lunes 5 de octubre de 2009

Capítulo 3-01 - "Términos de rendición".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo ha iniciado una guerrilla desesperada para combatir el poderío planetario del Kaiser Lama Kriegsweltz IV. Para resistir con éxito, trata de unir a los Seis Reinos en una coalición, y utilizar sus yacimientos de teranergium para oponerse a Kriegsweltz IV. Pero las tropas de Freilande invaden a los Seis Reinos. Edmundo cae en el interior del Necropozo con Iluvia, la princesa hija de Kriegsweltz IV. Superadas las diversas amenazas del Necropozo, Iluvia hace una inesperada proposición de matrimonio a Edmundo

“Términos de rendición”

Edmundo miró a la Princesa Iluvia, y lo meditó un minuto.


–Sabes que no te amo, ¿verdad?– preguntó Edmundo, con algo de pena en la voz.

–El matrimonio de una Princesa de Freilande no es cuestión de amor, Edmundo. Es política– dijo Iluvia, mortalmente seria, y luego añadió, tratando en vano de que no sonara como una jactancia pueril: –Además, sé que con el tiempo llegarás a amarme.

Edmundo sonrió con tristeza. Su mente voló hacia Diana. ¿Qué sería de ella? La última vez que la había visto, estaba tendida en una cama, recuperándose de un intento de envenenamiento. Bien, al menos Blutmist de Crotus había pagado un alto precio por lo que había hecho. O los pedazos de él, dondequiera se encontraran ahora. Pobre diablo, morir en pedazos víctima de una explosión no es el final que un petimetre maquiavélico poco acostumbrado a la acción física hubiera escogido para sí.

–Si atrapamos a Kertamma, ¿qué te hace pensar que las tropas de Lin te obedecerán?

–No tendrán más remedio. Soy una Princesa Real. Me haré obedecer. Si el segundo al mando en el ejército decide sublevarse, lo mato. Y al tercero. Y al cuarto. Llegará un minuto en que alguien decidirá que es mejor obedecerme. Y no me tocarán, soy una Princesa Real después de todo.

Edmundo sopesó la situación. El ejército de Lin era temible. Los lineanos eran las tropas más poderosas de todo el Planeta Interior, casi la guardia pretoriana de Freilande, y leales hasta el fin con Kriegsweltz IV. Estando Iluvia a la cabeza del ejército, quizás podría conseguir unificar de una vez por todas a los Seis Reinos en una alianza contra Kriegsweltz IV… Aunque para eso tuviera que pasar por sobre la autoridad de seis reyes.

–Bien– dijo finalmente Edmundo.

Después de recuperar fuerzas un poco entre los bolianos, se despidieron de Ubil, agradeciendo profusamente su generosidad.

–Recuerden. Puede que un día deba subir, y entonces ustedes me estarán debiendo un favor– dijo Ubil, con su ágil mente de comerciante.

Edmundo e Iluvia asintieron. Y prosiguieron camino. Estrato tras estrato. Hacia regiones cada vez más civilizadas cada vez. Frente a las penurias pasadas en el Necropozo, aquello era casi un juego de niños.

Llegaron de esta manera al nivel superior, hasta la boca del Necropozo. Erraron por un camino durante cerca de una hora, hasta que dieron con la cabaña de un campesino, que como muchas en esos parajes, tenía un huerto que malamente daba algunas hortalizas y frutas magras. Allí, Iluvia preguntó por las novedades.

–No sabemos mucho, nosotros. Parece que Lin le pasó por encima a Pelham… Deucratis no pudo ayudar mucho. Ahora, los de Lin están en Pelham… Aunque yo qué sé.

