Capítulo 3-06 - "Tartenos bajo estado de sitio".
ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Descubierta la traición de Edmundo, Iluvia ordena su persecusión y ejecución. Pero sus amigos Rdijsavij y Wolfgang Spengler consiguen salvarle. Edmundo es así reunido con Fisherman, quien ha sido previamente liberado por Rdijsavij. Una vez a salvo, Wolfgang Spengler hace notar a Edmundo una última posibilidad: echar mano al Proyecto Polaris para destruir de una vez por todas a Kriegsweltz IV…
Todo suele verse mejor después de algunas horas de sueño. Edmundo se levantó, dispuesto a seguir adelante hasta donde fuera necesario.
–Y bien, Wolfgang, ahora cómo saldremos de Tartenos.
–Yendo al Palacio Real– dijo Gibson, antes de que Wolfgang Spengler pudiera contestar. El propio alemán parecía sorprendido.
–¡Pero acabamos de salir de ahí! ¿Introducirnos de nuevo…? ¡Para qué…!
–Diana está allá– informó Gibson simplemente. –Acabo de corroborarlo.
¿Era cierto…? ¿Diana seguía viva? Edmundo recordó que había tenido que dejarla atrás, convaleciente después de un intento por envenenarlos a ambos, cuando había partido a la misión de secuestrar a Iluvia. Después, Edmundo había terminado encerrado en el Necropozo, mientras que de Diana, nunca más había sabido… Bueno, al menos Blutmist de Crotus, que había conspirado para envenenarlos, había acabado en menudos pedazos, cuando una bomba lo había reventado por los aires. Edmundo sonrió torvamente al recordar la cruel muerte de Blutmist de Crotus.
–Diana ha preparado un cuerpo especial de soldados para escapar desde Tartenos– dijo Gibson. –Así burlaremos el estado de sitio.
Edmundo asintió, pero no se le escapó que Wolfgang Spengler fruncía el ceño. En realidad, el alemán tenía razón. Salir de la boca del lobo para volver a meterse en ella era una tontería. Y sin embargo… Edmundo quería volver a ver a Diana. Nunca había sopesado demasiado su relación. Simplemente, era natural que ambos, desarraigados desde la superficie terrestre, y casi los únicos supervivientes de aquella, se pusieran cada uno en el lugar del otro y llegaran a generar la corriente de simpatía necesaria para que naciera un romance. Pero después, al ser envenenada Diana, Edmundo había aprendido por las malas cuán necesaria era ella para él, para apoyarle, para darle ánimos y consuelo. Quería volver a verla, aunque muriera en el intento. ¿Renunciaría para ello a librar al Planeta Interior de la tiranía de Kriegsweltz IV? Quizás. Después de todo… ¿qué había hecho el Planeta Interior por él? Desde que habían caído por el pozo, al hundirse Viña del Mar, todo se había tornado odioso, problemático, complicado. Antes de eso, todo era tan fácil…
–Conserva la sangre fría, Edmundo– se dijo éste con un resto de conciencia, y sólo entonces pudo calibrar cuán excitado estaba por la posibilidad de volver a ver a Diana.
El grupo se movió con la mayor naturalidad del mundo, como si no hubieran guardias espiando por todas partes. Gibson, que en el intertanto había emprendido una arriesgada expedición de ida y regreso hacia el Palacio Real de Tartenos, oficiaba de guía. Al llegar a las inmediaciones de la puerta de servicio, una doncella salió a recibirlos. Después de un breve intercambio de palabras, la doncella los guió a través de las bodegas y la cocina, hasta llegar a la sección de cuartos de los criados. Allí esperaba Diana.
Al verla, Edmundo sintió que el mundo entero desaparecía. Allí sólo estaba Diana, su adorada Diana, parada al lado de un simple camastro de sirviente, y con la cabeza cubierta con un pañuelo. Pero al verle, ella no sonrió. Edmundo se quedó como de piedra. ¿Acaso ella… no…?
–Diana… ¿estás bien…?
De inmediato sospechó lo peor, y sacó su arma, pensando en que aquello era una emboscada, y Diana era la carnada. Miró de reojo a Gibson, por si él también fuera parte de aquello. Pero Diana le hizo bajar el arma con un gesto cansado. Antes de que Edmundo pudiera siquiera protestar, Diana le abrazó, de una manera lenta e intensa.
