Capítulo 3-08 - "Ante el Natchinai Zar".
ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo se reúne nuevamente con Diana y Wolfgang Spengler, y asistido por Rdijsavji, Fisherman, y un grupo de soldados de Deucratis, emprende el viaje a Retum para obtener el apoyo del único poder independiente que sobrevive de los Seis Reinos. Sin embargo, la reunión de Edmundo con Diana no ha sido pacífica, ya que la relación entre ambos se ha quebrado…
El grupo avanzó por los caminos de Retum. Podían haber tratado de eludir los controles saliéndose de los caminos principales, pero Edmundo había juzgado preferible hacer demostración de buenas intenciones, no apareciendo escondiéndose como forajidos en la mismísima ciudad de Arkangis, la capital de Retum. De manera que en el primer control que encontraron, fueron detenidos.
–De manera que vienen a entrevistarse con el mismísimo Natchinai Zar– dijo el encargado del control. –¡Y cómo sabemos que no son asesinos a sueldo enviados desde Deucratis! Ya nos enteramos de lo que pasó allá con la Reina Senosia…
De pronto, luego de un instante de indecisión, Kertratis se abrió las ropas. En previsión de que sacara un arma, los guardias apuntaron las suyas propias. Pero Kertratis reveló una fea cicatriz en el pecho.
–¿La recuerdas, Irgorig?– preguntó Kertratis.
–¿Cómo sabes que me llamo Irg…?– empezó el aludido, pero se interrumpió al observar detenidamente el rostro de la persona enfrente suyo. –Mmmmmm… Kertratis, ¿cierto?
–Kertratis, sí– confirmó éste.
Irgorig dio dos o tres pasos, llevando las manos a la espalda sin soltar su arma, y moviéndola con nerviosismo mientras pensaba. Luego, de la manera seca que es propia de los militares, se dio la media vuelta y encaró a Kertratis.
–Muy bien, explícame tú entonces de qué se trata esto. Para qué diablos quieren ver al Natchinai Zar.
–Tenemos una opción para destruir a las tropas invasoras contra los Seis Reinos. Pero para eso, necesitamos la ayuda de Retum.
–¡Una opción!– dijo Irgorig. –La única opción es que nosotros les demos batalla, y los aplastemos. Y créeme, Kertratis, los aplastaremos– añadió, aunque por su nerviosismo, podía intuirse que no tenía plena confianza en sus propias palabras.
–Eres un buen patriota, Irgorig– dijo Kertratis. –¿No deberías tomar cualquier oportunidad que le permitiera la victoria a tu país?
–¡No me digas cómo hacer mi trabajo!– restelló Irgorig. Kertratis se mantuvo sereno. Irgorig le miró con expresión furibunda un instante, y luego de resoplar un par de veces, le gritó a otro subordinado: –¡Kirev! ¡Llévate a dos hombres contigo, y escóltalos hasta el cuartel de Alkst!
Luego, Irgorig se dirigió a Kertratis:
–En Alkst les darán sus salvoconductos para seguir viaje. Y, Kertratis… estoy confiando en que esto no sea un maldito plan tuyo. Si me la juegas… Sabes cuánto te perseguiré y lo que te haré, ¿verdad?
Una vez que la caravana siguió camino, ahora con Kirev y dos de sus hombres guiando y escoltando, Edmundo se dirigió a Kertratis.
–¿Qué fue todo eso…?
–Un incidente fronterizo, años atrás– explicó Kertratis. –Una disputa por territorios, entre Deucratis y Retum. Mi patrulla fue masacrada, y yo capturado, en una zona que era de Deucratis. Irgorig no fue demasiado suave para interrogarnos. Esta herida, la herida del pecho… Aceite caliente. Bueno, conseguí liberarme, me puse un uniforme de Retum, y me llevé a Irgorig de rehén. Pero por equivocación, ahora fueron las tropas de Deucratis los que trataban de atacarme, por el uniforme. Balearon gravemente a Irgorig, y bueno… él pensó que me iba a vengar de él. Pero, verás… hay cosas que como soldado tienes que dejar pasar. El sólo cumplía con su deber. Así es que le salvé la vida. Nos capturaron, por supuesto. Irgorig después fue liberado en un intercambio de prisioneros.
–Entiendo– dijo Edmundo.
