Capítulo 3-02 - "El fin de los Seis Reinos".
ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo e Iluvia regresan a la boca del Necropozo sólo para descubrir que la guerra ya ha estallado, y que la ganará Freilande. Iluvia le propone matrimonio a Edmundo, como un plan que le permitirá construir un nuevo orden sobre los Seis Reinos, y Edmundo acepta. Con la ayuda de Maxiana, Iluvia y Edmundo descabezan al ejército de Lin e inician las negociaciones con Pelham. Sin embargo, Ezra Sheperd aparece en el campamento de Lin cargado de bombas, y listo para sacrificarse con tal de matar de una vez por todas a Edmundo e Iluvia…
–Bien. Probaste tu punto, Sheperd– dijo la Princesa Iluvia, con frialdad. –Qué propones.
–Quieres conservar tu preciosa vida, ¿eh, perra?– gritó Ezra Sheperd, levantando la cabeza con la arrogancia de quien se siente llamado para un destino superior.
–No ganarás nada volándote, y lo sabes– dijo Iluvia. –Dime qué quieres.
–La retirada completa de las tropas de Lin de los Seis Reinos– dijo Ezra Sheperd.
–No te creo tan ingenuo– dijo Iluvia. –Apenas lo hayamos hecho, te caeremos encima. Y tu única alternativa será volarte con tus explosivos, y estaremos como al comienzo.
–Soy un soldado y un hombre de honor. Si ustedes se retiran, yo me dejaré desarmar y matar– dijo Ezra Sheperd.
–Después de lo cual, pasada la amenaza, las tropas de Lin regresarán otra vez– dijo Edmundo. –¿No se te podía ocurrir un plan más idiota, acaso? ¿O estás mintiendo descaradamente, todo por… por Dios y por América, según lo dijiste?
Ezra Sheperd, por toda respuesta, llevó el dedo al detonador. Los soldados de Lin le apuntaron inmediatamente a la cabeza.
–Dispárenme, y el reflejo de mi sistema nervioso hará que apriete el botón– dijo Ezra Sheperd, acariciando sensualmente el botón del detonador.
Iluvia examinó detenidamente el rostro de Ezra Sheperd. El soldado parecía transfigurado, como si su convicción de ser “Esdras el Pastor” se le hubiera metido debajo de la piel, y lo estuviera levantando hacia las alturas de un mesías redivivo. Sin lugar a dudas que sería capaz de sacrificarse a sí mismo por lo que consideraba como justo y correcto. Iluvia examinó todo esto, y decidió que no quería mártires, después de todo. Además, mientras pasaran las horas, cabría la posibilidad de que Ezra Sheperd cometiera algún error, y fuera posible desarmarlo. Quién sabe, a lo mejor lo venciera la sed y fuera posible meterle una droga en el agua, o algo así…
–Bien– dijo Iluvia. –Nos retiraremos.
Iluvia dio entonces la orden general de retirada. Aquello desconcertó a los comandantes de Lin, pero con la férrea disciplina que los caracterizaba, obedecieron. Los últimos búnkers que resistían en Pelham, recibieron así alivio contra sus ataques. Lo mismo ocurría con las tropas de Deucratis que planteaban resistencia contra algunas avanzadas de Lin que mantenían dicho flanco a raya, mientras el grueso de las tropas lineanas terminaba de aplastar a Pelham.
–No sé cómo aspiras a salir vivo de esto– dijo Iluvia.
El rostro de Ezra Sheperd se endureció, e Iluvia lo vio entonces todo claro.
–¡Maldito loco!– gritó ella, y salió corriendo a toda velocidad de la casamata, mientras Edmundo, reaccionando prácticamente por reflejo, se arrojó sobre Ezra Sheperd. Este apretó el botón.
Al segundo siguiente, Edmundo había conseguido reducir a Ezra Sheperd, mientras éste aullaba, sorprendido y fuera de sí:
–¡Sabotaje! ¡Sabotaje!
Los soldados lineanos inmovilizaron a Ezra Sheperd y le pusieron un par de esposas. Edmundo, mientras tanto, revisó la bomba.
–Efectivamente, alguien saboteó esta bomba– le dijo a Iluvia.
