lunes 30 de noviembre de 2009

Capítulo 3-07 - "Algo muere y algo sobrevive".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: En Deucratis, Edmundo y Diana maniobran para tratar de armar una coalición contra Freilande, pero ella es envenenada, y él desaparece en el interior del Necropozo con Iluvia. Aunque Edmundo e Iluvia regresan de su interior, éste no puede detener la inevitable conquista de los Seis Reinos. Ahora, Edmundo, reunido de nuevo con Diana y Wolfgang Spengler, apuestan a hacerse con el control del Proyecto Polaris como último recurso contra el poder de Kriegsweltz IV

“Algo muere y algo sobrevive”

Diana apretó el puño, tratando de ocultarlo, mientras veía que los labios de Edmundo se contraían en un rictus de impotencia.

–Es el final, ¿no?– preguntó Edmundo, con una expresión torva en la mirada.

–¿Acaso empezamos alguna vez?– preguntó Diana, con amargura.

Edmundo miró a Diana con sorpresa. ¿Cómo era posible que…? ¡Dos años luchando juntos en el Planeta Interior…! ¡Dos años desde que…!

Diana inhaló de manera profunda, y retuvo el aliento por un instante para que no se le escaparan sus sentimientos, al tiempo que se humedecían sus ojos. Sentía que su propia respiración la abrasaba por dentro. Cuando al fin la soltó, levantó la cabeza con un gesto que pretendía ser digno y le salió arrogante, y emprendió la caminata de regreso. Edmundo, aún atontado, la siguió.

Se suponía que Edmundo y Diana obrarían como centinelas, pero ninguno de los dos en realidad estaba por la labor. Edmundo trataba de concentrarse en su tarea, pero por primera vez en mucho tiempo, encontraba que ello le era difícil. Por un instante, hubiera preferido que los malditos soldados de Lin aparecieran y los masacraran a todos de una vez. Pero pronto espantó estos pensamientos suicidas. La gente de la caravana dependía de él y de su labor como centinela para su propia supervivencia. Herido y lastimado, debería encontrar las fuerzas para seguir adelante, en su misión autoimpuesta de derrocar a Kriegsweltz IV.

Diana, por su parte, ni siquiera lo intentaba. Eso que podría ser llamado su lado sensible o femenino, la estaba ganando por completo. De manera usual conseguía reprimir esa faceta suya. Cuando aún estaban en la superficie terrestre, vestirse y comportarse como “una señorita” era simplemente llamar al ridículo… Allá arriba, en la superficie…

Al pensar en estas cosas, su mente regresó en el tiempo, por primera vez, a los días antiguos en la superficie terrestre, al tiempo anterior de la masacre de todas las formas de vida en la superficie por obra del genocidio (genocidio no: ecocidio, en realidad) de Kriegsweltz IV. Habían sido días tranquilos y placenteros, como una especie de sueño reparador. Sus padres habían sido cariñosos y comprensivos con ella… ¿o acaso se los imaginaba mejor de lo que eran, a través del cristal deformante de la memoria y el tiempo? La vida siempre le ofrecía posibilidades, y ella estaba hambrienta de explorarlas, de tomarlas, de aprehenderlas hasta sacarles todo lo que tuvieran que ofrecer. Su fuerte siempre había sido la actividad física: en el colegio había sido más bien floja, pero descollaba en Educación Física, y había elegido Gimnasia Rítmica como actividad extraprogramática. En consecuencia, en la edad de las hormonas revueltas, había tenido numerosos pretendientes de ambos sexos, porque en su tiempo, las lesbianas comenzaban a salir del armario y ponerse de moda en la generalmente reprimida y represiva sociedad chilena. Había tenido algunas experiencias, de ambos tipos, pero no se había casado realmente con ninguna: sus ansias por explorar el mundo e ir más allá podían más que cualquiera otra consideración. Durante los veranos salía a mochilear con sus amigos, y había participado en fogatas y campamentos. ¡Le era imposible imaginarse que, años después, su afición por tales actividades la dejarían tan bien entrenada para luchar como guerrillera contra el todopoderoso Kriegsweltz IV!