–Nunca pensé que iba a volver a encontrármelo. Y aquí, y ahora.
Llegaron hasta la ciudad de Alkst, que a Edmundo le dio una muy triste impresión. La pobreza en Alkst era evidente, e incluso las calles principales estaban sin pavimentar. Una corriente de agua atravesaba la ciudad, a pesar de lo cual no crecían muchos cultivos.
–Aguas de mala calidad– explicó Kertratis. –Demasiado arsénico. La gente acá se envenena y muere joven. Y los cultivos nunca crecen demasiado.
Kirev miró a Kertratis con malos ojos. Era lógico que Kertratis, preparado por años para guerrear contra Retum, supiera un poco de la geografía del país enemigo, pero aún así, el que supiera estas cosas, y peor aún, que las dijera en voz alta a extranjeros, era algo que a Kirev le hacía muy poca gracia.
Edmundo y los suyos se preguntaban si no estaban cayendo directamente en alguna emboscada, pero Irgorig había cumplido: les otorgaron los salvoconductos para circular libremente por Retum, válidos por un tiempo determinado, y les permitieron seguir. En cualquier caso, Kirev siguió a cargo de escoltarlos, y por supuesto de vigilarlos, ahora con una escolta más numerosa, compuesta por ocho soldados en total.
De esta manera llegaron finalmente a Arkangis. Al igual que Alkst, la ciudad presentaba un aspecto sumamente pobre. Estaba emplazada en una gran caverna con cinco aberturas distintas. En un costado de dicha caverna, en completa caída libre, una cascada de pequeño tamaño golpeaba con fuerza un gran cuenco en el suelo, seguramente excavado a lo largo de milenios de taladrante erosión. En la porción inferior de la cascada había una serie de hélices de metal, seguramente parte de una gran estructura hidroeléctrica semisubterránea que se encargaba de abastecer a Alkst de energía. Alrededor de las hélices se había erigido una densa malla de muy delgadas varas de madera y de metal, que según explicó Kertratis, tenía por misión el impedir que algún hipotético agresor realizara por sorpresa ataques con proyectiles para destruir las hélices: cualquier misil impactaría con alguna de las varas de madera o de metal y estallaría antes de alcanzar a la hélice misma. En el centro de la caverna, teniendo al mencionado cuenco, la cascada y sus hélices a un costado, crecía un montículo sobre el cual se había erigido la ciudad. La parte superior del mismo lucía y restellaba como un gran ciudad, con edificios brillantes y de evidente lujo, no demasiado altos, pero sí decorados de manera sencilla y funcional, todo lo cual remataba en una gruesa y sólida muralla con cuatro fortalezas macizas, a manera de un bastión. Más abajo, en las laderas, sin demasiada pendiente, había un enorme y desordenado apiñamiento de casas que a la distancia se veían como muy pobres. Cinco sendas avenidas, completamente despejadas de todo lo que no fuera tránsito militar, conectaba a Arkangis misma con las cinco grutas que eran los puntos de entrada a la gran bóveda.
Con la máxima eficiencia de una sociedad militarizada de suelo a techo, ya se había programado que el Natchinai Zar en persona les recibiera de inmediato.
Oslaus Ruf, el Natchinai Zar, era una figura decepcionante en persona. Era un hombre de bajo tamaño, algo regordete, y de gestos que revelaban a cada instante lo aburrido que estaba en la situación. Era evidente que pasaba por sobre todo y por sobre todos, sin ninguna clase de preocupación. Difícilmente uno podría verle como general de tan vasto ejército. Edmundo empezó a calcular mentalmente quien sería el verdadero poder detrás del trono, porque es evidente que un hombre del temperamento algo abúlico de Oslaus Ruf, sería incapaz de mantener funcionando a Retum con la eficiencia que les había dado fama.
De pronto, entre los notables que asistían al encuentro, Edmundo tuvo que reprimir una expresión de asombro. Pero al mirarlo, descubrió que éste no se encontraba cómodo. Al decir verdad, miraba con rencor a Oslaus Ruf. No le costó demasiado adivinar a Edmundo que le había solicitado al Natchinai Zar no estar presente en la reunión, para seguir de incógnito, pero que éste le había pedido especialmente que participara, porque conocía de antes a Edmundo.