Ezra Sheperd, líder autoproclamado de Pelham después de haber dado un golpe de estado. ¿Qué lo había impulsado a atacar, aparte de su fanatismo por Estados Unidos, una nación que de todas maneras ya no existía, gracias al genocidio planetario practicado por Kriegsweltz IV hacía dos años atrás? Sea como fuere, la alianza de Pelham y Deucratis era la más sólida contra Freilande. Con Pelham destruido, con Kilbiris y Bexialus en guerra civil, y con Il Pen y Retum apoyando a los invasores, Deucratis enfrentaría la guerra prácticamente sola. La precipitación de Ezra Sheperd, y la mala suerte de no haber podido usar el secuestro de Iluvia a tiempo como baza, habían sellado la suerte de los Seis Reinos.

–Pero una parte del ejército está hacia el norte– dijo el campesino. –Son mujeres, y saquean y arrasan granjas…

–Maxiana– dijo Iluvia. Evidentemente, después de defender a Iluvia a ultranza, Maxiana y el cuerpo militar de Iluvia habían quedado en muy mal pie. Seguramente se habían separado del ejército de Lin. Ahí estaba el mecanismo para dar un golpe contra Kertamma.

Algo de trabajo le costó a Edmundo convencer a Iluvia de que no masacrara a los campesinos para que delataran su posición. Iluvia le recordó a Edmundo que el regreso de los geólogos que éste había dejado libres, había permitido que Freilande se enterara del curso de acción que éste había adoptado. Pero Edmundo repuso que para cuando la información de que Iluvia y Edmundo habían estado en esa cabaña de campesinos llegara a los oídos de Kertamma, éste ya estaría convenientemente asegurado en una celda.

Edmundo e Iluvia empezaron así a vagar hacia el norte. Seguir el rastro de destrucción dejado por Maxiana no fue excesivamente difícil, y al final consiguieron alcanzarla.

–¡Mi Princesa!– dijo Maxiana, postrándose ante ella.

–Maxiana, informe– dijo Iluvia, glacial.

–Kertamma está destruyendo uno a uno todos los búnkers de Pelham, y tanto las tropas nativas de Pelham como las unidades del ejército de Estados Unidos están siendo aniquiladas bastión por bastión. Deucratis está reorganizándose para un último ataque, pero su única esperanza es que Pelham resista lo suficiente como para darles tiempo, ya que el ejército de Retum va con rumbo a Tartenos dispuesto a la aniquilación final.

Mientras Iluvia terminaba de arreglar la estrategia fina contra Kertamma, Edmundo sintió que una enorme fatiga caía encima suyo, y decidió abstraerse por un minuto, saliendo del campamento. En ese minuto, su entrenado ojo de guerrillero le permitió ver una silueta familiar. Corrió entonces, sin detenerse cuando las centinelas apostados por Maxiana le llamaron de vuelta (y tampoco es que se esforzaran mucho por ello), y subió la ladera de un pequeño cerro. Allí descubrió la presencia de Rdijsavij y Menuyinu.

–¡Mis revedas!– dijo Edmundo, exultante de felicidad y abrazando a las dos criaturas reptilianas, quienes reaccionaron con fiereza y se alejaron. –Bueno, son revedas, a fin de cuentas…– repuso Edmundo, riéndose.

En breves términos, Edmundo compartió el plan con Rdijsavij y Menuyinu, y les impartió algunas instrucciones. “¡Rij!”, replicaron éstos, y emprendieron rápidamente la retirada, cada uno con rumbos distintos, ya que sus propósitos eran también distintos.

Edmundo respiró hondo, miró hacia arriba, hacia la rocosa bóveda del estrato, y sonrió. Tuvo que hacer un esfuerzo para no largarse a reir.

Luego de dormitar unas pocas horas y reponer fuerzas, Edmundo e Iluvia se pusieron nuevamente en campaña. Maxiana se reportó ante ellos, informando que las tropas estaban listas. Sin perder más tiempo, abordaron los vehículos y se pusieron en camino con rumbo a Pelham. No había más tiempo que perder.