Para sus adentros se preguntó si sería posible… Pero no, hubiera sido demasiado. ¿O quizás no? A lo mejor, Wolfgang Spengler había tenido algo que ver en todo ello… ¿Estaría vivo todavía Wolfgang Spengler? Ya habría tiempo de interrogar a Ezra Sheperd sobre eso.
–¿Qué hacemos con el prisionero?– preguntó Maxiana.
–Nada por el minuto. Más tarde lo interrogaremos. Cualquier información que le sonsaquemos, nos será muy útil para controlar Pelham. ¡Vuelvan a castigar esos búnkers!
Las tropas de Lin volvieron a la carga, atacando contra los búnkers. Los soldados estadounidenses, en combinación con los pelhamianos, cada vez más castigados, desmoralizados y sobrepasados, empezaron a rendirse poco a poco. En pocas horas, el control de las tropas lineanas sobre Pelham era prácticamente absoluto.
Mientras tanto, Iluvia se comunicó con su padre. El cansado rostro de Kriegsweltz IV pareció iluminarse al ver de pronto a su hija.
–¡Padre! ¡Lo he conseguido! He tomado Pelham para ti– dijo Iluvia. –Puedes sentirte orgullosa de tu hija en este día.
Kriegsweltz IV pareció desconcertado por un segundo, pero luego se echó hacia atrás.
–Has sabido serme leal a pesar de todo, hija mía– dijo finalmente. –Es bueno que… Un momento… ¿Ese que veo detrás de ti…? ¿No es…?
–Sí, padre. Es Edmundo. Ambos nos quedaremos a cargo de los Seis Reinos.
–¿Qué?– se escandalizó Kriegsweltz IV. –¡Hija, te has vuelto loca!
–Padre… Necesitas una mano dura que gobierne a los Seis Reinos en tu nombre. El inútil de Kertamma no podía ser, descubrí que él estaba conspirando contra Amrabel II para derrocarlo… Alguien que hubiera podido traicionar a su propio rey, más tarde o más temprano te hubiera traicionado a ti, padre. Con todos los recursos de los Seis Reinos a su disposición, hubiera sido una gran amenaza para ti, padre. Edmundo y yo, juntos, gobernaremos en tu nombre. Deberías darle una oportunidad a Edmundo, padre. El quiere lo mismo que tú: la paz del Planeta Interior. Dale la oportunidad.
Kriegsweltz IV pareció ahogarse. ¡El mismo había diseñado el esquema para sacar del trono a Amrabel II y reemplazarlo por un matrimonio de Kertamma e Iluvia, y ahora ella trazaba un eventual matrimonio con Edmundo, y se quedaba con los Seis Reinos! ¡Y para colmo, la propia Iluvia denunciaba la conspiración y le forzaba a él, al Kaiser Lama, al amo y señor de la mitad del Planeta Interior, a alinearse a su lado!
–¡Señora!– dijo Maxiana, acercándose por atrás, sin ningún respeto por el hecho de que Iluvia estuviera hablando con su padre el Kaiser Lama. –Acaban de llegar los delegados de Fo Kiang V, para negociar la rendición de Il Pen.
–Padre, tengo que atender esto. Si la negociación sale bien, Il Pen se encargará de aplastar los restos de resistencia en Kilbiris. Con eso, y con Ciaxarnes a nuestro favor, sólo queda someter a Retum y a Deucratis.
Y antes de esperar a que su padre dijera algo, Iluvia cortó la comunicación.
–Dejemos que lo mastique un poco, Edmundo– sonrió Iluvia, y echó sus brazos al cuello de Edmundo. –¿Qué te pasa, por qué estás tan pensativo?
–Es lo que dijiste, Iluvia. Que Kriegsweltz IV y yo en el fondo queremos lo mismo.
–Pero es que en verdad quieren lo mismo, ¿no? La paz del Planeta Interior…
–Sí– dijo Edmundo, pensativo.
