lunes 14 de mayo de 2007

Capítulo 01 - "El hundimiento".

Ocurrió simultáneamente en muchas ciudades sobre el planeta Tierra. De pronto, y al mismo tiempo, aunque a diferentes horas locales según el huso horario correspondiente, el suelo se abrió, y pareció que las mismísimas fauces del infierno, aullando polvo y furia, hubieran comenzado a tragarse a los réprobos por anticipado a cuenta del Juicio Final.

Siendo el Gran Valparaíso una ciudad que albergaba a una cantidad cercana al millón de habitantes, la catástrofe allí fue más o menos equivalente a la de varias otras ciudades de regular tamaño. Principió con una violenta onda sísmica: el suelo gruñó, crujió y se estremeció como ni los más ancianos tenían memoria. Casas se desplomaron, y el bramido de la tierra, el crujido de las maderas y el quebrarse del concreto ahogó los escalofriantes gritos de las víctimas reventadas bajo los escombros. En los cerros de Valparaíso hubo dantescos corrimientos de tierra y aluviones, que arrastraron consigo a una enorme cantidad de casas, muchas de ellas precariamente construidas. Calles enteras en los cerros se doblaron como metal caliente y se hundieron con el resto de su respectiva ladera. En Viña del Mar, edificios enteros, construidos con frágil arquitectura para abaratar costos en materiales, se desplomaron casi al instante. En Quilpué se vieron escenas igualmente espantosas: autobuses colisionando, automóviles arrojados como por una poderosa mano invisible contra peatones reventados en su propia sangre, el ferrocarril subterráneo hundiéndose, y un enorme coro de chillidos y gritos de dolor, agonía y muerte. Pero lo peor estaba por venir.

Debido a las ingentes moles de roca, los cerros que rodeaban Valparaíso, Viña del Mar, Quilpué, Villa Alemana y Concón estaban más o menos a salvo del hundimiento. Sin embargo, a lo largo de la Avenida Argentina, el pavimento se hundió de manera repentina. El agua del río subterráneo que corre debajo de ésta, afloró de repente a la superficie. Se abrieron grietas gargantuescas, que recorrieron Valparaíso con la celeridad del relámpago, y alcanzaron la totalidad del plan. Entonces un nuevo estruendo, aún más ensordecedor que los anteriores, se dejó escuchar, y Valparaíso empezó a hundirse literalmente sobre sí mismo. Las grietas, por su parte, corrieron por el borde costero, doblando la Curva de los Mayos, hundiendo todos los edificios construidos sobre la roca en los mismos, y alcanzando a Viña del Mar. Se propagaron por el Estero Marga Marga y se ramificaron por todo el plan. El Mall Marina Arauco, un revoltijo de anarquía arquitectónica de cemento y acero, se hundió sobre sí mismo. A través del Estero Marga Marga, las grietas siguieron hasta muy adentro, aunque sin alcanzar a Quilpué, que así se quedó con el flaco consuelo de ser sólo víctima del terremoto.

Porque la tierra en Valparaíso y Viña del Mar estaba abriéndose, el suelo se estaba hundiendo, y de a poco comenzaban a verse las paredes rocosas de la corteza terrestre, bajo la cual estaban desapareciendo.

Cuando todo empezó, Edmundo estaba en su habitación, preocupado porque tenía una prueba en la Universidad fijada para el día siguiente. De pronto sintió deseos de tomar una taza de café. Salió fuera de su habitación, a la cocina de la pensión. Alcanzó a divisar la melancólica figura de Spengler saliendo de la pensión y cerrando suavemente la puerta. Al mismo tiempo apareció Diana.

–¿Volvió a salir el viejo ése?– preguntó Diana, sonriendo.

–Como siempre, a dar sus vueltas…

–No sé, es medio creepy, el viejito…

–No seas mala, no es tan viejo… ¿Tendrá sus cuarenta?

–Y habla solo, no sé… ¿Y? ¡Cómo estás para mañana!

–Bien, bien, tengo que despachar un resto de materia… ¿Vas a entrenamiento?

–Sí… Tenemos partido pasado mañana.

–Encesta una por mí, ¿vale?

–¡Oye, fresco! ¡Te voy a acusar a tu polola!– dijo Diana, riéndose.