“Ese es el General Kertamma”, le dijo Edmundo a Wolfgang Spengler, usando un viejo código de toques con los dedos, que habían desarrollado durante sus días en la guerrilla, combatiendo a Bersil.
“Le sabíamos muerto”, preguntó Wolfgang Spengler, por el mismo sistema.
Sí, debería haber estado muerto. Maxiana había volatilizado la caseta en que se encontraba, hasta los cimientos, antes de tomar el control del ejército de Lin. ¿Cómo demonios había escapado?
–No estaba en la caseta– musitó Edmundo, apretando los dientes.
Y el maldito cobarde, en vez de enfrentarse a Iluvia y defender su puesto, simplemente había salido corriendo a esconderse. Se le había dado por muerto, y nadie se había preocupado de revisar si en verdad alguno de los cuerpos carbonizados era el suyo. Apenas Iluvia se enterara de esto, alguna cabeza acabaría rodando en el ejército de Lin.
–¡Muy bien!– dijo Oslaus Ruf. –¡Hablad, Edmundo! ¡Hablad!
–Señor, tenemos un plan para destruir a las tropas de Lin– dijo Edmundo, remarcando la palabra “Lin” para incomodar a Kertamma.
–¡Tienen un plan, dicen!– dijo Oslaus Ruf, con falsa amabilidad en la voz, que malamente encubría sus verdaderos sentimientos: de desprecio, en este caso.
–Necesitamos su apoyo para obtener trajes que nos permitan soportar la radiación en el exterior, en la superficie terrestre. Y algún medio que nos permita movilizarnos sobre la superficie de la misma. Tenemos información que nos permitirá llegar hasta un poderoso arsenal en la superficie, con armas que estaban listas para enfrentarse al mismísimo Kriegsweltz IV. Si las obtenemos, la victoria de Retum será inevitable.
–¡La victoria de Retum ES inevitable!– soltó Oslaus Ruf, ofendido.
Con todo, debía concederle Edmundo, Oslaus Ruf parecía ser simplemente incompetente o falto de carácter, o ambas a un tiempo, pero sin la desagradable fatuidad que poseía por ejemplo Fo Kiang V de Il Pen. Edmundo sintió algo de pena por Oslaus Ruf: quizás el Natchinai Zar se daba cuenta de sus limitaciones, y trataba de hacer lo que mejor podía con lo que tenía. Un hombre bienintencionado, pero débil. Internamente, ardía en deseos por adivinar quién era el verdadero poder en las sombras.
Kertamma estaba descartado. Ignoraba qué tan cortesano o venenoso podía ser, pero tenía claro que no había tenido demasiado tiempo para ejercer su influencia sobre Oslaus Ruf. El resto de los cortesanos no le permitiría tal cosa al advenedizo.
Salvo que Kertamma le hubiera ofrecido a Oslaus Ruf algún plan infalible para…
Y entonces, Edmundo lo vio. ¡El General Kertamma podía revelarle una enorme cantidad de secretos militares al Natchinai Zar, que le permitirían aplastar al ejército invasor! ¿Acaso no había sido él mismo quien había comandado a dichas tropas hasta los Seis Reinos?
–¿Y la posición de esas armas, cuál sería?– preguntó Oslaus Ruf.
–Si la confesáramos, ya no se nos necesitaría para nada– dijo Edmundo.
–Podría ordenar capturaros y haceros confesar por fuerza– dijo Oslaus Ruf, tratando de sonar amenazador, aunque sin demasiado éxito.
–Si nos equivocáramos, sólo nosotros podríamos reintepretar los datos para llegar hasta una ubicación corregida, y obtener las armas– dijo Edmundo.
–Está alardeando– dijo entonces Kertamma, abriendo la boca por primera vez. –Son una banda de forajidos, no tienen a donde ir, Freilande entero los está persiguiendo y acabará por darles alcance. Necesitan desesperadamente que alguien los refugie para esconderse. Pero no tienen nada que dar a cambio.
–¿Y para buscar refugio estamos dispuestos a subir a la superficie terrestre, que con toda seguridad sigue siendo radiactiva después del ataque de Kriegsweltz IV?– soltó Edmundo, con tono burlón, y remachó con un tono salvaje de voz: –¡De seguro no es el refugio que tú buscarías para ti mismo, Kertamma!
