Capítulo 2-22 (46) - "¿Puede el Rojberij derrotar a Loi Pang?".
ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: En Er Kiyole, después de caer al fondo del Necropozo, Edmundo e Iluvia salvan por milagro de la vida. Son llevados a la orilla, y emprenden el viaje de regreso hacia la boca del Necropozo. Pero en el camino descubren que la leyenda de Loi Pang tiene base real, y ahora ellos deberán sobrevivir a ésta…
Ya prácticamente pisaban el agua del lago, y los seis humaniformes seguían su movimiento envolvente. La colonia, al centro de los seis humaniformes, seguía marchando como un gigantón antropomórfico, de formas maldefinidas por los insectos que se integraban y salían de él en todo momento. Edmundo se daba perfecta cuenta de que aunque pudiera matar a los seis humanoides entre Iluvia y él, los insectos se le arrojarían encima y le infestarían metiéndole sus larvas en el cráneo.
–Los insectos no podrán hacernos nada en el agua– dijo Edmundo de repente. –Vamos a lo profundo del lago, nos sumergimos, y matamos a los infectados bajo el agua.
Los insectos se lanzaron en una nube contra Edmundo e Iluvia. Estos se arrojaron a nadar, adentrándose en el lago. Los seis humanoides les siguieron. Edmundo e Iluvia tomaron aire, y se sumergieron. Edmundo, sin dejar de empuñar su arpón, clavó éste con todas sus fuerzas en el pie de un humano, luego en el de otro, luego en un zamariano…
El aire empezaba a faltarle. Uno de los humanos avanzó en su contra. Edmundo, luchando contra el agua circundante que ralentizaba sus movimientos, descargó el arpón con todas sus fuerzas y le atravesó el pecho. El humano había muerto, pero en su pecho estaba atascado el arpón.
El aire se le agotaba, y arriba estaba la maldita nube de insectos. Se preguntó si podían los insectos verles bajo el agua. Con los infectados preocupados de sus propias heridas, era posible que no perdieran tiempo viéndole. Edmundo se deslizó hacia un lado, todo lo que pudo, antes de levantar la cabeza y tomar una gran bocanada de aire.
Los insectos se le abalanzaron, y los infectados se le arrojaron encima. Edmundo se agachó hasta el fondo con un solo movimiento, hizo tropezar a otro humano, que cojeaba visiblemente por el arponazo anterior, y cogiéndole la cabeza con las dos manos y apoyando la rodilla sobre el pecho, le quebró el cuello. Todos aquellos movimientos, con la lentitud de moverse bajo el agua, eran casi grotescos. Pero funcionaban.
Edmundo tuvo que levantarse con desesperación. Iba a tomar otra bocanada de aire. Aún habían insectos, pero descubrió que la colonia estaba rearmándose en la orilla. Dos humanos y un zamariano estaban retirándose. Sintió el odio hacia la raza de piel azulada fluir como metal líquido mezclado con su sangre.
Sintió una mano a su lado. Se dio la media vuelta, pero bajó la guardia. Era Iluvia.
–Sé que odias a los zamarianos, Edmundo. Deja tranquilo a ése. Ya se van.
Por supuesto que no salieron del agua. Recuperaron sus arpones y caminaron por lo profundo, sumergiendo la cabeza para caminar y levantándola para respirar en forma alternada. La colonia de insectos no hizo amago de querer seguirles, ni como organismo compuesto ni como enjambre. Edmundo había matado a dos e Iluvia a un zamariano. Y los restantes tres estaban todos heridos. No era un mal saldo.
Bastante más allá, descansando, pero siempre vigilando lo que pudiera salir desde la jungla, Edmundo sonrió tristemente.
–Rdijsavij me preguntó si podía el Rojberij derrotar al Loi Pang y devolver las almas que éste había robado. Supongo que no puedo.
–Lo derrotamos, Edmundo– dijo Iluvia, tomando firmemente la mano de Edmundo.
Edmundo miró la mano de Iluvia, agarrada a la suya propia. Ella, como niña pequeña pillada en falta, la retiró y miró en cualquiera otra dirección.
–Seyule dijo que los xilópodos mantenían al Loi Pang lejos… Me preguntó cómo será eso– dijo Edmundo.
–Enfócate, Edmundo. Aún debemos descubrir cómo regresar arriba.
