lunes 23 de noviembre de 2009

Capítulo 3-06 - "Tartenos bajo estado de sitio".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Descubierta la traición de Edmundo, Iluvia ordena su persecusión y ejecución. Pero sus amigos Rdijsavij y Wolfgang Spengler consiguen salvarle. Edmundo es así reunido con Fisherman, quien ha sido previamente liberado por Rdijsavij. Una vez a salvo, Wolfgang Spengler hace notar a Edmundo una última posibilidad: echar mano al Proyecto Polaris para destruir de una vez por todas a Kriegsweltz IV

“Tartenos bajo estado de sitio”

Todo suele verse mejor después de algunas horas de sueño. Edmundo se levantó, dispuesto a seguir adelante hasta donde fuera necesario.

–Y bien, Wolfgang, ahora cómo saldremos de Tartenos.

–Yendo al Palacio Real– dijo Gibson, antes de que Wolfgang Spengler pudiera contestar. El propio alemán parecía sorprendido.

–¡Pero acabamos de salir de ahí! ¿Introducirnos de nuevo…? ¡Para qué…!

–Diana está allá– informó Gibson simplemente. –Acabo de corroborarlo.

¿Era cierto…? ¿Diana seguía viva? Edmundo recordó que había tenido que dejarla atrás, convaleciente después de un intento por envenenarlos a ambos, cuando había partido a la misión de secuestrar a Iluvia. Después, Edmundo había terminado encerrado en el Necropozo, mientras que de Diana, nunca más había sabido… Bueno, al menos Blutmist de Crotus, que había conspirado para envenenarlos, había acabado en menudos pedazos, cuando una bomba lo había reventado por los aires. Edmundo sonrió torvamente al recordar la cruel muerte de Blutmist de Crotus.

–Diana ha preparado un cuerpo especial de soldados para escapar desde Tartenos– dijo Gibson. –Así burlaremos el estado de sitio.

Edmundo asintió, pero no se le escapó que Wolfgang Spengler fruncía el ceño. En realidad, el alemán tenía razón. Salir de la boca del lobo para volver a meterse en ella era una tontería. Y sin embargo… Edmundo quería volver a ver a Diana. Nunca había sopesado demasiado su relación. Simplemente, era natural que ambos, desarraigados desde la superficie terrestre, y casi los únicos supervivientes de aquella, se pusieran cada uno en el lugar del otro y llegaran a generar la corriente de simpatía necesaria para que naciera un romance. Pero después, al ser envenenada Diana, Edmundo había aprendido por las malas cuán necesaria era ella para él, para apoyarle, para darle ánimos y consuelo. Quería volver a verla, aunque muriera en el intento. ¿Renunciaría para ello a librar al Planeta Interior de la tiranía de Kriegsweltz IV? Quizás. Después de todo… ¿qué había hecho el Planeta Interior por él? Desde que habían caído por el pozo, al hundirse Viña del Mar, todo se había tornado odioso, problemático, complicado. Antes de eso, todo era tan fácil…

–Conserva la sangre fría, Edmundo– se dijo éste con un resto de conciencia, y sólo entonces pudo calibrar cuán excitado estaba por la posibilidad de volver a ver a Diana.

El grupo se movió con la mayor naturalidad del mundo, como si no hubieran guardias espiando por todas partes. Gibson, que en el intertanto había emprendido una arriesgada expedición de ida y regreso hacia el Palacio Real de Tartenos, oficiaba de guía. Al llegar a las inmediaciones de la puerta de servicio, una doncella salió a recibirlos. Después de un breve intercambio de palabras, la doncella los guió a través de las bodegas y la cocina, hasta llegar a la sección de cuartos de los criados. Allí esperaba Diana.

Al verla, Edmundo sintió que el mundo entero desaparecía. Allí sólo estaba Diana, su adorada Diana, parada al lado de un simple camastro de sirviente, y con la cabeza cubierta con un pañuelo. Pero al verle, ella no sonrió. Edmundo se quedó como de piedra. ¿Acaso ella… no…?

–Diana… ¿estás bien…?

