis, tú quedas a cargo. Fisherman, segundo al mando. Diana y yo trataremos de infiltrarnos en la acrópolis.

–Edmundo, quizás…– vaciló Diana.

–Eres una soldado, Diana. Obedece.

Diana miró a Edmundo con rabia en la mirada, pero se apretó los labios y no dijo nada.

–Tienes madera, Edmundo. Hubieras sido un buen soldado– dijo Fisherman.

–Si hubiéramos unido fuerzas desde el comienzo, nada de esto hubiera pasado– dijo Edmundo. –Bien, si toda esta locura resulta de alguna manera, tenemos las bases para aplastar a Kriegsweltz IV.

–Sin embargo, ¿cómo pasaremos la muralla sin atacar a ningún centinela en su puesto de guardia, Edmundo?– preguntó Diana.

–Esperaremos– dijo Edmundo. –Hebión, haz lo tuyo.

Exceptuando a Edmundo y Diana, el grupo se lanzó contra los dos guardias que custodiaban la cámara. Los dos guardias, muy bien entrenados, reaccionaron con rapidez y dispararon. Uno de los tiros llegó contra Combs, que quedó tirado cuan largo era en el suelo. Pero el resto consiguió lo suyo. Y se llevaron a los dos guardias bien inmovilizados y amordazados, así como al cuerpo de Combs, hasta alguna de las casuchas: no sería demasiado difícil intimidar a esas pobres gentes para que aceptaran refugiarlos.

Edmundo se dirigió entonces a la cámara, y comenzó a abrirla. Diana lo ayudó. Apenas estuvo abierta, el declive de la misma hizo que el agua que ascendía hasta la cámara se volcara en el exterior, mientras que la sección superior de la tubería, la que iba hasta la acrópolis, quedara en seco.

Ambos se infiltraron entonces en la misma, empezando el ascenso, difícil debido a la humedad de las paredes de la misma. Sin embargo, merced a su intenso entrenamiento físico, sumado a la desesperación del momento, lograron avanzar rápidamente. De esta manera, luego de un buen trecho en el cual el aire comenzó a faltarles, llegaron hasta una luz en el final. Lo que era una buena noticia: tenían más aire que podían respirar.

–Hay una rejilla– dijo Edmundo a Diana, quien venía un poco más atrás. –Seguramente sirve para filtrar impurezas. Habrá que derribarla.

Edmundo trató de examinar la manera de desmontarla, pero descubrió que estaba atornillada por el otro lado. Y no tenía cómo pasar una mano por la rejilla, para probar si podía zafar algún tornillo.

–¿Estamos atrapados?– preguntó Diana.

Edmundo no quiso contestar, mintiéndose a sí mismo para convencerse de que Diana no se daría cuenta. Miró hacia el exterior. Más allá de la rejilla había una gran cámara. A ambos lados de la misma habían sendos corredores con barandas, que seguramente tenían accesos al exterior. Si tan solo pudieran pasar la rejilla…

–¿Edmundo? ¡Escucho algo…!– dijo Diana.

Edmundo aguzó el oído. No era el rumor del agua. Era otra cosa: ruidos secos, voces humanas en la lejanía… Y de pronto, adivinó. Con impotencia, advirtió que los habitantes de Arkangis, al descubrir abierta la cámara y sin guardias, se habían lanzado a beber y acaparar toda el agua que pudieran. Y los guardias, naturalmente, al descubrir aquello, habrían dispersado a la multitud por los brutales métodos que eran propios del militarizado gobierno de Retum: con disparos. Edmundo no necesitaba verlo para poder figurárselo, y era la única explicación para los ruidos secos (disparos, seguramente) y gritos que se escuchaban.

Y de pronto, un pequeño retumbar.

–¡Edmundo, cerraron la cámara!– soltó Diana con angustia.

Edmundo palideció. Aquello significaba que el agua pronto subiría. Los inundaría, los rebalsaría, y la rejilla los mantendría atajados. Se ahogarían sin remedio.

–¡Edmundo, el agua está subiendo!

¿Cómo demonios habían acabado en ese predicamento? ¡Estaban simplemente persiguiendo a un asesino, y ahora estaban atrapados en una tubería, imposibilitados de retroceder por el agua subiendo, y de avanzar por la rejilla atornillada contra la pared! Sólo quedaba una posible salida. Aunque era cambiar el morir ahogados por ser capturados y caer prisioneros.

–¡Auxilio!– voceó Edmundo con todos sus pulmones. –¡Auxilio, sáquennos de aquí!

El eco de su propia voz, “auxilio-auxilio-auxilio-aux…-aux…-aux…”, sumado al silencio siguiente, le dijo que nadie vendría a rescatarlos. O al menos, nadie llegaría a tiempo para quitar los tornillos y sacar la rejilla. Ahora, el rumor del agua subiendo era bien audible. Se había acabado. Perecerían ahogados. Edmundo miró a Diana, debajo suyo, y se maldijo por haberla traído hasta esa segura muerte por ahogamiento.

–Lo siento, Diana. Lo siento mucho– dijo, y sintió que las lágrimas saltaban hacia sus ojos.

Próximo capítulo: “Trataron de conspirar contra el Natchinai Zar”.

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