–Tenemos que seguir caminando, Iluvia.
Y siguieron todavía más. La costa no era directa, por supuesto. A veces, la tierra entraba un poco en el lago, en particular si había un promontorio o algo similar. A veces era al revés, el lago entraba en tierra firme, y entonces una caminata que en línea recta hubiera sido de una o dos horas, podía fácilmente triplicarse o cuadruplicarse en tiempo.
Finalmente, la jungla empezó a ceder ante un gran farellón de roca, que crecía y crecía desde el lago hacia el interior, y que iba a rematar contra las grandes paredes del Necropozo. Edmundo y Diana empezaron a ascender por el farellón, rogando porque no saliera algún Loi Pang desde la jungla a atacarlos en una posición tan indefensa, pero nada sucedió. Al otro lado del farellón encontraron una bajada de roca, y entre esas rocas crecían algunos árboles raquíticos, en algunas parcelas de suelo. Y entre esos árboles, se levantaban algunas cabañas. Y más allá se veía una formidable cascada, cuyo fragor podía escucharse incluso a la distancia de unos kilómetros en que se encontraban.
Apenas se acercaron, salió un perro a perseguirles, ladrándoles con furia y listo para saltarles encima. Aquella criatura inesperadamente normal en un mundo repleto de criaturas como Loi Pang o los xilópodos, causó extrañeza en Edmundo. Se había acostumbrado demasiado a lo insólito y fuera de lugar, a lo menos para alguien de la superficie terrestre.
Detrás del perro salieron los habitantes de la cabaña. Era una cabaña grande, y posiblemente la compartieran varias familias, porque eran varios hombres los que salieron, armados de hachas y utensilios de labranza que no por estar dedicados al agro se veían menos mortíferos en sus robustas manos.
–¡Qué quieren!
–Venimos de más allá de… Escapamos de… Mmmmmm… Necesitamos subir por el Necropozo hacia arriba. Es imperativo.
–¿Imperativo? Sobrevivir a la naturaleza, eso es imperativo aquí…– dijo uno de ellos.
Otro se le acercó y le dijo algo al oído.
–No lo sé, no lo sé– dijo el primero, y se les acercó. Los examinó detenidamente. –No, no tienen cara de haberse encontrado con Loi Pang.
Edmundo e Iluvia se miraron de reojo, cuidando de no delatarse.
El tipo que parecía el líder, los invitó a pasar a su cabaña. En efecto, eran cabañas para varias familias, que vivían todas juntas. Eran cuatro cabañas, de enorme tamaño, y quizás unas cincuenta personas ocuparan cada una.
–Me llamo Itr… Perdonen la rudeza, amigos, pero ustedes vienen del otro lado del farellón, y allá no vamos. Allá campea el Loi Pang. No nos gustan los infectados, y apenas aparecen los matamos. Es un milagro que hayan salido con vida de allá. Y del lago, pues… Están esos malditos piratas de las islas, que vienen y capturan gente para alimentar a sus monstruos ésos, los xilópodos… Ustedes de dónde vienen…
–De arriba. Caimos en un vehículo. Alcanzamos la orilla y tuvimos que caminar por ella.
Itr y los suyos fueron hospitalarios y cordiales con Edmundo e Iluvia. Estos descubrieron lo mortalmente cansados que estaban. Durmieron un día entero allí, reponiendo fuerzas, por consejo de Itr. Y al día siguiente tampoco se hubieran levantado, de no ser porque arriba, en la boca del Necropozo, quizás se estuvieran viviendo minutos decisivos.
–Sí, mis amigos, existe un camino hacia arriba, pero es un camino muy difícil. Peor que un sendero de cabras. Algunos de los nuestros han ido a buscar cabras perdidas por allá, y han terminado desnucados… Pero se puede llegar hasta más arriba. Son varias horas de camino, de todas maneras, así es que… deben subir con mucho cuidado.
–Lo haremos– dijo Edmundo. –Y muchas gracias por su hospitalidad y generosidad.
–No hay nada que agradecer, que en este mundo siempre se debe ayudar al forastero– dijo Itr, filosófico, pero con una amplia sonrisa.
–Si algún día sube usted, tenga por seguro que le ayudaremos– dijo Iluvia, no sin una gota de infantil jactancia.