Pero, ¿a qué costo? ¿Era necesario aplastar todas las libertades de la gente del Planeta Interior, convertir a todo el mundo en una dictadura planetaria, seguir con el sueño del genocida Kriegweltz IV, que había pacificado la superficie terrestre exterminando a todos sus habitantes humanos, animales y vegetales? Como fuera, su sueño de una coalición de los Seis Reinos, respetándose plenamente como hermanos políticos de plenos derechos, se había ido al demonio hacía mucho tiempo. Nunca había podido convencer a nadie de los Seis Reinos para lidiar contra Kriegsweltz IV en un frente unido. Los resultados estaban a la vista: desunidos, los Seis Reinos estaban viendo caer la cortina de su existencia independiente. Pelham, Ciaxarnes e Il Pen estaban prácticamente conquistados. Kilbiris en realidad no era un reino, sino un puñado de tribus levantiscas sin cohesión política alguna. Deucratis no resistiría demasiado tiempo. Retum era poderoso, pero no lo suficiente para luchar solo contra Kriegsweltz IV. El fin de los Seis Reinos estaba sellado, y el consolidar la posición de Freilande era más un trámite fastidiosamente burocrático, que un desafío militar de verdad.
Quedaba todavía una alternativa, se dijo entonces Edmundo. Deucratis y Retum. Ambos eran los más poderosos de los Seis Reinos. Retum se había aliado con Kriegsweltz IV por odio contra Deucratis, pero ahora que el peso de Freilande iba a caer sobre los dos, quizás los déspotas líderes de Retum cambiaran de idea… La Reina Senosia tenía talento político. Ella conseguiría sin lugar a dudas quebrar la barrera y consolidar una alianza de ambos reinos, dadas las circunstancias. ¡Todavía la resistencia era posible!
Edmundo miró a Iluvia, mientras seguía dando órdenes y coordinando. ¿En qué creía Iluvia? ¿En el sueño de su padre? ¿En ella misma y su propia ambición? ¿Estaba de verdad enamorada de él, o era tan solo un capricho de mujer mimada y consentida? Era difícil adivinarlo.
Mientras tanto, en Tartenos, la capital de Deucratis, la situación se había vuelto del todo insostenible para los deucratianos. La propia reina había convocado a una sesión extraordinaria del Senado, para conseguir de una vez por todas alinear a todos los senadores en una misma dirección: la guerra contra Freilande. Los senadores acudieron a la reunión, inquietos. Estaban demasiado acostumbrados a sus miopes rencillas políticas, y parecían carecer de verdadera grandeza de espíritu, algo que era incluso más manifiesto en la hora de la necesidad, que en el abúlico día a día de calmadas conspiraciones contra conspiraciones.
La Reina Senosia se levantó, abrió los brazos, y las manos se vieron más allá de su túnica. Habló con firmeza y serenidad:
–¡Senadores! Los eventos de los últimos días nos han enseñado cosas nuevas sobre nuestro mundo. Durante los últimos cien años, hemos mantenido un inestable equilibrio de poderes entre los Seis Reinos, anulándolos una y otra vez entre nosotros con nuestro poder. Deucratis inició algunos tímidos, y hemos de decir que inintencionados, pasos hacia la unificación, al permitir que en nuestro gobierno participen delegados de otros reinos, a través de nuestro Senado, a condición de que esos delegados contrajeran matrimonio o fueran familiares de nuestra propia aristocracia. Sin embargo, eso no es suficiente para contrarrestar la amenaza contra nuestras libertades que significa la injustificada y arrolladora invasión de que hemos sido objeto los Seis Reinos, por parte de Freilande. Sabemos que desafíos supremos implican respuestas supremas, y puedo anunciar que nuestra respuesta suprema ha sido, en los últimos días, abolir las diferencias entre naciones. Nuestra libertad y nuestra seguridad están amenazados por quienes buscan tomar el control de toda la Humanidad y someterla a sus propios intereses, y frente a eso debemos resistir, no ya como naciones provincianas, sino como un todo orgánico. Hoy día puedo proclamar que ha llegado el final de los Seis Reinos. Y lo proclamo no con tristeza por aquello que hemos perdido, sino con la alegría de saber que estamos ganando algo mucho más grande y digno para todos nosotros. No es el final de los Seis Reinos porque una potencia extranjera va a hollar nuestro suelo y pisotear nuestra herencia, sino que es el final porque aún podemos unirnos y luchar contra el enemigo común, y permanecer unidos para nunca más temer a ningún nuevo enemigo común. No se nos oculte que todos sentimos miedo, miedo hacia esa tierra desconocida que se acerca a pasos agigantados. Pero en esa tierra desconocida no sólo hay monstruos. También hay oportunidades. Y si somos dignos, sabremos aprovecharlas. Muchos hombres han sacrificado lo indecible por esto. Mostrémosnos entonces dignos de recibir ese sacrificio, con la frente en alto y con serenas esperanzas, mirando hacia el mañana, siempre hacia el mañana que se abre radiante para nosotros. Permanezcamos en pie, resistamos, todos juntos como un solo cuerpo, listos para sobrellevar el embate de quienes desean aplastarnos, y luchemos, luchemos, ¡luchemos! Con toda nuestra mente, con todas nuestras energías, con todo nuestro corazón, para… par… aaaagh… gh…
Un dardo, lanzado desde lo más alto de las tribunas del Senado, había cruzado olímpicamente la sala, y se había ido a clavar contra el pecho de la Reina Senosia, interrumpiéndola e hiriéndola. Mientras ella se doblaba lentamente, tratando de mantenerse en pie, un hilillo de sangre manó de su boca. Con los ojos muy abiertos, rígidos en sus cuencas, la Reina Senosia perdió la vertical, y acabó por desplomarse en el suelo.