–¿Y? ¡Dile! ¿Algún problema?– contestó Edmundo, siguiendo la broma haciéndose el macho.

–¡A mi pololo! ¡Te acuso a mi pololo!

–¡Acúsame, a ver…! ¡Qué…! ¿Me va a hacer algo, tu pololo?

Edmundo complementó eso último mostrando uno de sus bíceps.

–¡A ver qué hace con esta resistencia estructural!

–¡Todo creído porque está estudiando…!

Diana no pudo terminar su frase. El terremoto comenzó.

Al poco de iniciado el terremoto, Spengler regresó a la pensión, gritando como un desaforado en su castellano cerrado de costumbre:

–¡Ehmpezó! ¡Ehmpezó! ¡Cúbrranse!

Diana se quedó paralojizada por un instante, pero bastó que Edmundo le tomara el brazo, para correr hacia el exterior de la pensión como un conejo herido. Edmundo no perdió tiempo en seguirla, pero alcanzó a ver a Spengler de reojo. Estaba ingresando a su pieza.

–¡Don Wolfgang! ¡Venga, esto se puede desplomar!

–¡Mi dhiarrio! ¡Thengo qhue yevarrme mi dhiarrio!

Edmundo intentó incluso forcejear con el hombre, el cual, a pesar de tener una contextura física más bien esmirriada, demostró tener bastante fuerza. Edmundo consiguió sacarlo, y en tanto, Wolfgang Spengler salió cargando una pequeña libreta consigo.

Salir al exterior y derrumbarse la pensión, fue todo uno. Era previsible: se trataba de una casa vieja construida en el centro de Viña del Mar.

Una gigantesca grieta se abrió paso por la calle con la velocidad de una culebra. El pavimento se trizó y se dobló, y el trío cayó a tierra antes de poder reaccionar.

En ese preciso instante vino el peor bramido de todos. Ante el estupor del trío, y de algunos otros supervivientes que conseguían escapar de las casas y edificios que se desplomaban y soltaban nubes de polvo y escoria a su alrededor, los cerros alrededor de Viña del Mar empezaron a parecer más altos y grandes.

–¡No son los cerros más grrandhes!– dijo Spengler. –¡Nosothros nos esthamos hundhiendho!

–¿Qué cosa?

Spengler miró a Edmundo, con los ojos desorbitados.

–¡Es un athaqhue! ¡Esthán athacandho la superrficie therrestrre!

Edmundo se preguntó si acaso el viejo estaba perdiendo el juicio.

El bramido seguía, el terremoto lo mismo, y ahora era evidente lo que Spengler decía: el plan entero de Viña del Mar estaba siendo tragado por la tierra.

–¿Vamos a ir al infierno?– preguntó Diana, casi llorosa, tratando de aferrarse al suelo para no ser zarandeada de un lado a otro, en tanto que los cables del tendido eléctrico, libres de toda sujección, se zarandeaban de un lado a otro.

–¡Al infierrno no!– gritó Spengler, para hacerse oir. –¡A Lieberrlandhe!

Ahora, ya todas las casas y edificios se habían desplomado casi sin excepción. Podían verse las paredes rocosas de la corteza terrestre, al fondo. Y un nuevo tipo de rugido lo invadía todo.

–¡Ahora qué!– gritó Edmundo.

–¡El marr! ¡Debhemos buscarr rrefugio!– gritó Spengler.

–¿El mar?

–¡El marr! ¡Si el terreno hundhidho llega al marr, el marr invadhirrá todho estho!

En efecto, en el borde occidental del terreno hundido, que comprendía todo el plan de Viña del Mar, el Océano Pacífico comenzaba lentamente a desbordarse, al comienzo con ligereza, y luego, a medida que la propia fuerza del agua vertiéndose iba desgastando el borde de légamo y sedimentos, con ímpetu cada vez mayor. Poco a poco, todo el plan de Viña del Mar estaba viéndose invadido por la fuerza de las aguas.

El terreno hundido era ahora un gigantesco cuenco sin salida posible. Edmundo, Diana, Wolfgang Spengler, y todos los que se las hubieran arreglado para sobrevivir al terremoto, estaban ahora cazados en una ratonera. En muy pocos minutos, el océano lo invadiría todo, y perecerían ahogados. Sus cadáveres se verían tan pintorescos como un grupo de peces en un barril.