–¡Basta!– gritó Oslaus Ruf. –¡Si insultas a uno de mis consejeros me insultas a mí!
–No quería faltaros el respeto, Excelencia– dijo Edmundo ceremoniosamente, e hizo una reverencia quizás algo exagerada, para esconder su sonrisa de satisfacción. Kertamma había recibido el golpe, y le había dolido –Mis disculpas.
–¡Muy bien!– dijo Oslaus Ruf, algo molesto. –Si tienes éxito, Edmundo, tú y los tuyos… Qué quieres de recompensa.
Edmundo tuvo el presentimiento de que Oslaus Ruf no aceptaría sus ideas de crear una cruzada en contra de Kriegsweltz IV, ni menos ponerle a él a cargo de la misma. Decidió ser cauto, y pasar por un grosero materialista. Si Oslaus Ruf le creía alguien capaz de venderse por dinero u honores, quizás confiaría más en él, creyéndole capaz de manejarle a través de esa palanca.
–Deseo refugio aquí en Arkangis. Con residencias dentro de la acrópolis para mí y la gente que viene conmigo. Y una pensión vitalicia que nos permita mantenernos con cierta holgura. Además de eso, queremos el honor de integrar la corte del Natchinai Zar.
Oslaus Ruf apoyó el codo en un brazo de su trono, y luego la cabeza sobre la palma de la mano de ese mismo codo, moviéndola de manera que se masajeaba la barbilla y la mejilla en el proceso. Luego de compungir la cara y eyectar los labios en un gesto bastante desagradable, levantó la cabeza y habló:
–Lo pensaremos. Tendrás pronto mi respuesta.
Oslaus Ruf hizo un gesto, y un chamberlán se encargó de sacar a Edmundo y su grupo de la sala del trono, para conducirlo al exterior del Palacio. Mientras tanto, los notables de Retum se levantaron de sus asientos. Kertamma, por su parte, buscó con la mirada a un hombre al que previamente había ordenado acudir a la sala y mantenerse a un margen. Hizo entonces un ligero movimiento, una señal preconvenida, a la que el hombre respondió por su cuenta. Y entonces, el hombre marchó detrás de Edmundo, vigilándole de manera discreta. Al ver desaparecer a Edmundo con su hombre siguiéndole, Kertamma se limitó a sonreir de manera taimada.
Próximo capítulo: “Emboscados en Arkangis”.
“Ante el Natchinai Zar”
El grupo avanzó por los caminos de Retum. Podían haber tratado de eludir los controles saliéndose de los caminos principales, pero Edmundo había juzgado preferible hacer demostración de buenas intenciones, no apareciendo escondiéndose como forajidos en la mismísima ciudad de Arkangis, la capital de Retum. De manera que en el primer control que encontraron, fueron detenidos.
–De manera que vienen a entrevistarse con el mismísimo Natchinai Zar– dijo el encargado del control. –¡Y cómo sabemos que no son asesinos a sueldo enviados desde Deucratis! Ya nos enteramos de lo que pasó allá con la Reina Senosia…
De pronto, luego de un instante de indecisión, Kertratis se abrió las ropas. En previsión de que sacara un arma, los guardias apuntaron las suyas propias. Pero Kertratis reveló una fea cicatriz en el pecho.
–¿La recuerdas, Irgorig?– preguntó Kertratis.
–¿Cómo sabes que me llamo Irg…?– empezó el aludido, pero se interrumpió al observar detenidamente el rostro de la persona enfrente suyo. –Mmmmmm… Kertratis, ¿cierto?
–Kertratis, sí– confirmó éste.
Irgorig dio dos o tres pasos, llevando las manos a la espalda sin soltar su arma, y moviéndola con nerviosismo mientras pensaba. Luego, de la manera seca que es propia de los militares, se dio la media vuelta y encaró a Kertratis.
–Muy bien, explícame tú entonces de qué se trata esto. Para qué diablos quieren ver al Natchinai Zar.
–Tenemos una opción para destruir a las tropas invasoras contra los Seis Reinos. Pero para eso, necesitamos la ayuda de Retum.
–¡Una opción!– dijo Irgorig. –La única opción es que nosotros les demos batalla, y los aplastemos. Y créeme, Kertratis, los aplastaremos– añadió, aunque por su nerviosismo, podía intuirse que no tenía plena confianza en sus propias palabras.