El viaje fue bastante expedito, en parte porque siendo los Seis Reinos casi por completo una zona de guerra, en la que nadie podía estar demasiado seguro de quién estaba aliado con quién, nadie se atrevió a atacar a un convoy tan poderoso como el de las guerreras del cuerpo de élite de Maxiana, y como ésta no hacía tampoco amago de detenerse, no hubo roces ni hostilidades. La población civil tampoco tentó nada, por supuesto.

De esta manera, después de cerca de una jornada de viaje, consiguieron alcanzar la posición en la que debía encontrarse el campamento militar de Lin.

–¡Aquí, el Cuartel General de la Cuarta División de Lin! ¡Identifíquese!– gritaron por radio.

–Aquí Maxiana, Comandante de la Guardia Personal de la Princesa Iluvia– dijo Maxiana sin detenerse. –Venimos a negociar los términos de rendición con el General Kertamma.

–Un momento, deténganse mientras…

–Mientras más burócratas se pongan con esto, menores posibilidades tenemos de unirnos a sus tropas y de ayudar en aplastar a Pelham y Deucratis– dijo Maxiana. –¡Así es que, soldadito, no me hagas perder el tiempo, y avísale a Kertamma de nuestra llegada!

–Sí, señora– dijo la voz, al otro lado, ciertamente cohibida.

Iluvia miró a Edmundo con una sonrisa irónica.

–Realmente tienes tropas muy bien entrenadas– reconoció Edmundo. –Y con agallas.

–Nos eligen por ser las mejores– dijo Maxiana, dándose vuelta hacia el asiento de atrás para enfrentar a Edmundo.

Aquello podía ser una simple bravata, pero Edmundo se sentía inquieto. Iluvia había ordenado tratar a Edmundo como a un aliado, pero Maxiana seguramente no olvidaba que el propósito inicial de Edmundo, al tratar de infiltrarse en el campamento de Lin, había sido secuestrar a Iluvia. En la refriega subsiguiente habían muerto varias subordinadas de Maxiana, e Iluvia casi había muerto después en el interior del Necropozo. Edmundo sabía que debía manejar a Maxiana con cuidado, y en todo caso, el delgado hilo que representaba la benevolencia de Iluvia, era su única protección.

Nada más llegar el convoy, los vehículos se detuvieron. Maxiana no tuvo inconvenientes en identificar la casamata central en que debía estar el General Kertamma y su estado mayor.

–¡Guardianas…! ¡Fuego!– gritó Maxiana.

Inmediatamente, todos los vehículos del convoy sacaron su armamento pesado, y las guardianas que no tenían acceso a éste, salieron de sus respectivos vehículos, armados de granadas y lanzacohetes. Dispararon una ráfaga, tan solo una, pero concentrando todo el fuego en la casamata.

Una terrible explosión hizo saltar la misma por los aires.

Todos los soldados apuntaron al convoy, listos a disparar, pero la Princesa Iluvia se bajó de su respectivo vehículo. Los oficiales lineanos a cargo vacilaron en disparar contra la Princesa. Este efecto estaba calculado, desde luego.

–¡Soldados!– proclamó la Princesa Iluvia. –¡Habéis visto el ajusticiamiento de un traidor, del General Kertamma! ¡Decidme a quién queréis defender! ¿A Lin, a Freilande, a todos los ideales de honor y de justicia que representa el Imperio del Kaiser Lama? ¿O a un renegado que intentaba atentar contra la corona de Amrabel II y apoderarse del trono? ¡Soy una Princesa Imperial, y os conmino a que me digáis qué sois, si simples mercenarios al servicio de un soldado de fortuna, o por el contrario, si sois orgullosos soldados de la estirpe de los legendarios guerreros de Lin!

Los oficiales vacilaron aún más. Algunos de ellos hicieron la seña para que bajaran el arma, aunque la mantuvieran todavía en sus manos, por lo que pudiera suceder.