Luego habían llegado los años de universidad. Siguiendo los pasos de su hermana mayor, que estaba por egresar de Trabajo Social, había viajado a Valparaíso. Contra la opinión de mucha gente, que no le veía otro futuro sino como profesora de Educación Física, ella había elegido la Kinesiología. En lo que sus conocidos calificaron como un milagro, había conseguido mejorar sus calificaciones y sobrevivir en el competitivo ambiente universitario. Lo más lógico en términos de cercanía geográfica hubiera sido alojarse en Valparaíso, pero ella consideraba a dicha ciudad como pobre y mugrienta, apta sólo para la vida nocturna de bares y discotecas. Viña del Mar, con su elegancia decadente, había atraído su atención. Una casa vieja en el centro de la ciudad, a pocas cuadras del estero Marga Marga, que había sido habilitada como pensión, le brindó alojamiento. Pero el cambio más importante en su vida, en aquel período, es que por primera vez se había impresionado con un chico. Se llamaba Leonardo, y… ¡qué chico era! Era serio, callado y reconcentrado, pero se movía con el aplomo de una mantarraya nadando sobre los bajíos. Nunca le decía que la quería, ni la miraba con ojitos de cordero degollado, y con eso, Diana se sentía en la gloria: la querían sin ahogarla, y eso para ella estaba bien.

La última vez que había visto a Leonardo, se habían separado con un espartano beso antes de ir cada uno a sus respectivas clases. Luego, había sucedido el desastre. Kriegsweltz IV había lanzado su primer ataque contra la superficie terrestre, Viña del Mar se había hundido, y Diana había acabado varada en el interior de la Tierra. Por puro accidente había acabado al lado de Edmundo, su compañero de pensión. Diana nunca había tomado en serio a Edmundo: apenas él había llegado a la pensión, había tratado de hacerse el lindo con ella, sin éxito. Los desafortunados intentos de conquista se habían transformado en una parodia, y ambos bromeaban sobre eso, con la seguridad de que nada pasaría nunca entre ellos. En particular desde que Edmundo consiguió también una chica por su cuenta. Pero ahora estaba embarcado en la misma aventura que Edmundo, e incluso había tenido que salvarle la vida cuando éste había estado a punto de perecer ahogado.

De pronto, toda su vida anterior había desaparecido como si hubiera sido una alucinación dentro de la película “Mátrix”. Allá arriba, sus preocupaciones se reducían a la maratón de pruebas y exámenes, a ocupar la ducha en su pensión antes de que otro pensionista hiciera lo suyo, a examinar la colilla de pago en el cajero automático para ver si sus padres le habían depositado la mensualidad. Abajo, en el Planeta Interior, no existían carreras universitarias, y en el tiempo pasado como guerrillera tenía suerte si conseguía lavarse el pelo una vez a la semana. ¿Dinero? Ya ni siquiera sabía lo que era eso. Ahora estaba arrojada a la dramática lucha por la supervivencia, en un mundo que no parecía tener lugar para ella. Y todo eso bajo una bóveda de roca que amenazaba perpetuamente con caerse sobre sus cabezas, iluminada mortecinamente por las bacterias quimiosintéticas que eran un muy miserable sustituto de la luz solar. En algún minuto, le pareció que era un imposible mantener la cordura, que todo aquello terminaría por superarla. ¿Encontraría su lugar en el mundo otra vez? ¿Lo encontraría acaso siguiendo el loco sueño de Edmundo, de librar una guerra condenada de antemano en contra del enorme poderío de Kriegsweltz IV? El plan entero era una locura, apenas un chico listo de la superficie contra el aplastante poder del más grande genocida en la historia humana. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Qué destino le esperaba si intentaba defenderse por su cuenta, establecerse de algún modo? No podía hacer otra cosa sino seguir, seguir adelante a ver en qué terminaba todo aquello.