En medio del revuelo general, los guardias que la examinaron, gritaron:
–¡Está muerta! ¡Nuestra reina está muerta!
El asesino corrió a toda velocidad, tratando de salvar su vida, esquivando a los guardias que trataban de interceptarlo, y se refugió en una casa.
–¡Lo hice! La maté, maté a la perra. Yo… ¡Pero qué…!
Un certero flechazo asestado contra el asesino en la cara, por parte de la persona que lo esperaba, acabó con su vida.
–Perfecto. Ahora sí que será el final de los Seis Reinos…
Algo después, al campamento de Iluvia en Pelham llegaron las noticias de la muerte de la Reina Senosia, a manos de un asesino desconocido. Los embajadores, enviados por Aspenos, el nuevo monarca, el príncipe de cerca de doce años que Edmundo había visto durante su permanencia en Deucratis, venían a negociar la rendición de Deucratis.
–Bien– dijo Iluvia, antes de entrevistarse con los embajadores. –Preparen las tropas. Quiero que un contingente común de retumianos y lineanos ingrese a Deucratis y asegure nuestro dominio.
Edmundo entendió, y tembló. Dejarían que los soldados de Retum, llevados por su odio ancestral contra Deucratis, saquearan a placer. Crecería el odio de Deucratis hacia Retum, y mantendrían así la eterna división entre ambos. Iluvia no sólo tenía ahora a la totalidad de los Seis Reinos en sus manos, sino que además, estaba abortando en embrión cualquier semilla de futura rebelión. La guerra había terminado, y Freilande la había ganado.
Próximo capítulo: “La última esperanza”.
“El fin de los Seis Reinos”
–Bien. Probaste tu punto, Sheperd– dijo la Princesa Iluvia, con frialdad. –Qué propones.
–Quieres conservar tu preciosa vida, ¿eh, perra?– gritó Ezra Sheperd, levantando la cabeza con la arrogancia de quien se siente llamado para un destino superior.
–No ganarás nada volándote, y lo sabes– dijo Iluvia. –Dime qué quieres.
–La retirada completa de las tropas de Lin de los Seis Reinos– dijo Ezra Sheperd.
–No te creo tan ingenuo– dijo Iluvia. –Apenas lo hayamos hecho, te caeremos encima. Y tu única alternativa será volarte con tus explosivos, y estaremos como al comienzo.
–Soy un soldado y un hombre de honor. Si ustedes se retiran, yo me dejaré desarmar y matar– dijo Ezra Sheperd.
–Después de lo cual, pasada la amenaza, las tropas de Lin regresarán otra vez– dijo Edmundo. –¿No se te podía ocurrir un plan más idiota, acaso? ¿O estás mintiendo descaradamente, todo por… por Dios y por América, según lo dijiste?
Ezra Sheperd, por toda respuesta, llevó el dedo al detonador. Los soldados de Lin le apuntaron inmediatamente a la cabeza.
–Dispárenme, y el reflejo de mi sistema nervioso hará que apriete el botón– dijo Ezra Sheperd, acariciando sensualmente el botón del detonador.
Iluvia examinó detenidamente el rostro de Ezra Sheperd. El soldado parecía transfigurado, como si su convicción de ser “Esdras el Pastor” se le hubiera metido debajo de la piel, y lo estuviera levantando hacia las alturas de un mesías redivivo. Sin lugar a dudas que sería capaz de sacrificarse a sí mismo por lo que consideraba como justo y correcto. Iluvia examinó todo esto, y decidió que no quería mártires, después de todo. Además, mientras pasaran las horas, cabría la posibilidad de que Ezra Sheperd cometiera algún error, y fuera posible desarmarlo. Quién sabe, a lo mejor lo venciera la sed y fuera posible meterle una droga en el agua, o algo así…
–Bien– dijo Iluvia. –Nos retiraremos.