De inmediato sospechó lo peor, y sacó su arma, pensando en que aquello era una emboscada, y Diana era la carnada. Miró de reojo a Gibson, por si él también fuera parte de aquello. Pero Diana le hizo bajar el arma con un gesto cansado. Antes de que Edmundo pudiera siquiera protestar, Diana le abrazó, de una manera lenta e intensa.

–No quiero interrumpir, pero tenemos que irnos– dijo Fisherman.

Diana se separó del abrazo, y asintió. Luego, guió al grupo entero hacia la sección de los guardias. Ingresar allí era suicidio: justamente eran los guardias de Tartenos quienes tenían instrucciones de apresar a cualquiera de los fugitivos que descubrieran.

–Muchos no se atreven a rebelarse– informó Diana. –Pero tampoco están contentos con que Aspenos se haya rendido a Iluvia. Algunos piensan que sería más honroso incluso morir dando batalla. No muchos, pero los suficientes como para intentar un plan de escape.

Apenas Edmundo vio acercarse a algunos guardias, reconoció a cuatro de ellos. Eran Kertratis, Hebión, Feris y Calibos, cuyo patriotismo estaba bien probado cuando habían ayudado a Edmundo a salir de Tartenos e infiltrarse para tratar de secuestrar a Iluvia. Era una elección obvia para Diana, dirigirse a ellos en primer lugar.

–Tenías toda la razón, Edmundo– dijo Feris, en voz baja, pero sin poder contener su indignación. –Esos malditos soldados de Iluvia están por todas partes. Si no le hubiéramos dejado esto a los senadores, si hubiéramos tomado esto en nuestras manos…

–Equivocados o no, son los senadores. Juramos defender el sistema– dijo Calibos. –¿Qué íbamos a hacer, sublevarnos?

–Edmundo, ya no hay lugar para nosotros acá– dijo Hebión. –No podemos seguir perteneciendo al ejército de Deucratis. El ejército en masa está siendo purgado, todos los sospechosos de disidencia contra Freilande están siendo llevados a la pared para ser fusilados, sin ni siquiera una corte marcial. Te seguiremos.

–¿Ya supiste lo que le pasó a la última guerrilla que comandé?– dijo Edmundo, remarcando la ironía para evitar descorazonarse con el recuerdo de la masacre que la había acabado.

–Sí. Peleaste como un valiente. ¡Y mataste al hijo de perra de Bersil!– saltó Kertratis.

Edmundo miró a los cuatro soldados. Le respetaban. Edmundo no pudo menos que sentirse intimidado. Todo lo que había tentado hasta el minuto no eran más que empresas desesperadas, y siempre lo había conseguido todo demasiado poco o demasiado tarde. No había conseguido armar una guerrilla eficaz, y después no había conseguido evitar que los Seis Reinos cayeran en manos de Freilande. Incluso sus compañeros más cercanos, Wolfgang Spengler y Diana, habían estado cerca de la muerte. ¿Y aún así seguían confiando en él?

Pero al segundo siguiente, al mirar a Wolfgang Spengler, entendió. En cierta manera, reparaba, Wolfgang Spengler se proyectaba en Edmundo. Con menos edad, el alemán haría exactamente las mismas cosas que hacía Edmundo, con la energía de la juventud. De todas maneras, Wolfgang Spengler proyectaba espíritu.

–Muy bien– dijo Edmundo, poniéndose nervioso, y sintiendo que debía pronunciar algunas palabras para animar a todos. –Los Seis Reinos están oprimidos, así como el resto de Freilande. Más bajo no podemos caer. Cualquier esfuerzo que hagamos, sólo nos hará subir. Luchemos, demos lo mejor de nosotros, y conseguiremos derrocar de una buena vez a Kriegsweltz IV, que demasiado largo y cruel ha sido su reinado.

Todos asintieron con energía.

Hebión informó a Edmundo de que poseía algunos uniformes, que todos podrían vestir. Diana sería disfrazada como una aristócrata, y eso daría pretexto para que los demás oficiaran como guardias de ellas. Además, eso les daba una ventaja adicional: nadie esperaba que el grupo fuera encabezado por una mujer, ya que tanto Edmundo como Fisherman eran varones, y eran los primeros en la lista de fugitivos perseguidos.