–Si usted quiere, señorita, ayúdeme casándose conmigo, mire que mi señora esposa ya…
–¡Escuché eso, Itr!– gritó la esposa, una señora de cuerpo enjuto y temperamento de los demonios, que empezó a dar una bravata contra su marido, mientras éste se reía de su pequeña y no muy acertada broma.
Edmundo e Iluvia se despidieron de Itr y del resto de los miembros de la cabaña, y emprendieron el ascenso. En efecto, éste era un terreno terriblemente difícil, casi impracticable. En algunos puntos el camino cesaba para transformarse en apenas un saliente de roca, en el que debían aferrarse muy bien para evitar caer. En más de algún punto, el camino se acercaba peligrosamente a la cascada, y si bien las gotas de la misma no salpicaban, al choque con la roca se formaban microgotitas que humedecían el aire y la roca, haciendo a ésta sumamente resbaladiza. En más de alguna ocasión, Edmundo debió sostener a Iluvia, y en otro tanto, Iluvia hizo lo mismo con Edmundo.
–Podrías haberme dejado caer– jadeó Edmundo, medio en serio y medio en broma, una vez de regreso en la cornisa. –Serías recibida con honores de héroe en Freilande…
–Me gustan los héroes vivos– dijo Iluvia, sonriendo con una mezcla de ironía y coquetería.
De esta penosa manera, pasaron varias horas ascendiendo y ascendiendo. No era raro que el fondo del Necropozo fuera casi un ecosistema cerrado. Sólo las criaturas que podían volar, serían capaces de ascender. E incluso el trecho en vertical era alto para ellas.
–Lástima que esos malditos de Er Kiyole no rescataron la radio– dijo Iluvia. –Podríamos tratar de radiar algo desde aquí para…
Edmundo lanzó otra risotada.
–¡Qué te parece tan gracioso!– restelló Iluvia, malhumorada.
–¿Qué? ¡Menos mal que no trajimos la radio, Iluvia! ¿Sabes qué hubiera pasado? ¡Nos hubiéramos llenado con esos malditos bichos, con Loi Pang…!– dijo Edmundo, y ante la mirada de estupor de Iluvia, explicó: –¿Cómo se las arregla Loi Pang para mantener la coordinación de toda la colonia de insectos y de los humanos infectados, y actuar como una sola entelequia? Fácil. Usan ondas radiales. ¿Recuerdas que no pudimos comunicarnos, y tuvimos que emplear toda la potencia de la placa de levitación del vehículo? Eso es simplemente porque el aire aquí está saturado de ondas radioeléctricas, las ondas que utilizan esos bichos. Si nos salvamos, era porque estábamos en mitad del lago, que si hubiéramos estado en la orilla, habríamos sido presa de cualquier enjambre…
–Todo eso son teorías, Edmundo.
–El Rojberij sí puede enfrentarse a Loi Pang, a fin de cuentas… Me gustaría enviar una expedición científica para estudiar a estos insectos más de cerca. Quizás algún día…
Finalmente llegaron hasta arriba. Allí fueron recogidos por un caravanero de raza boliana. Los bolianos eran seres humaniformes también, muy rechonchos, de piel completamente rojiza, casi como una botella de vino color sangre. Según las leyendas, los bolianos regían como salvajes en los estratos inferiores. De hecho, probablemente sus antepasados fueron quienes hayan aniquilados a los xilópodos en las orillas del lago, si Seyule tenía razón. Pero lo que Edmundo alcanzó a ver, no lucía como propio de criaturas salvajes.
–De manera que vienen desde abajo– dijo Ubil, el jefe de los caravaneros. –Han hecho un largo viaje. Nadie viaja para allá, no hay caminos practicables.
–Caímos por accidente– dijo Edmundo. –Y necesitamos seguir subiendo. ¿Pueden ustedes…?
–¡Por supuesto!– dijo Ubil. –Los acompañaremos si gustan. Pero no subiremos en un tiempo. Es mala época para ir a comerciar.
–¿Mala?
–Las cosas están revueltas en los estratos superiores, y todas las rutas comerciales hacia la boca del Necropozo están interrumpidas. Los Seis Reinos están en guerra.
–Estalló la guerra– dijo Edmundo, pálido. Todos sus esfuerzos, al final no habían servido para nada. Había tratado de demorar la guerra, y ésta había estallado de todas formas.