Y había terminado de la peor manera posible. En cierto sentido, después de todas sus penurias, cuando Kriegsweltz IV había por fin lanzado su ataque genocida final contra la superficie terrestre, todo se había despejado. La culpabilidad por sentirse aliviada no la dejaba en paz, considerando que la masacre se había llevado por delante a toda la Humanidad y seguramente a casi todas las criaturas vivientes de la superficie, fritas a la sartén en un baño letal de radiación. Pero ELLA estaba bien. La lucha había terminado. Dentro de poco, Kriegsweltz IV ordenaría la ejecución, y toda la pesadilla acabaría. No había descubierto qué tan desesperada estaba, hasta ese instante de la derrota final.

Y aún las cosas se prolongarían un tiempo. Iluvia la había salvado, a ella y a Edmundo. Y había transcurrido un año completo. De ese año, Diana recordaba sólo instantes, destellos, pequeñas ventanitas que le indicaban lo ocurrido ahí. Lo mismo podrían haber sido cinco minutos que una eternidad de siglos: Diana había perdido por completo la noción del tiempo. Iluvia, la princesita mimada, había hecho valer con toda sus fuerzas el derecho de los vencedores para humillar a los oprimidos. Al principio, sin saber muy bien qué hacía, casi por automatismo, Diana había tratado de sublevarse, o incluso simplemente de defenderse. “¡Necia! ¿Acaso no te das cuenta de que soy tu ama? ¡Puedo torturarte y matarte con apenas un gesto, sin siquiera decir una sola palabra!”, le había gritado Iluvia. En una ocasión, dos guardias habían tomado a Diana y le habían rasgado sus vestimentas; luego, Iluvia misma tomó un látigo y descargó varios latigazos sobre su piel desnuda. Las heridas habían tomado varios días en sanar, y aún le habían quedado cicatrices permanentes, incluyendo una bastante visible sobre su pecho izquierdo. Pero no eran los latigazos mismos lo que más le había dolido a Diana, sino el hecho mismo de la vejación, el sentirse casi por completo violada. Aquello debería haberle quebrado la personalidad por completo. Y en cierto sentido, así fue. Desde entonces, Diana había sido una sirvienta obediente y leal para con Iluvia. Y usando la condescendencia y las falsas sonrisas, Iluvia se había encargado siempre de recordarle a Diana quién era la ama y quién la esclava.

Hasta que de pronto, tiempo después, había descubierto que Edmundo seguía vivo. Había dado por supuesto que en los gladiadores terminaría muerto al poco tiempo. Diana había llegado a considerarse afortunada porque siendo esclavizada y vejada por Iluvia, al menos conservaba la vida. Pero al ver en la arena de los gladiadores a Edmundo atreviéndose a retar a Kriegsweltz IV en persona (¿así había sido? ¿o acaso lo soñaba de ese modo?), algo había despertado en ella. Era toda la furia ciega contra aquel monstruo llamado Kriegsweltz IV, que la había arrancado de su apacible vida en la superficie, que había asesinado a su familia y a toda su gente querida, que la había obligado a permanecer en un Planeta Interior que detestaba cada vez más, y cuyo esperma había dado origen a esa otra distinta monstruosidad que era la princesa Iluvia. De buena gana los hubiera matado, de buena gana hubiera sacrificado su vida, pero había aprendido el arte de la contención. De manera quizás paradójica, su anterior gusto por las experiencias y emociones fuertes la habían ayudado: ahora, apoyando a Edmundo en su rebelión personal, estaba viviendo la emoción más poderosa de su vida, una emoción que sólo quedaría satisfecha en un orgasmo de derramamiento de sangre y de muerte y destrucción, la de esa familia de príncipes que se habían ganado con todo derecho el aborrecimiento de todos sus súbditos y de todo lo que quedara de Humanidad.