–No quiero interrumpir, pero tenemos que irnos– dijo Fisherman.
Diana se separó del abrazo, y asintió. Luego, guió al grupo entero hacia la sección de los guardias. Ingresar allí era suicidio: justamente eran los guardias de Tartenos quienes tenían instrucciones de apresar a cualquiera de los fugitivos que descubrieran.
–Muchos no se atreven a rebelarse– informó Diana. –Pero tampoco están contentos con que Aspenos se haya rendido a Iluvia. Algunos piensan que sería más honroso incluso morir dando batalla. No muchos, pero los suficientes como para intentar un plan de escape.
Apenas Edmundo vio acercarse a algunos guardias, reconoció a cuatro de ellos. Eran Kertratis, Hebión, Feris y Calibos, cuyo patriotismo estaba bien probado cuando habían ayudado a Edmundo a salir de Tartenos e infiltrarse para tratar de secuestrar a Iluvia. Era una elección obvia para Diana, dirigirse a ellos en primer lugar.
–Tenías toda la razón, Edmundo– dijo Feris, en voz baja, pero sin poder contener su indignación. –Esos malditos soldados de Iluvia están por todas partes. Si no le hubiéramos dejado esto a los senadores, si hubiéramos tomado esto en nuestras manos…
–Equivocados o no, son los senadores. Juramos defender el sistema– dijo Calibos. –¿Qué íbamos a hacer, sublevarnos?
–Edmundo, ya no hay lugar para nosotros acá– dijo Hebión. –No podemos seguir perteneciendo al ejército de Deucratis. El ejército en masa está siendo purgado, todos los sospechosos de disidencia contra Freilande están siendo llevados a la pared para ser fusilados, sin ni siquiera una corte marcial. Te seguiremos.
–¿Ya supiste lo que le pasó a la última guerrilla que comandé?– dijo Edmundo, remarcando la ironía para evitar descorazonarse con el recuerdo de la masacre que la había acabado.
–Sí. Peleaste como un valiente. ¡Y mataste al hijo de perra de Bersil!– saltó Kertratis.
Edmundo miró a los cuatro soldados. Le respetaban. Edmundo no pudo menos que sentirse intimidado. Todo lo que había tentado hasta el minuto no eran más que empresas desesperadas, y siempre lo había conseguido todo demasiado poco o demasiado tarde. No había conseguido armar una guerrilla eficaz, y después no había conseguido evitar que los Seis Reinos cayeran en manos de Freilande. Incluso sus compañeros más cercanos, Wolfgang Spengler y Diana, habían estado cerca de la muerte. ¿Y aún así seguían confiando en él?
Pero al segundo siguiente, al mirar a Wolfgang Spengler, entendió. En cierta manera, reparaba, Wolfgang Spengler se proyectaba en Edmundo. Con menos edad, el alemán haría exactamente las mismas cosas que hacía Edmundo, con la energía de la juventud. De todas maneras, Wolfgang Spengler proyectaba espíritu.
–Muy bien– dijo Edmundo, poniéndose nervioso, y sintiendo que debía pronunciar algunas palabras para animar a todos. –Los Seis Reinos están oprimidos, así como el resto de Freilande. Más bajo no podemos caer. Cualquier esfuerzo que hagamos, sólo nos hará subir. Luchemos, demos lo mejor de nosotros, y conseguiremos derrocar de una buena vez a Kriegsweltz IV, que demasiado largo y cruel ha sido su reinado.
Todos asintieron con energía.
Hebión informó a Edmundo de que poseía algunos uniformes, que todos podrían vestir. Diana sería disfrazada como una aristócrata, y eso daría pretexto para que los demás oficiaran como guardias de ellas. Además, eso les daba una ventaja adicional: nadie esperaba que el grupo fuera encabezado por una mujer, ya que tanto Edmundo como Fisherman eran varones, y eran los primeros en la lista de fugitivos perseguidos.
Diana se consiguió un vehículo, con la ayuda de la sirvienta que les había dejado ingresar en primer lugar. Al despedirse, la sirvienta le tomó las manos a Diana.
–Que todo les salga bien. Todo les DEBE salir bien– dijo, angustiada.
–No te preocupes, Ione. Deucratis volverá a ser libre otra vez.