Iluvia dio entonces la orden general de retirada. Aquello desconcertó a los comandantes de Lin, pero con la férrea disciplina que los caracterizaba, obedecieron. Los últimos búnkers que resistían en Pelham, recibieron así alivio contra sus ataques. Lo mismo ocurría con las tropas de Deucratis que planteaban resistencia contra algunas avanzadas de Lin que mantenían dicho flanco a raya, mientras el grueso de las tropas lineanas terminaba de aplastar a Pelham.
–No sé cómo aspiras a salir vivo de esto– dijo Iluvia.
El rostro de Ezra Sheperd se endureció, e Iluvia lo vio entonces todo claro.
–¡Maldito loco!– gritó ella, y salió corriendo a toda velocidad de la casamata, mientras Edmundo, reaccionando prácticamente por reflejo, se arrojó sobre Ezra Sheperd. Este apretó el botón.
Al segundo siguiente, Edmundo había conseguido reducir a Ezra Sheperd, mientras éste aullaba, sorprendido y fuera de sí:
–¡Sabotaje! ¡Sabotaje!
Los soldados lineanos inmovilizaron a Ezra Sheperd y le pusieron un par de esposas. Edmundo, mientras tanto, revisó la bomba.
–Efectivamente, alguien saboteó esta bomba– le dijo a Iluvia.
Para sus adentros se preguntó si sería posible… Pero no, hubiera sido demasiado. ¿O quizás no? A lo mejor, Wolfgang Spengler había tenido algo que ver en todo ello… ¿Estaría vivo todavía Wolfgang Spengler? Ya habría tiempo de interrogar a Ezra Sheperd sobre eso.
–¿Qué hacemos con el prisionero?– preguntó Maxiana.
–Nada por el minuto. Más tarde lo interrogaremos. Cualquier información que le sonsaquemos, nos será muy útil para controlar Pelham. ¡Vuelvan a castigar esos búnkers!
Las tropas de Lin volvieron a la carga, atacando contra los búnkers. Los soldados estadounidenses, en combinación con los pelhamianos, cada vez más castigados, desmoralizados y sobrepasados, empezaron a rendirse poco a poco. En pocas horas, el control de las tropas lineanas sobre Pelham era prácticamente absoluto.
Mientras tanto, Iluvia se comunicó con su padre. El cansado rostro de Kriegsweltz IV pareció iluminarse al ver de pronto a su hija.
–¡Padre! ¡Lo he conseguido! He tomado Pelham para ti– dijo Iluvia. –Puedes sentirte orgullosa de tu hija en este día.
Kriegsweltz IV pareció desconcertado por un segundo, pero luego se echó hacia atrás.
–Has sabido serme leal a pesar de todo, hija mía– dijo finalmente. –Es bueno que… Un momento… ¿Ese que veo detrás de ti…? ¿No es…?
–Sí, padre. Es Edmundo. Ambos nos quedaremos a cargo de los Seis Reinos.
–¿Qué?– se escandalizó Kriegsweltz IV. –¡Hija, te has vuelto loca!
–Padre… Necesitas una mano dura que gobierne a los Seis Reinos en tu nombre. El inútil de Kertamma no podía ser, descubrí que él estaba conspirando contra Amrabel II para derrocarlo… Alguien que hubiera podido traicionar a su propio rey, más tarde o más temprano te hubiera traicionado a ti, padre. Con todos los recursos de los Seis Reinos a su disposición, hubiera sido una gran amenaza para ti, padre. Edmundo y yo, juntos, gobernaremos en tu nombre. Deberías darle una oportunidad a Edmundo, padre. El quiere lo mismo que tú: la paz del Planeta Interior. Dale la oportunidad.
Kriegsweltz IV pareció ahogarse. ¡El mismo había diseñado el esquema para sacar del trono a Amrabel II y reemplazarlo por un matrimonio de Kertamma e Iluvia, y ahora ella trazaba un eventual matrimonio con Edmundo, y se quedaba con los Seis Reinos! ¡Y para colmo, la propia Iluvia denunciaba la conspiración y le forzaba a él, al Kaiser Lama, al amo y señor de la mitad del Planeta Interior, a alinearse a su lado!