–¿Quién lucha con quién?– preguntó Iluvia.
–Freilande atacó a los Seis Reinos, o los Seis Reinos a Freilande. No lo sé ni me importa. Sólo me importa que la guerra cese de una vez, para que haya alguien con quién comerciar.
–¡Pero…! ¿No sabe quién está del lado de quién?
–Retum está con Freilande, eso seguro, e Il Pen también– dijo Ubil. –Deucratis y Pelham han tendido una alianza militar en su contra. Kilbiris, como de costumbre, está en guerra civil, la mitad apoyando a Freilande y la otra mitad en su contra, según el humor de cada jefe de tribu. Y Bexialus está en guerra civil: Deucratis apoya al príncipe Ciaxarnes para que reclame su trono, y el Templo de Ixiartes, por su parte, apoya a Freilande.
Edmundo se descorazonó. Había emprendido una larga campaña para llegar hasta el Necropozo y tratar de reunir a los Seis Reinos en una alianza. Pero las tropas de Freilande habían llegado rápido, llamadas probablemente por los geólogos que él mismo había dejado vivos, y ahora barrerían con todas las tropas que se le opusieran. Con los Seis Reinos en poder de Freilande, Kriegsweltz IV tendría acceso a sus fabulosos depósitos de teranergium. Y en el momento decisivo, Edmundo había sufrido su accidente y había perdido varios días vagando por lo más profundo y aislado del Necropozo. Todo había sido en vano. Incluso ahora que habían salido desde el fondo, ya no podía confiar en Iluvia. Era una renegada, pero ella haría lo imposible por volver a congraciarse con su padre. Incluso, podía pensar en entregarle.
Edmundo salió al exterior de la caravana, para estar solo. Hasta allá lo siguió Iluvia.
–Freilande ganará, Edmundo. Eso es inevitable– dijo Iluvia. –Ahora sólo queda elegir el escenario de la postguerra. Y… Edmundo… Tú estás en el escenario que pienso.
Edmundo miró a Iluvia, sin contestar.
–Cásate conmigo, Edmundo. Arrestemos a Kertamma, ganemos la batalla, y nos apoderamos de los Seis Reinos. Y entonces, hasta mi padre tendrá que negociar contigo. ¿Te das cuenta, Edmundo? Juntos, podemos traer la paz a todo el Planeta Interior…
Próximo capítulo: “Términos de rendición”.
“¿Puede el Rojberij derrotar a Loi Pang?”
Ya prácticamente pisaban el agua del lago, y los seis humaniformes seguían su movimiento envolvente. La colonia, al centro de los seis humaniformes, seguía marchando como un gigantón antropomórfico, de formas maldefinidas por los insectos que se integraban y salían de él en todo momento. Edmundo se daba perfecta cuenta de que aunque pudiera matar a los seis humanoides entre Iluvia y él, los insectos se le arrojarían encima y le infestarían metiéndole sus larvas en el cráneo.
–Los insectos no podrán hacernos nada en el agua– dijo Edmundo de repente. –Vamos a lo profundo del lago, nos sumergimos, y matamos a los infectados bajo el agua.
Los insectos se lanzaron en una nube contra Edmundo e Iluvia. Estos se arrojaron a nadar, adentrándose en el lago. Los seis humanoides les siguieron. Edmundo e Iluvia tomaron aire, y se sumergieron. Edmundo, sin dejar de empuñar su arpón, clavó éste con todas sus fuerzas en el pie de un humano, luego en el de otro, luego en un zamariano…
El aire empezaba a faltarle. Uno de los humanos avanzó en su contra. Edmundo, luchando contra el agua circundante que ralentizaba sus movimientos, descargó el arpón con todas sus fuerzas y le atravesó el pecho. El humano había muerto, pero en su pecho estaba atascado el arpón.
El aire se le agotaba, y arriba estaba la maldita nube de insectos. Se preguntó si podían los insectos verles bajo el agua. Con los infectados preocupados de sus propias heridas, era posible que no perdieran tiempo viéndole. Edmundo se deslizó hacia un lado, todo lo que pudo, antes de levantar la cabeza y tomar una gran bocanada de aire.