La comitiva emprendió la marcha hacia el exterior del Palacio Real. A Edmundo le parecía increíble que se hubieran deslizado con tanta facilidad. ¿No sería alguna clase de emboscada…? Miró en todas direcciones, desconfiado.
–Sigue conduciendo con tranquilidad– le ordenó Hebión a Calibos. –Hay un control al término de la avenida principal, pero pasaremos por ahí para evitar sospechas. Después de todo, para qué íbamos a escapar de la ciudad si no tenemos nada que ocultar…
Wolfgang Spengler rio entre dientes. Diana mantuvo su compostura. Dentro de un cesto, protestando por ser llevado de tan poco digna manera, Rdijsavij gruñía levemente.
–¡Alto ahí!– dijo el soldado, apenas llegó hasta la puerta.
Calibos detuvo el vehículo.
–No se puede pasar. Ordenes del rey Aspenos.
–¿Aún no se levanta el estado de sitio?– protestó Diana, adoptando los modales imperiosos de una aristócrata. –¿Acaso no sabe quien soy, hombrecito?
–La orden es para todos, señora– dijo el guardia, imperturbable.
–¡Sepa usted que mi marido es Gordern de Pelham! ¡Qué indecencia, no dejar a una esposa reunirse con su amante marido! ¡Ya le diría él a usted un par de cosas, de no ser porque está muy ocupado en Pelham, aconsejando a Bresnabarg en sus nuevos asuntos gubernamentales…!
El guardia pareció vacilar un poco, y luego de pensárselo un segundo, decidió que lo suyo no era pensar después de todo, sino obedecer, así es que se dirigió a su superior. La comitiva los vio debatir un par de cosas, y luego salió el hombre a cargo.
–¡Soy Tervanos, el oficial a cargo! ¡No hay salida para nadie!
El tono de Diana cambió radicalmente. Ahora era la amabilidad más sedosa que ninguno del grupo hubiera escuchado jamás. El aplomo de Diana era simplemente admirable.
–¡Ay, señor Tervanos! ¿Ni siquiera para la esposa de Gordern de Pelham? ¡Hace tanto que no veo a mi marido…!
Tervanos la miró con expresión escrutadora. Pensó por un instante, y luego hizo un gesto.
–Revisen el carro– ordenó.
–Pero…
Los soldados, felices de poder poner en su lugar a la dichosa aristócrata, se abalanzaron sobre el vehículo, ordenaron a la comitiva que descendiera, y empezaron a registrarlo por completo. Edmundo miró en dirección hacia el cesto en donde estaba Rdijsavij. Si lo descubrían, no les quedaría más remedio que luchar. Ganarían, por supuesto, porque estaban en superioridad numérica, contando a los cuatro deucratianos y a los ocho soldados estadounidenses a cargo de Fisherman, pero con ello darían la alarma, y tendrían después a medio ejército de Iluvia siguiéndoles el rastro.
–¡Basta!– dijo Tervanos. –Es suficiente.
–¡Señor!– dijo el soldado, cuadrándose marcialmente.
–Déjenlos pasar.
–¡Pero, señor…! ¡Bajo protesta!
–¿Desea usted darle cuentas a un consejero de Pelham sobre por qué su esposa no fue a reunirse con él?– ladró Tervanos.
–¡No, señor!– soltó el soldado medio entre dientes, pálido y tratando de no perder la compostura para no llevarse una sanción por faltarle el respeto a su propio uniforme.
Tervanos hizo una señal, con aburrimiento, y los dejó circular. El grupo entero volvió a subirse al vehículo. Calibos echó a andar el vehículo, aún nervioso y listo para disparar. Pero emprendieron la marcha.
–De buena nos libramos– dijo Wolfgang Spengler. –Lo hiciste muy bien, Diana.
–Gracias– dijo ella, con frialdad glacial.
–No sabía que hubiera un consejero en Pelham llamado Gordern– dijo Edmundo.
–Nunca oí hablar de ninguno, mientras estuve en Pelham– dijo Wolfgang Spengler.
Diana esbozó una semisonrisa. Edmundo alcanzó a atisbarla, y entonces entendió. Y se rio de buena gana. Wolfgang Spengler le miró con extrañeza, pero luego, al tratar de seguir el hilo de los pensamientos de Edmundo, llegó a sus mismas conclusiones, y no pudo menos que soltar una risilla peculiar.