–Eres un buen patriota, Irgorig– dijo Kertratis. –¿No deberías tomar cualquier oportunidad que le permitiera la victoria a tu país?
–¡No me digas cómo hacer mi trabajo!– restelló Irgorig. Kertratis se mantuvo sereno. Irgorig le miró con expresión furibunda un instante, y luego de resoplar un par de veces, le gritó a otro subordinado: –¡Kirev! ¡Llévate a dos hombres contigo, y escóltalos hasta el cuartel de Alkst!
Luego, Irgorig se dirigió a Kertratis:
–En Alkst les darán sus salvoconductos para seguir viaje. Y, Kertratis… estoy confiando en que esto no sea un maldito plan tuyo. Si me la juegas… Sabes cuánto te perseguiré y lo que te haré, ¿verdad?
Una vez que la caravana siguió camino, ahora con Kirev y dos de sus hombres guiando y escoltando, Edmundo se dirigió a Kertratis.
–¿Qué fue todo eso…?
–Un incidente fronterizo, años atrás– explicó Kertratis. –Una disputa por territorios, entre Deucratis y Retum. Mi patrulla fue masacrada, y yo capturado, en una zona que era de Deucratis. Irgorig no fue demasiado suave para interrogarnos. Esta herida, la herida del pecho… Aceite caliente. Bueno, conseguí liberarme, me puse un uniforme de Retum, y me llevé a Irgorig de rehén. Pero por equivocación, ahora fueron las tropas de Deucratis los que trataban de atacarme, por el uniforme. Balearon gravemente a Irgorig, y bueno… él pensó que me iba a vengar de él. Pero, verás… hay cosas que como soldado tienes que dejar pasar. El sólo cumplía con su deber. Así es que le salvé la vida. Nos capturaron, por supuesto. Irgorig después fue liberado en un intercambio de prisioneros.
–Entiendo– dijo Edmundo.
–Nunca pensé que iba a volver a encontrármelo. Y aquí, y ahora.
Llegaron hasta la ciudad de Alkst, que a Edmundo le dio una muy triste impresión. La pobreza en Alkst era evidente, e incluso las calles principales estaban sin pavimentar. Una corriente de agua atravesaba la ciudad, a pesar de lo cual no crecían muchos cultivos.
–Aguas de mala calidad– explicó Kertratis. –Demasiado arsénico. La gente acá se envenena y muere joven. Y los cultivos nunca crecen demasiado.
Kirev miró a Kertratis con malos ojos. Era lógico que Kertratis, preparado por años para guerrear contra Retum, supiera un poco de la geografía del país enemigo, pero aún así, el que supiera estas cosas, y peor aún, que las dijera en voz alta a extranjeros, era algo que a Kirev le hacía muy poca gracia.
Edmundo y los suyos se preguntaban si no estaban cayendo directamente en alguna emboscada, pero Irgorig había cumplido: les otorgaron los salvoconductos para circular libremente por Retum, válidos por un tiempo determinado, y les permitieron seguir. En cualquier caso, Kirev siguió a cargo de escoltarlos, y por supuesto de vigilarlos, ahora con una escolta más numerosa, compuesta por ocho soldados en total.
De esta manera llegaron finalmente a Arkangis. Al igual que Alkst, la ciudad presentaba un aspecto sumamente pobre. Estaba emplazada en una gran caverna con cinco aberturas distintas. En un costado de dicha caverna, en completa caída libre, una cascada de pequeño tamaño golpeaba con fuerza un gran cuenco en el suelo, seguramente excavado a lo largo de milenios de taladrante erosión. En la porción inferior de la cascada había una serie de hélices de metal, seguramente parte de una gran estructura hidroeléctrica semisubterránea que se encargaba de abastecer a Alkst de energía. Alrededor de las hélices se había erigido una densa malla de muy delgadas varas de madera y de metal, que según explicó Kertratis, tenía por misión el impedir que algún hipotético agresor realizara por sorpresa ataques con proyectiles para destruir las hélices: cualquier misil impactaría con alguna de las varas de madera o de metal y estallaría antes de alcanzar a la hélice misma. En el centro de la caverna, teniendo al mencionado cuenco, la cascada y sus hélices a un costado, crecía un montículo sobre el cual se había erigido la ciudad. La parte superior del mismo lucía y restellaba como un gran ciudad, con edificios brillantes y de evidente lujo, no demasiado altos, pero sí decorados de manera sencilla y funcional, todo lo cual remataba en una gruesa y sólida muralla con cuatro fortalezas macizas, a manera de un bastión. Más abajo, en las laderas, sin demasiada pendiente, había un enorme y desordenado apiñamiento de casas que a la distancia se veían como muy pobres. Cinco sendas avenidas, completamente despejadas de todo lo que no fuera tránsito militar, conectaba a Arkangis misma con las cinco grutas que eran los puntos de entrada a la gran bóveda.