Los insectos se le abalanzaron, y los infectados se le arrojaron encima. Edmundo se agachó hasta el fondo con un solo movimiento, hizo tropezar a otro humano, que cojeaba visiblemente por el arponazo anterior, y cogiéndole la cabeza con las dos manos y apoyando la rodilla sobre el pecho, le quebró el cuello. Todos aquellos movimientos, con la lentitud de moverse bajo el agua, eran casi grotescos. Pero funcionaban.
Edmundo tuvo que levantarse con desesperación. Iba a tomar otra bocanada de aire. Aún habían insectos, pero descubrió que la colonia estaba rearmándose en la orilla. Dos humanos y un zamariano estaban retirándose. Sintió el odio hacia la raza de piel azulada fluir como metal líquido mezclado con su sangre.
Sintió una mano a su lado. Se dio la media vuelta, pero bajó la guardia. Era Iluvia.
–Sé que odias a los zamarianos, Edmundo. Deja tranquilo a ése. Ya se van.
Por supuesto que no salieron del agua. Recuperaron sus arpones y caminaron por lo profundo, sumergiendo la cabeza para caminar y levantándola para respirar en forma alternada. La colonia de insectos no hizo amago de querer seguirles, ni como organismo compuesto ni como enjambre. Edmundo había matado a dos e Iluvia a un zamariano. Y los restantes tres estaban todos heridos. No era un mal saldo.
Bastante más allá, descansando, pero siempre vigilando lo que pudiera salir desde la jungla, Edmundo sonrió tristemente.
–Rdijsavij me preguntó si podía el Rojberij derrotar al Loi Pang y devolver las almas que éste había robado. Supongo que no puedo.
–Lo derrotamos, Edmundo– dijo Iluvia, tomando firmemente la mano de Edmundo.
Edmundo miró la mano de Iluvia, agarrada a la suya propia. Ella, como niña pequeña pillada en falta, la retiró y miró en cualquiera otra dirección.
–Seyule dijo que los xilópodos mantenían al Loi Pang lejos… Me preguntó cómo será eso– dijo Edmundo.
–Enfócate, Edmundo. Aún debemos descubrir cómo regresar arriba.
–Tenemos que seguir caminando, Iluvia.
Y siguieron todavía más. La costa no era directa, por supuesto. A veces, la tierra entraba un poco en el lago, en particular si había un promontorio o algo similar. A veces era al revés, el lago entraba en tierra firme, y entonces una caminata que en línea recta hubiera sido de una o dos horas, podía fácilmente triplicarse o cuadruplicarse en tiempo.
Finalmente, la jungla empezó a ceder ante un gran farellón de roca, que crecía y crecía desde el lago hacia el interior, y que iba a rematar contra las grandes paredes del Necropozo. Edmundo y Diana empezaron a ascender por el farellón, rogando porque no saliera algún Loi Pang desde la jungla a atacarlos en una posición tan indefensa, pero nada sucedió. Al otro lado del farellón encontraron una bajada de roca, y entre esas rocas crecían algunos árboles raquíticos, en algunas parcelas de suelo. Y entre esos árboles, se levantaban algunas cabañas. Y más allá se veía una formidable cascada, cuyo fragor podía escucharse incluso a la distancia de unos kilómetros en que se encontraban.
Apenas se acercaron, salió un perro a perseguirles, ladrándoles con furia y listo para saltarles encima. Aquella criatura inesperadamente normal en un mundo repleto de criaturas como Loi Pang o los xilópodos, causó extrañeza en Edmundo. Se había acostumbrado demasiado a lo insólito y fuera de lugar, a lo menos para alguien de la superficie terrestre.
Detrás del perro salieron los habitantes de la cabaña. Era una cabaña grande, y posiblemente la compartieran varias familias, porque eran varios hombres los que salieron, armados de hachas y utensilios de labranza que no por estar dedicados al agro se veían menos mortíferos en sus robustas manos.
–¡Qué quieren!
–Venimos de más allá de… Escapamos de… Mmmmmm… Necesitamos subir por el Necropozo hacia arriba. Es imperativo.
–¿Imperativo? Sobrevivir a la naturaleza, eso es imperativo aquí…– dijo uno de ellos.
Otro se le acercó y le dijo algo al oído.
–No lo sé, no lo sé– dijo el primero, y se les acercó. Los examinó detenidamente. –No, no tienen cara de haberse encontrado con Loi Pang.
Edmundo e Iluvia se miraron de reojo, cuidando de no delatarse.