–¿Qué es lo chistoso?– preguntó Fisherman, de mal humor. –Yo tampoco recuerdo a ningún Gordern, ni entre nosotros ni que lo hubiéramos enviado a la cárcel.
–Es una contraseña– dijo Wolfgang Spengler. –¡Realmente muy bien hecho, Diana!
–Pero entonces, si Tervanos estaba comprometido a dejar salir a cualquier persona que le dijera ser esposa de un tipo que no existe en Pelham… ¿por qué ordenó registrarnos?– preguntó Fisherman, desconcertado.
–Porque sus guardias no estaban en el secreto, y si nos hubiera dejado pasar sin un registro ligero al menos, habrían sospechado. De manera que los hizo registrar, no demasiado, lo suficiente para tranquilizar sus conciencias, y después dejarlos partir– explicó Edmundo.
Mucho después, cuando ya habían recorrido una gran distancia, el grupo decidió concederse una pausa. Salieron del camino, y se refugiaron en un pequeño monte que había a una cierta distancia, entre unos árboles que malamente crecían allí. Todos se tendieron a dormir de inmediato. Pero Edmundo sacó a Diana del grupo, y se la llevó aparte para conversar. Y como no sabía bien por dónde partir, prefirió referirse a las cuestiones que podrían llamarse profesionales, entre dos guerrilleros.
–¿Cómo sabías que Tervanos era otro de los traidores? O sea, no creo que lo hubieran dejado en un puesto a la salida de Tartenos, si no dudaran de su lealtad…
Diana apretó los labios. Edmundo, que esperaba una respuesta rápida, se quedó perplejo. Por la mirada huidiza de Diana, entendió de inmediato.
–¡Pero, Diana…! ¡Cómo pudiste…!
–Hice lo necesario para crear una red que nos permitiera actuar en Tartenos– dijo Diana. –Eso hace una buena guerrillera, ¿no?
–¡Pero eso…! ¡Te prostituíste! ¡Tú… eres mi polola, y…!
–¡Edmundo! ¡Lo último que supe de ti, es que habías caído con Iluvia dentro del Necropozo! ¡Nadie sobrevive a esa caída, Edmundo! ¡Nadie! Edmundo… sí, lo hice. Pero nunca pensé que te fuera infiel. Porque tú, Edmundo, para mí… para mí, tú estabas muerto.
Próximo capítulo: “Algo muere y algo sobrevive”.
“Tartenos bajo estado de sitio”
Todo suele verse mejor después de algunas horas de sueño. Edmundo se levantó, dispuesto a seguir adelante hasta donde fuera necesario.
–Y bien, Wolfgang, ahora cómo saldremos de Tartenos.
–Yendo al Palacio Real– dijo Gibson, antes de que Wolfgang Spengler pudiera contestar. El propio alemán parecía sorprendido.
–¡Pero acabamos de salir de ahí! ¿Introducirnos de nuevo…? ¡Para qué…!
–Diana está allá– informó Gibson simplemente. –Acabo de corroborarlo.
¿Era cierto…? ¿Diana seguía viva? Edmundo recordó que había tenido que dejarla atrás, convaleciente después de un intento por envenenarlos a ambos, cuando había partido a la misión de secuestrar a Iluvia. Después, Edmundo había terminado encerrado en el Necropozo, mientras que de Diana, nunca más había sabido… Bueno, al menos Blutmist de Crotus, que había conspirado para envenenarlos, había acabado en menudos pedazos, cuando una bomba lo había reventado por los aires. Edmundo sonrió torvamente al recordar la cruel muerte de Blutmist de Crotus.
–Diana ha preparado un cuerpo especial de soldados para escapar desde Tartenos– dijo Gibson. –Así burlaremos el estado de sitio.