Con la máxima eficiencia de una sociedad militarizada de suelo a techo, ya se había programado que el Natchinai Zar en persona les recibiera de inmediato.
Oslaus Ruf, el Natchinai Zar, era una figura decepcionante en persona. Era un hombre de bajo tamaño, algo regordete, y de gestos que revelaban a cada instante lo aburrido que estaba en la situación. Era evidente que pasaba por sobre todo y por sobre todos, sin ninguna clase de preocupación. Difícilmente uno podría verle como general de tan vasto ejército. Edmundo empezó a calcular mentalmente quien sería el verdadero poder detrás del trono, porque es evidente que un hombre del temperamento algo abúlico de Oslaus Ruf, sería incapaz de mantener funcionando a Retum con la eficiencia que les había dado fama.
De pronto, entre los notables que asistían al encuentro, Edmundo tuvo que reprimir una expresión de asombro. Pero al mirarlo, descubrió que éste no se encontraba cómodo. Al decir verdad, miraba con rencor a Oslaus Ruf. No le costó demasiado adivinar a Edmundo que le había solicitado al Natchinai Zar no estar presente en la reunión, para seguir de incógnito, pero que éste le había pedido especialmente que participara, porque conocía de antes a Edmundo.
“Ese es el General Kertamma”, le dijo Edmundo a Wolfgang Spengler, usando un viejo código de toques con los dedos, que habían desarrollado durante sus días en la guerrilla, combatiendo a Bersil.
“Le sabíamos muerto”, preguntó Wolfgang Spengler, por el mismo sistema.
Sí, debería haber estado muerto. Maxiana había volatilizado la caseta en que se encontraba, hasta los cimientos, antes de tomar el control del ejército de Lin. ¿Cómo demonios había escapado?
–No estaba en la caseta– musitó Edmundo, apretando los dientes.
Y el maldito cobarde, en vez de enfrentarse a Iluvia y defender su puesto, simplemente había salido corriendo a esconderse. Se le había dado por muerto, y nadie se había preocupado de revisar si en verdad alguno de los cuerpos carbonizados era el suyo. Apenas Iluvia se enterara de esto, alguna cabeza acabaría rodando en el ejército de Lin.
–¡Muy bien!– dijo Oslaus Ruf. –¡Hablad, Edmundo! ¡Hablad!
–Señor, tenemos un plan para destruir a las tropas de Lin– dijo Edmundo, remarcando la palabra “Lin” para incomodar a Kertamma.
–¡Tienen un plan, dicen!– dijo Oslaus Ruf, con falsa amabilidad en la voz, que malamente encubría sus verdaderos sentimientos: de desprecio, en este caso.
–Necesitamos su apoyo para obtener trajes que nos permitan soportar la radiación en el exterior, en la superficie terrestre. Y algún medio que nos permita movilizarnos sobre la superficie de la misma. Tenemos información que nos permitirá llegar hasta un poderoso arsenal en la superficie, con armas que estaban listas para enfrentarse al mismísimo Kriegsweltz IV. Si las obtenemos, la victoria de Retum será inevitable.
–¡La victoria de Retum ES inevitable!– soltó Oslaus Ruf, ofendido.
Con todo, debía concederle Edmundo, Oslaus Ruf parecía ser simplemente incompetente o falto de carácter, o ambas a un tiempo, pero sin la desagradable fatuidad que poseía por ejemplo Fo Kiang V de Il Pen. Edmundo sintió algo de pena por Oslaus Ruf: quizás el Natchinai Zar se daba cuenta de sus limitaciones, y trataba de hacer lo que mejor podía con lo que tenía. Un hombre bienintencionado, pero débil. Internamente, ardía en deseos por adivinar quién era el verdadero poder en las sombras.