El tipo que parecía el líder, los invitó a pasar a su cabaña. En efecto, eran cabañas para varias familias, que vivían todas juntas. Eran cuatro cabañas, de enorme tamaño, y quizás unas cincuenta personas ocuparan cada una.
–Me llamo Itr… Perdonen la rudeza, amigos, pero ustedes vienen del otro lado del farellón, y allá no vamos. Allá campea el Loi Pang. No nos gustan los infectados, y apenas aparecen los matamos. Es un milagro que hayan salido con vida de allá. Y del lago, pues… Están esos malditos piratas de las islas, que vienen y capturan gente para alimentar a sus monstruos ésos, los xilópodos… Ustedes de dónde vienen…
–De arriba. Caimos en un vehículo. Alcanzamos la orilla y tuvimos que caminar por ella.
Itr y los suyos fueron hospitalarios y cordiales con Edmundo e Iluvia. Estos descubrieron lo mortalmente cansados que estaban. Durmieron un día entero allí, reponiendo fuerzas, por consejo de Itr. Y al día siguiente tampoco se hubieran levantado, de no ser porque arriba, en la boca del Necropozo, quizás se estuvieran viviendo minutos decisivos.
–Sí, mis amigos, existe un camino hacia arriba, pero es un camino muy difícil. Peor que un sendero de cabras. Algunos de los nuestros han ido a buscar cabras perdidas por allá, y han terminado desnucados… Pero se puede llegar hasta más arriba. Son varias horas de camino, de todas maneras, así es que… deben subir con mucho cuidado.
–Lo haremos– dijo Edmundo. –Y muchas gracias por su hospitalidad y generosidad.
–No hay nada que agradecer, que en este mundo siempre se debe ayudar al forastero– dijo Itr, filosófico, pero con una amplia sonrisa.
–Si algún día sube usted, tenga por seguro que le ayudaremos– dijo Iluvia, no sin una gota de infantil jactancia.
–Si usted quiere, señorita, ayúdeme casándose conmigo, mire que mi señora esposa ya…
–¡Escuché eso, Itr!– gritó la esposa, una señora de cuerpo enjuto y temperamento de los demonios, que empezó a dar una bravata contra su marido, mientras éste se reía de su pequeña y no muy acertada broma.
Edmundo e Iluvia se despidieron de Itr y del resto de los miembros de la cabaña, y emprendieron el ascenso. En efecto, éste era un terreno terriblemente difícil, casi impracticable. En algunos puntos el camino cesaba para transformarse en apenas un saliente de roca, en el que debían aferrarse muy bien para evitar caer. En más de algún punto, el camino se acercaba peligrosamente a la cascada, y si bien las gotas de la misma no salpicaban, al choque con la roca se formaban microgotitas que humedecían el aire y la roca, haciendo a ésta sumamente resbaladiza. En más de alguna ocasión, Edmundo debió sostener a Iluvia, y en otro tanto, Iluvia hizo lo mismo con Edmundo.
–Podrías haberme dejado caer– jadeó Edmundo, medio en serio y medio en broma, una vez de regreso en la cornisa. –Serías recibida con honores de héroe en Freilande…
–Me gustan los héroes vivos– dijo Iluvia, sonriendo con una mezcla de ironía y coquetería.
De esta penosa manera, pasaron varias horas ascendiendo y ascendiendo. No era raro que el fondo del Necropozo fuera casi un ecosistema cerrado. Sólo las criaturas que podían volar, serían capaces de ascender. E incluso el trecho en vertical era alto para ellas.
–Lástima que esos malditos de Er Kiyole no rescataron la radio– dijo Iluvia. –Podríamos tratar de radiar algo desde aquí para…
Edmundo lanzó otra risotada.
–¡Qué te parece tan gracioso!– restelló Iluvia, malhumorada.
–¿Qué? ¡Menos mal que no trajimos la radio, Iluvia! ¿Sabes qué hubiera pasado? ¡Nos hubiéramos llenado con esos malditos bichos, con Loi Pang…!– dijo Edmundo, y ante la mirada de estupor de Iluvia, explicó: –¿Cómo se las arregla Loi Pang para mantener la coordinación de toda la colonia de insectos y de los humanos infectados, y actuar como una sola entelequia? Fácil. Usan ondas radiales. ¿Recuerdas que no pudimos comunicarnos, y tuvimos que emplear toda la potencia de la placa de levitación del vehículo? Eso es simplemente porque el aire aquí está saturado de ondas radioeléctricas, las ondas que utilizan esos bichos. Si nos salvamos, era porque estábamos en mitad del lago, que si hubiéramos estado en la orilla, habríamos sido presa de cualquier enjambre…
–Todo eso son teorías, Edmundo.