–¡Señora!– dijo Maxiana, acercándose por atrás, sin ningún respeto por el hecho de que Iluvia estuviera hablando con su padre el Kaiser Lama. –Acaban de llegar los delegados de Fo Kiang V, para negociar la rendición de Il Pen.
–Padre, tengo que atender esto. Si la negociación sale bien, Il Pen se encargará de aplastar los restos de resistencia en Kilbiris. Con eso, y con Ciaxarnes a nuestro favor, sólo queda someter a Retum y a Deucratis.
Y antes de esperar a que su padre dijera algo, Iluvia cortó la comunicación.
–Dejemos que lo mastique un poco, Edmundo– sonrió Iluvia, y echó sus brazos al cuello de Edmundo. –¿Qué te pasa, por qué estás tan pensativo?
–Es lo que dijiste, Iluvia. Que Kriegsweltz IV y yo en el fondo queremos lo mismo.
–Pero es que en verdad quieren lo mismo, ¿no? La paz del Planeta Interior…
–Sí– dijo Edmundo, pensativo.
Pero, ¿a qué costo? ¿Era necesario aplastar todas las libertades de la gente del Planeta Interior, convertir a todo el mundo en una dictadura planetaria, seguir con el sueño del genocida Kriegweltz IV, que había pacificado la superficie terrestre exterminando a todos sus habitantes humanos, animales y vegetales? Como fuera, su sueño de una coalición de los Seis Reinos, respetándose plenamente como hermanos políticos de plenos derechos, se había ido al demonio hacía mucho tiempo. Nunca había podido convencer a nadie de los Seis Reinos para lidiar contra Kriegsweltz IV en un frente unido. Los resultados estaban a la vista: desunidos, los Seis Reinos estaban viendo caer la cortina de su existencia independiente. Pelham, Ciaxarnes e Il Pen estaban prácticamente conquistados. Kilbiris en realidad no era un reino, sino un puñado de tribus levantiscas sin cohesión política alguna. Deucratis no resistiría demasiado tiempo. Retum era poderoso, pero no lo suficiente para luchar solo contra Kriegsweltz IV. El fin de los Seis Reinos estaba sellado, y el consolidar la posición de Freilande era más un trámite fastidiosamente burocrático, que un desafío militar de verdad.
Quedaba todavía una alternativa, se dijo entonces Edmundo. Deucratis y Retum. Ambos eran los más poderosos de los Seis Reinos. Retum se había aliado con Kriegsweltz IV por odio contra Deucratis, pero ahora que el peso de Freilande iba a caer sobre los dos, quizás los déspotas líderes de Retum cambiaran de idea… La Reina Senosia tenía talento político. Ella conseguiría sin lugar a dudas quebrar la barrera y consolidar una alianza de ambos reinos, dadas las circunstancias. ¡Todavía la resistencia era posible!
Edmundo miró a Iluvia, mientras seguía dando órdenes y coordinando. ¿En qué creía Iluvia? ¿En el sueño de su padre? ¿En ella misma y su propia ambición? ¿Estaba de verdad enamorada de él, o era tan solo un capricho de mujer mimada y consentida? Era difícil adivinarlo.
Mientras tanto, en Tartenos, la capital de Deucratis, la situación se había vuelto del todo insostenible para los deucratianos. La propia reina había convocado a una sesión extraordinaria del Senado, para conseguir de una vez por todas alinear a todos los senadores en una misma dirección: la guerra contra Freilande. Los senadores acudieron a la reunión, inquietos. Estaban demasiado acostumbrados a sus miopes rencillas políticas, y parecían carecer de verdadera grandeza de espíritu, algo que era incluso más manifiesto en la hora de la necesidad, que en el abúlico día a día de calmadas conspiraciones contra conspiraciones.