Y había acompañado fielmente a Edmundo en la guerrilla. Ahora le miraba con ojos distintos. Edmundo había cambiado y madurado. Ya no era el joven imberbe de la superficie terrestre, tratando de aparentar más de lo que era para impresionar a las chicas. Ahora era un guerrero, un luchador, un hombre tenaz y resuelto, dispuesto a llevarse el mundo por delante para hacer lo que era justo. Y además, era el único que podía comprenderla, porque era el único que, al igual que ella, había sobrevivido desde la superficie terrestre. Entregarse a él, aceptar su creciente amor, otorgarle el suyo propio, había sido un paso necesario y casi natural. Le apoyaría ciegamente, furiosamente, en todo lo que hiciera falta en su cruzada personal para destruir a Kriegsweltz IV. Construir la guerrilla había sido duro, pero lo había acompañado y auxiliado en todo lo necesario. Luego, Bersil había conseguido desbandar la guerrilla, y le había apoyado igualmente. Luego habían emprendido la campaña de los Seis Reinos, y le había acompañado, lista para ayudarle apenas hubiera la oportunidad de volverse contra Kriegsweltz IV y destruirlo de una maldita vez, a él y a su raza de serpientes en el trono.

Y luego, mala noticia tras mala noticia. Ninguno de los Seis Reinos había brindado su apoyo. Wolfgang Spengler había sido herido y capturado por Ezra Sheperd. Iluvia llegó, y lo había hecho demasiado pronto. A renglón seguido, había sido envenenada y había acabado casi al borde de la muerte. Poco después, había llegado la noticia de que Iluvia había sido secuestrada por Edmundo, y de que ambos habían caído en el Necropozo.

Diana pensaba haberse inmunizado por completo contra todos los quiebres posibles, pero se equivocaba. En un solo instante, el hombre que era su poste de amarre en el mundo, el que la iba a aupar sobre los hombros para llevarla hasta la victoria, el que luchaba tan tenazmente para hacer un mundo que mereciera la pena vivirse, había desaparecido para siempre. Presumiblemente muerto. Ya nada valía la pena. ¿Qué más podía hacerse?

Luego se desdijo a sí misma. ¿En qué desdichado minuto había empezado a creer que Edmundo era inmortal? ¿Acaso no tienen que morir todos los seres humanos? De alguna manera, en una ocasión un tanto confusa para ella, había acabado encontrando consuelo en los brazos del príncipe Ciaxarnes de Bexialus. ¿Había sido sólo un suceso especial, o el comienzo de otra cosa? Ciaxarnes era apenas un adolescente de quince, y Diana tenía… ¿veintidós, veintitrés años…? Pero era un príncipe no sólo por su título, sino por sus modales y su visión de conjunto de las cosas, rasgos todos que sedujeron a Diana. Ciaxarnes había partido a luchar contra los sacerdotes del Templo de Ixiartes, mientras que Diana había tenido que quedarse en Deucratis, apoyando allí, en las sombras, la causa de Ciaxarnes, complotando para que ésta pudiera tener éxito.

Pero todo había salido mal. El poder de las tropas de Lin era demasiado, y los Seis Reinos jamás habían conseguido formar una coalición que fuera efectiva en su contra. Ciaxarnes, al último, también se había acabado por rendir. Diana estaba desencantada. Pero se había guardado una última baza. Con la ayuda de Ione, luego de que Edmundo fallara en rebelarse, y aprovechando la confianza de Iluvia en este resultado, ella misma había escamoteado los criolíquenes en cuestión. Lo que los cinco reyes tenían en sus sistemas, no eran más que un suero inofensivo. Más tarde o más temprano lo descubrirían…

Diana se miró a sí misma, con desconcierto. ¿Quién era ella, en realidad? Algo había muerto en ella, pero también algo había sobrevivido. Pero no sabía a ciencia cierta qué.

Después de algunos días de viaje, bastante lentos para sortear las patrullas de Iluvia, y evitando presentar batalla para no descubrirse, el grupo expedicionario llegó finalmente hasta Retum. Todos se miraron unos a otros en silencio. La clave era convencer al Natchinai Zar de que su loco plan tendría éxito. De lo contrario, estaría todo perdido.

Próximo capítulo: “Ante el Natchinai Zar”.

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