–El Rojberij sí puede enfrentarse a Loi Pang, a fin de cuentas… Me gustaría enviar una expedición científica para estudiar a estos insectos más de cerca. Quizás algún día…
Finalmente llegaron hasta arriba. Allí fueron recogidos por un caravanero de raza boliana. Los bolianos eran seres humaniformes también, muy rechonchos, de piel completamente rojiza, casi como una botella de vino color sangre. Según las leyendas, los bolianos regían como salvajes en los estratos inferiores. De hecho, probablemente sus antepasados fueron quienes hayan aniquilados a los xilópodos en las orillas del lago, si Seyule tenía razón. Pero lo que Edmundo alcanzó a ver, no lucía como propio de criaturas salvajes.
–De manera que vienen desde abajo– dijo Ubil, el jefe de los caravaneros. –Han hecho un largo viaje. Nadie viaja para allá, no hay caminos practicables.
–Caímos por accidente– dijo Edmundo. –Y necesitamos seguir subiendo. ¿Pueden ustedes…?
–¡Por supuesto!– dijo Ubil. –Los acompañaremos si gustan. Pero no subiremos en un tiempo. Es mala época para ir a comerciar.
–¿Mala?
–Las cosas están revueltas en los estratos superiores, y todas las rutas comerciales hacia la boca del Necropozo están interrumpidas. Los Seis Reinos están en guerra.
–Estalló la guerra– dijo Edmundo, pálido. Todos sus esfuerzos, al final no habían servido para nada. Había tratado de demorar la guerra, y ésta había estallado de todas formas.
–¿Quién lucha con quién?– preguntó Iluvia.
–Freilande atacó a los Seis Reinos, o los Seis Reinos a Freilande. No lo sé ni me importa. Sólo me importa que la guerra cese de una vez, para que haya alguien con quién comerciar.
–¡Pero…! ¿No sabe quién está del lado de quién?
–Retum está con Freilande, eso seguro, e Il Pen también– dijo Ubil. –Deucratis y Pelham han tendido una alianza militar en su contra. Kilbiris, como de costumbre, está en guerra civil, la mitad apoyando a Freilande y la otra mitad en su contra, según el humor de cada jefe de tribu. Y Bexialus está en guerra civil: Deucratis apoya al príncipe Ciaxarnes para que reclame su trono, y el Templo de Ixiartes, por su parte, apoya a Freilande.
Edmundo se descorazonó. Había emprendido una larga campaña para llegar hasta el Necropozo y tratar de reunir a los Seis Reinos en una alianza. Pero las tropas de Freilande habían llegado rápido, llamadas probablemente por los geólogos que él mismo había dejado vivos, y ahora barrerían con todas las tropas que se le opusieran. Con los Seis Reinos en poder de Freilande, Kriegsweltz IV tendría acceso a sus fabulosos depósitos de teranergium. Y en el momento decisivo, Edmundo había sufrido su accidente y había perdido varios días vagando por lo más profundo y aislado del Necropozo. Todo había sido en vano. Incluso ahora que habían salido desde el fondo, ya no podía confiar en Iluvia. Era una renegada, pero ella haría lo imposible por volver a congraciarse con su padre. Incluso, podía pensar en entregarle.
Edmundo salió al exterior de la caravana, para estar solo. Hasta allá lo siguió Iluvia.
–Freilande ganará, Edmundo. Eso es inevitable– dijo Iluvia. –Ahora sólo queda elegir el escenario de la postguerra. Y… Edmundo… Tú estás en el escenario que pienso.
Edmundo miró a Iluvia, sin contestar.
–Cásate conmigo, Edmundo. Arrestemos a Kertamma, ganemos la batalla, y nos apoderamos de los Seis Reinos. Y entonces, hasta mi padre tendrá que negociar contigo. ¿Te das cuenta, Edmundo? Juntos, podemos traer la paz a todo el Planeta Interior…
Próximo capítulo: “Términos de rendición”.
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