–Muy bien. Haré que vuestra expedición, la que habéis emprendido para mayor gloria de un solo hombre, valga verdaderamente la pena. Yo les prometo que a partir de hoy dirán de ustedes: “Ese día cayeron los Seis Reinos, y ellos fueron los valientes que lo lograron”.

Y la Princesa Iluvia hizo un gesto a Edmundo. Este bajó del vehículo.

–Es tu turno, Edmundo. Inicia las negociaciones con los Seis Reinos– ordenó imperiosamente, como buena Princesa Real.

–Partiremos con Pelham– dijo Edmundo, sin rechistar.

Iluvia dio rápidamente órdenes para habilitar una nueva casamata como cuartel general. Los soldados de Lin, aún turulatos por lo ocurrido, pero no atreviéndose a contrariar a una Princesa Imperial, aunque ésta hubiera sido defenestrada por el General Kertamma, acataron con docilidad.

Después de las consabidas cadenas de comunicaciones en que un funcionario le pasa la comunicación a otro superior, Edmundo pudo al fin comunicarse con Ezra Sheperd.

–¡Edmundo! ¡De manera que los rumores eran ciertos! ¡Te has unido a Iluvia!

–Así es, Ezra. Es la única alternativa posible. Ezra, es tiempo de someter a los Seis Reinos de una vez. La independencia ya no es sostenible para nadie, no mientras haya un poder tan grande como el de Freilande. La única alternativa que queda, es hacer de ese poder algo más justo. Por eso estamos aliados Iluvia y yo.

–Entonces nada tengo que tratar contigo, Edmundo. Has traicionado a la causa. Has traicionado a la superficie terrestre. Y yo prefiero morir antes que negociar una rendición.

–Piénsalo, Ezra. Te concederé una tregua de tres horas. En esas tres horas no recibirás un nuevo ataque, nuestras tropas sólo se defenderán…

–¡“Nuestras” tropas, Edmundo! ¡“Nuestras”, has dicho! ¿A tanto se te ha subido la sangre a la cabeza! ¡Son las tropas de Iluvia, son de Freilande! ¡Te usarán y te desecharán…!

–Tres horas, Ezra. Si no lo haces por ti, házlo por Pelham, la nación que tomaste por golpe de estado. Que no le ocurra a Pelham lo mismo que le ocurrió a Estados Unidos. Que no se diga de Ezra Sheperd que tuvo a su cargo la defensa de dos naciones, y las dos naciones fueron masacradas una detrás de otra.

Iluvia dio orden de respetar la tregua, y durante ese tiempo, las tropas de Freilande no hicieron nada en contra de Pelham.

Finalmente, Ezra Sheperd volvió a comunicarse, diez minutos antes del final de la tregua.

–Acepto negociar una rendición, Edmundo. Pero que conste, lo hago por el bienestar de la población civil de Pelham, que no será mi nación originaria, pero que al hacerme cargo de ella, he tomado el compromiso de defender.

–No saldrás decepcionado, Ezra. Descubrirás que los términos de rendición son muy razonables– dijo Edmundo, no sin fiereza.

Algunas horas después, un convoy tripulado por Ezra Sheperd y otros rehenes se acercó hasta el campamento de Lin. Iluvia sonrió abiertamente, maravillada por la manera en que Edmundo había conseguido manejar la situación y convencer a Ezra Sheperd.

Ezra Sheperd y los suyos ingresaron hasta una casamata especialmente habilitada para recibirlos. Era la primera vez que Ezra Sheperd y Edmundo se encontraban desde que el primero había enviado al segundo para organizar una cruzada contra Bexialus.

–Bien. Veamos los términos de la rendición– dijo Edmundo. –Son…

–¡El Ejército de los Estados Unidos nunca se rinde!– ladró Ezra Sheperd, y de inmediato se abrió la chaqueta. Habían explosivos en su interior. –¡Por Dios, y por América! ¡Hoy día morirán ambos, la princesa hija de Kriegsweltz IV, y el traidor a la causa!

Próximo capítulo: “El final de los Seis Reinos”.