Edmundo asintió, pero no se le escapó que Wolfgang Spengler fruncía el ceño. En realidad, el alemán tenía razón. Salir de la boca del lobo para volver a meterse en ella era una tontería. Y sin embargo… Edmundo quería volver a ver a Diana. Nunca había sopesado demasiado su relación. Simplemente, era natural que ambos, desarraigados desde la superficie terrestre, y casi los únicos supervivientes de aquella, se pusieran cada uno en el lugar del otro y llegaran a generar la corriente de simpatía necesaria para que naciera un romance. Pero después, al ser envenenada Diana, Edmundo había aprendido por las malas cuán necesaria era ella para él, para apoyarle, para darle ánimos y consuelo. Quería volver a verla, aunque muriera en el intento. ¿Renunciaría para ello a librar al Planeta Interior de la tiranía de Kriegsweltz IV? Quizás. Después de todo… ¿qué había hecho el Planeta Interior por él? Desde que habían caído por el pozo, al hundirse Viña del Mar, todo se había tornado odioso, problemático, complicado. Antes de eso, todo era tan fácil…
–Conserva la sangre fría, Edmundo– se dijo éste con un resto de conciencia, y sólo entonces pudo calibrar cuán excitado estaba por la posibilidad de volver a ver a Diana.
El grupo se movió con la mayor naturalidad del mundo, como si no hubieran guardias espiando por todas partes. Gibson, que en el intertanto había emprendido una arriesgada expedición de ida y regreso hacia el Palacio Real de Tartenos, oficiaba de guía. Al llegar a las inmediaciones de la puerta de servicio, una doncella salió a recibirlos. Después de un breve intercambio de palabras, la doncella los guió a través de las bodegas y la cocina, hasta llegar a la sección de cuartos de los criados. Allí esperaba Diana.
Al verla, Edmundo sintió que el mundo entero desaparecía. Allí sólo estaba Diana, su adorada Diana, parada al lado de un simple camastro de sirviente, y con la cabeza cubierta con un pañuelo. Pero al verle, ella no sonrió. Edmundo se quedó como de piedra. ¿Acaso ella… no…?
–Diana… ¿estás bien…?
De inmediato sospechó lo peor, y sacó su arma, pensando en que aquello era una emboscada, y Diana era la carnada. Miró de reojo a Gibson, por si él también fuera parte de aquello. Pero Diana le hizo bajar el arma con un gesto cansado. Antes de que Edmundo pudiera siquiera protestar, Diana le abrazó, de una manera lenta e intensa.
–No quiero interrumpir, pero tenemos que irnos– dijo Fisherman.
Diana se separó del abrazo, y asintió. Luego, guió al grupo entero hacia la sección de los guardias. Ingresar allí era suicidio: justamente eran los guardias de Tartenos quienes tenían instrucciones de apresar a cualquiera de los fugitivos que descubrieran.
–Muchos no se atreven a rebelarse– informó Diana. –Pero tampoco están contentos con que Aspenos se haya rendido a Iluvia. Algunos piensan que sería más honroso incluso morir dando batalla. No muchos, pero los suficientes como para intentar un plan de escape.
Apenas Edmundo vio acercarse a algunos guardias, reconoció a cuatro de ellos. Eran Kertratis, Hebión, Feris y Calibos, cuyo patriotismo estaba bien probado cuando habían ayudado a Edmundo a salir de Tartenos e infiltrarse para tratar de secuestrar a Iluvia. Era una elección obvia para Diana, dirigirse a ellos en primer lugar.
–Tenías toda la razón, Edmundo– dijo Feris, en voz baja, pero sin poder contener su indignación. –Esos malditos soldados de Iluvia están por todas partes. Si no le hubiéramos dejado esto a los senadores, si hubiéramos tomado esto en nuestras manos…
–Equivocados o no, son los senadores. Juramos defender el sistema– dijo Calibos. –¿Qué íbamos a hacer, sublevarnos?
–Edmundo, ya no hay lugar para nosotros acá– dijo Hebión. –No podemos seguir perteneciendo al ejército de Deucratis. El ejército en masa está siendo purgado, todos los sospechosos de disidencia contra Freilande están siendo llevados a la pared para ser fusilados, sin ni siquiera una corte marcial. Te seguiremos.
–¿Ya supiste lo que le pasó a la última guerrilla que comandé?– dijo Edmundo, remarcando la ironía para evitar descorazonarse con el recuerdo de la masacre que la había acabado.
–Sí. Peleaste como un valiente. ¡Y mataste al hijo de perra de Bersil!– saltó Kertratis.
Edmundo miró a los cuatro soldados. Le respetaban. Edmundo no pudo menos que sentirse intimidado. Todo lo que había tentado hasta el minuto no eran más que empresas desesperadas, y siempre lo había conseguido todo demasiado poco o demasiado tarde. No había conseguido armar una guerrilla eficaz, y después no había conseguido evitar que los Seis Reinos cayeran en manos de Freilande. Incluso sus compañeros más cercanos, Wolfgang Spengler y Diana, habían estado cerca de la muerte. ¿Y aún así seguían confiando en él?