Kertamma estaba descartado. Ignoraba qué tan cortesano o venenoso podía ser, pero tenía claro que no había tenido demasiado tiempo para ejercer su influencia sobre Oslaus Ruf. El resto de los cortesanos no le permitiría tal cosa al advenedizo.
Salvo que Kertamma le hubiera ofrecido a Oslaus Ruf algún plan infalible para…
Y entonces, Edmundo lo vio. ¡El General Kertamma podía revelarle una enorme cantidad de secretos militares al Natchinai Zar, que le permitirían aplastar al ejército invasor! ¿Acaso no había sido él mismo quien había comandado a dichas tropas hasta los Seis Reinos?
–¿Y la posición de esas armas, cuál sería?– preguntó Oslaus Ruf.
–Si la confesáramos, ya no se nos necesitaría para nada– dijo Edmundo.
–Podría ordenar capturaros y haceros confesar por fuerza– dijo Oslaus Ruf, tratando de sonar amenazador, aunque sin demasiado éxito.
–Si nos equivocáramos, sólo nosotros podríamos reintepretar los datos para llegar hasta una ubicación corregida, y obtener las armas– dijo Edmundo.
–Está alardeando– dijo entonces Kertamma, abriendo la boca por primera vez. –Son una banda de forajidos, no tienen a donde ir, Freilande entero los está persiguiendo y acabará por darles alcance. Necesitan desesperadamente que alguien los refugie para esconderse. Pero no tienen nada que dar a cambio.
–¿Y para buscar refugio estamos dispuestos a subir a la superficie terrestre, que con toda seguridad sigue siendo radiactiva después del ataque de Kriegsweltz IV?– soltó Edmundo, con tono burlón, y remachó con un tono salvaje de voz: –¡De seguro no es el refugio que tú buscarías para ti mismo, Kertamma!
–¡Basta!– gritó Oslaus Ruf. –¡Si insultas a uno de mis consejeros me insultas a mí!
–No quería faltaros el respeto, Excelencia– dijo Edmundo ceremoniosamente, e hizo una reverencia quizás algo exagerada, para esconder su sonrisa de satisfacción. Kertamma había recibido el golpe, y le había dolido –Mis disculpas.
–¡Muy bien!– dijo Oslaus Ruf, algo molesto. –Si tienes éxito, Edmundo, tú y los tuyos… Qué quieres de recompensa.
Edmundo tuvo el presentimiento de que Oslaus Ruf no aceptaría sus ideas de crear una cruzada en contra de Kriegsweltz IV, ni menos ponerle a él a cargo de la misma. Decidió ser cauto, y pasar por un grosero materialista. Si Oslaus Ruf le creía alguien capaz de venderse por dinero u honores, quizás confiaría más en él, creyéndole capaz de manejarle a través de esa palanca.
–Deseo refugio aquí en Arkangis. Con residencias dentro de la acrópolis para mí y la gente que viene conmigo. Y una pensión vitalicia que nos permita mantenernos con cierta holgura. Además de eso, queremos el honor de integrar la corte del Natchinai Zar.
Oslaus Ruf apoyó el codo en un brazo de su trono, y luego la cabeza sobre la palma de la mano de ese mismo codo, moviéndola de manera que se masajeaba la barbilla y la mejilla en el proceso. Luego de compungir la cara y eyectar los labios en un gesto bastante desagradable, levantó la cabeza y habló:
–Lo pensaremos. Tendrás pronto mi respuesta.
Oslaus Ruf hizo un gesto, y un chamberlán se encargó de sacar a Edmundo y su grupo de la sala del trono, para conducirlo al exterior del Palacio. Mientras tanto, los notables de Retum se levantaron de sus asientos. Kertamma, por su parte, buscó con la mirada a un hombre al que previamente había ordenado acudir a la sala y mantenerse a un margen. Hizo entonces un ligero movimiento, una señal preconvenida, a la que el hombre respondió por su cuenta. Y entonces, el hombre marchó detrás de Edmundo, vigilándole de manera discreta. Al ver desaparecer a Edmundo con su hombre siguiéndole, Kertamma se limitó a sonreir de manera taimada.
Próximo capítulo: “Emboscados en Arkangis”.
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