La Reina Senosia se levantó, abrió los brazos, y las manos se vieron más allá de su túnica. Habló con firmeza y serenidad:
–¡Senadores! Los eventos de los últimos días nos han enseñado cosas nuevas sobre nuestro mundo. Durante los últimos cien años, hemos mantenido un inestable equilibrio de poderes entre los Seis Reinos, anulándolos una y otra vez entre nosotros con nuestro poder. Deucratis inició algunos tímidos, y hemos de decir que inintencionados, pasos hacia la unificación, al permitir que en nuestro gobierno participen delegados de otros reinos, a través de nuestro Senado, a condición de que esos delegados contrajeran matrimonio o fueran familiares de nuestra propia aristocracia. Sin embargo, eso no es suficiente para contrarrestar la amenaza contra nuestras libertades que significa la injustificada y arrolladora invasión de que hemos sido objeto los Seis Reinos, por parte de Freilande. Sabemos que desafíos supremos implican respuestas supremas, y puedo anunciar que nuestra respuesta suprema ha sido, en los últimos días, abolir las diferencias entre naciones. Nuestra libertad y nuestra seguridad están amenazados por quienes buscan tomar el control de toda la Humanidad y someterla a sus propios intereses, y frente a eso debemos resistir, no ya como naciones provincianas, sino como un todo orgánico. Hoy día puedo proclamar que ha llegado el final de los Seis Reinos. Y lo proclamo no con tristeza por aquello que hemos perdido, sino con la alegría de saber que estamos ganando algo mucho más grande y digno para todos nosotros. No es el final de los Seis Reinos porque una potencia extranjera va a hollar nuestro suelo y pisotear nuestra herencia, sino que es el final porque aún podemos unirnos y luchar contra el enemigo común, y permanecer unidos para nunca más temer a ningún nuevo enemigo común. No se nos oculte que todos sentimos miedo, miedo hacia esa tierra desconocida que se acerca a pasos agigantados. Pero en esa tierra desconocida no sólo hay monstruos. También hay oportunidades. Y si somos dignos, sabremos aprovecharlas. Muchos hombres han sacrificado lo indecible por esto. Mostrémosnos entonces dignos de recibir ese sacrificio, con la frente en alto y con serenas esperanzas, mirando hacia el mañana, siempre hacia el mañana que se abre radiante para nosotros. Permanezcamos en pie, resistamos, todos juntos como un solo cuerpo, listos para sobrellevar el embate de quienes desean aplastarnos, y luchemos, luchemos, ¡luchemos! Con toda nuestra mente, con todas nuestras energías, con todo nuestro corazón, para… par… aaaagh… gh…
Un dardo, lanzado desde lo más alto de las tribunas del Senado, había cruzado olímpicamente la sala, y se había ido a clavar contra el pecho de la Reina Senosia, interrumpiéndola e hiriéndola. Mientras ella se doblaba lentamente, tratando de mantenerse en pie, un hilillo de sangre manó de su boca. Con los ojos muy abiertos, rígidos en sus cuencas, la Reina Senosia perdió la vertical, y acabó por desplomarse en el suelo.
En medio del revuelo general, los guardias que la examinaron, gritaron:
–¡Está muerta! ¡Nuestra reina está muerta!
El asesino corrió a toda velocidad, tratando de salvar su vida, esquivando a los guardias que trataban de interceptarlo, y se refugió en una casa.
–¡Lo hice! La maté, maté a la perra. Yo… ¡Pero qué…!
Un certero flechazo asestado contra el asesino en la cara, por parte de la persona que lo esperaba, acabó con su vida.
–Perfecto. Ahora sí que será el final de los Seis Reinos…
Algo después, al campamento de Iluvia en Pelham llegaron las noticias de la muerte de la Reina Senosia, a manos de un asesino desconocido. Los embajadores, enviados por Aspenos, el nuevo monarca, el príncipe de cerca de doce años que Edmundo había visto durante su permanencia en Deucratis, venían a negociar la rendición de Deucratis.
–Bien– dijo Iluvia, antes de entrevistarse con los embajadores. –Preparen las tropas. Quiero que un contingente común de retumianos y lineanos ingrese a Deucratis y asegure nuestro dominio.
Edmundo entendió, y tembló. Dejarían que los soldados de Retum, llevados por su odio ancestral contra Deucratis, saquearan a placer. Crecería el odio de Deucratis hacia Retum, y mantendrían así la eterna división entre ambos. Iluvia no sólo tenía ahora a la totalidad de los Seis Reinos en sus manos, sino que además, estaba abortando en embrión cualquier semilla de futura rebelión. La guerra había terminado, y Freilande la había ganado.
Próximo capítulo: “La última esperanza”.
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