Pero al segundo siguiente, al mirar a Wolfgang Spengler, entendió. En cierta manera, reparaba, Wolfgang Spengler se proyectaba en Edmundo. Con menos edad, el alemán haría exactamente las mismas cosas que hacía Edmundo, con la energía de la juventud. De todas maneras, Wolfgang Spengler proyectaba espíritu.
–Muy bien– dijo Edmundo, poniéndose nervioso, y sintiendo que debía pronunciar algunas palabras para animar a todos. –Los Seis Reinos están oprimidos, así como el resto de Freilande. Más bajo no podemos caer. Cualquier esfuerzo que hagamos, sólo nos hará subir. Luchemos, demos lo mejor de nosotros, y conseguiremos derrocar de una buena vez a Kriegsweltz IV, que demasiado largo y cruel ha sido su reinado.
Todos asintieron con energía.
Hebión informó a Edmundo de que poseía algunos uniformes, que todos podrían vestir. Diana sería disfrazada como una aristócrata, y eso daría pretexto para que los demás oficiaran como guardias de ellas. Además, eso les daba una ventaja adicional: nadie esperaba que el grupo fuera encabezado por una mujer, ya que tanto Edmundo como Fisherman eran varones, y eran los primeros en la lista de fugitivos perseguidos.
Diana se consiguió un vehículo, con la ayuda de la sirvienta que les había dejado ingresar en primer lugar. Al despedirse, la sirvienta le tomó las manos a Diana.
–Que todo les salga bien. Todo les DEBE salir bien– dijo, angustiada.
–No te preocupes, Ione. Deucratis volverá a ser libre otra vez.
La comitiva emprendió la marcha hacia el exterior del Palacio Real. A Edmundo le parecía increíble que se hubieran deslizado con tanta facilidad. ¿No sería alguna clase de emboscada…? Miró en todas direcciones, desconfiado.
–Sigue conduciendo con tranquilidad– le ordenó Hebión a Calibos. –Hay un control al término de la avenida principal, pero pasaremos por ahí para evitar sospechas. Después de todo, para qué íbamos a escapar de la ciudad si no tenemos nada que ocultar…
Wolfgang Spengler rio entre dientes. Diana mantuvo su compostura. Dentro de un cesto, protestando por ser llevado de tan poco digna manera, Rdijsavij gruñía levemente.
–¡Alto ahí!– dijo el soldado, apenas llegó hasta la puerta.
Calibos detuvo el vehículo.
–No se puede pasar. Ordenes del rey Aspenos.
–¿Aún no se levanta el estado de sitio?– protestó Diana, adoptando los modales imperiosos de una aristócrata. –¿Acaso no sabe quien soy, hombrecito?
–La orden es para todos, señora– dijo el guardia, imperturbable.
–¡Sepa usted que mi marido es Gordern de Pelham! ¡Qué indecencia, no dejar a una esposa reunirse con su amante marido! ¡Ya le diría él a usted un par de cosas, de no ser porque está muy ocupado en Pelham, aconsejando a Bresnabarg en sus nuevos asuntos gubernamentales…!
El guardia pareció vacilar un poco, y luego de pensárselo un segundo, decidió que lo suyo no era pensar después de todo, sino obedecer, así es que se dirigió a su superior. La comitiva los vio debatir un par de cosas, y luego salió el hombre a cargo.
–¡Soy Tervanos, el oficial a cargo! ¡No hay salida para nadie!
El tono de Diana cambió radicalmente. Ahora era la amabilidad más sedosa que ninguno del grupo hubiera escuchado jamás. El aplomo de Diana era simplemente admirable.
–¡Ay, señor Tervanos! ¿Ni siquiera para la esposa de Gordern de Pelham? ¡Hace tanto que no veo a mi marido…!
Tervanos la miró con expresión escrutadora. Pensó por un instante, y luego hizo un gesto.
–Revisen el carro– ordenó.
–Pero…
Los soldados, felices de poder poner en su lugar a la dichosa aristócrata, se abalanzaron sobre el vehículo, ordenaron a la comitiva que descendiera, y empezaron a registrarlo por completo. Edmundo miró en dirección hacia el cesto en donde estaba Rdijsavij. Si lo descubrían, no les quedaría más remedio que luchar. Ganarían, por supuesto, porque estaban en superioridad numérica, contando a los cuatro deucratianos y a los ocho soldados estadounidenses a cargo de Fisherman, pero con ello darían la alarma, y tendrían después a medio ejército de Iluvia siguiéndoles el rastro.
–¡Basta!– dijo Tervanos. –Es suficiente.
–¡Señor!– dijo el soldado, cuadrándose marcialmente.
–Déjenlos pasar.
–¡Pero, señor…! ¡Bajo protesta!
–¿Desea usted darle cuentas a un consejero de Pelham sobre por qué su esposa no fue a reunirse con él?– ladró Tervanos.
–¡No, señor!– soltó el soldado medio entre dientes, pálido y tratando de no perder la compostura para no llevarse una sanción por faltarle el respeto a su propio uniforme.
Tervanos hizo una señal, con aburrimiento, y los dejó circular. El grupo entero volvió a subirse al vehículo. Calibos echó a andar el vehículo, aún nervioso y listo para disparar. Pero emprendieron la marcha.
–De buena nos libramos– dijo Wolfgang Spengler. –Lo hiciste muy bien, Diana.
–Gracias– dijo ella, con frialdad glacial.
–No sabía que hubiera un consejero en Pelham llamado Gordern– dijo Edmundo.
–Nunca oí hablar de ninguno, mientras estuve en Pelham– dijo Wolfgang Spengler.
Diana esbozó una semisonrisa. Edmundo alcanzó a atisbarla, y entonces entendió. Y se rio de buena gana. Wolfgang Spengler le miró con extrañeza, pero luego, al tratar de seguir el hilo de los pensamientos de Edmundo, llegó a sus mismas conclusiones, y no pudo menos que soltar una risilla peculiar.
–¿Qué es lo chistoso?– preguntó Fisherman, de mal humor. –Yo tampoco recuerdo a ningún Gordern, ni entre nosotros ni que lo hubiéramos enviado a la cárcel.
–Es una contraseña– dijo Wolfgang Spengler. –¡Realmente muy bien hecho, Diana!
–Pero entonces, si Tervanos estaba comprometido a dejar salir a cualquier persona que le dijera ser esposa de un tipo que no existe en Pelham… ¿por qué ordenó registrarnos?– preguntó Fisherman, desconcertado.
–Porque sus guardias no estaban en el secreto, y si nos hubiera dejado pasar sin un registro ligero al menos, habrían sospechado. De manera que los hizo registrar, no demasiado, lo suficiente para tranquilizar sus conciencias, y después dejarlos partir– explicó Edmundo.
Mucho después, cuando ya habían recorrido una gran distancia, el grupo decidió concederse una pausa. Salieron del camino, y se refugiaron en un pequeño monte que había a una cierta distancia, entre unos árboles que malamente crecían allí. Todos se tendieron a dormir de inmediato. Pero Edmundo sacó a Diana del grupo, y se la llevó aparte para conversar. Y como no sabía bien por dónde partir, prefirió referirse a las cuestiones que podrían llamarse profesionales, entre dos guerrilleros.
–¿Cómo sabías que Tervanos era otro de los traidores? O sea, no creo que lo hubieran dejado en un puesto a la salida de Tartenos, si no dudaran de su lealtad…
Diana apretó los labios. Edmundo, que esperaba una respuesta rápida, se quedó perplejo. Por la mirada huidiza de Diana, entendió de inmediato.
–¡Pero, Diana…! ¡Cómo pudiste…!
–Hice lo necesario para crear una red que nos permitiera actuar en Tartenos– dijo Diana. –Eso hace una buena guerrillera, ¿no?
–¡Pero eso…! ¡Te prostituíste! ¡Tú… eres mi polola, y…!
–¡Edmundo! ¡Lo último que supe de ti, es que habías caído con Iluvia dentro del Necropozo! ¡Nadie sobrevive a esa caída, Edmundo! ¡Nadie! Edmundo… sí, lo hice. Pero nunca pensé que te fuera infiel. Porque tú, Edmundo, para mí… para mí, tú estabas muerto.
Próximo capítulo: “Algo muere y algo sobrevive”.