Diana se consiguió un vehículo, con la ayuda de la sirvienta que les había dejado ingresar en primer lugar. Al despedirse, la sirvienta le tomó las manos a Diana.

–Que todo les salga bien. Todo les DEBE salir bien– dijo, angustiada.

–No te preocupes, Ione. Deucratis volverá a ser libre otra vez.

La comitiva emprendió la marcha hacia el exterior del Palacio Real. A Edmundo le parecía increíble que se hubieran deslizado con tanta facilidad. ¿No sería alguna clase de emboscada…? Miró en todas direcciones, desconfiado.

–Sigue conduciendo con tranquilidad– le ordenó Hebión a Calibos. –Hay un control al término de la avenida principal, pero pasaremos por ahí para evitar sospechas. Después de todo, para qué íbamos a escapar de la ciudad si no tenemos nada que ocultar…

Wolfgang Spengler rio entre dientes. Diana mantuvo su compostura. Dentro de un cesto, protestando por ser llevado de tan poco digna manera, Rdijsavij gruñía levemente.

–¡Alto ahí!– dijo el soldado, apenas llegó hasta la puerta.

Calibos detuvo el vehículo.

–No se puede pasar. Ordenes del rey Aspenos.

–¿Aún no se levanta el estado de sitio?– protestó Diana, adoptando los modales imperiosos de una aristócrata. –¿Acaso no sabe quien soy, hombrecito?

–La orden es para todos, señora– dijo el guardia, imperturbable.

–¡Sepa usted que mi marido es Gordern de Pelham! ¡Qué indecencia, no dejar a una esposa reunirse con su amante marido! ¡Ya le diría él a usted un par de cosas, de no ser porque está muy ocupado en Pelham, aconsejando a Bresnabarg en sus nuevos asuntos gubernamentales…!

El guardia pareció vacilar un poco, y luego de pensárselo un segundo, decidió que lo suyo no era pensar después de todo, sino obedecer, así es que se dirigió a su superior. La comitiva los vio debatir un par de cosas, y luego salió el hombre a cargo.

–¡Soy Tervanos, el oficial a cargo! ¡No hay salida para nadie!

El tono de Diana cambió radicalmente. Ahora era la amabilidad más sedosa que ninguno del grupo hubiera escuchado jamás. El aplomo de Diana era simplemente admirable.

–¡Ay, señor Tervanos! ¿Ni siquiera para la esposa de Gordern de Pelham? ¡Hace tanto que no veo a mi marido…!

Tervanos la miró con expresión escrutadora. Pensó por un instante, y luego hizo un gesto.

–Revisen el carro– ordenó.

–Pero…

Los soldados, felices de poder poner en su lugar a la dichosa aristócrata, se abalanzaron sobre el vehículo, ordenaron a la comitiva que descendiera, y empezaron a registrarlo por completo. Edmundo miró en dirección hacia el cesto en donde estaba Rdijsavij. Si lo descubrían, no les quedaría más remedio que luchar. Ganarían, por supuesto, porque estaban en superioridad numérica, contando a los cuatro deucratianos y a los ocho soldados estadounidenses a cargo de Fisherman, pero con ello darían la alarma, y tendrían después a medio ejército de Iluvia siguiéndoles el rastro.

–¡Basta!– dijo Tervanos. –Es suficiente.

–¡Señor!– dijo el soldado, cuadrándose marcialmente.

–Déjenlos pasar.

–¡Pero, señor…! ¡Bajo protesta!

–¿Desea usted darle cuentas a un consejero de Pelham sobre por qué su esposa no fue a reunirse con él?– ladró Tervanos.

–¡No, señor!– soltó el soldado medio entre dientes, pálido y tratando de no perder la compostura para no llevarse una sanción por faltarle el respeto a su propio uniforme.

Tervanos hizo una señal, con aburrimiento, y los dejó circular. El grupo entero volvió a subirse al vehículo. Calibos echó a andar el vehículo, aún nervioso y listo para disparar. Pero emprendieron la marcha.

–De buena nos libramos– dijo Wolfgang Spengler. –Lo hiciste muy bien, Diana.

–Gracias– dijo ella, con frialdad glacial.

–No sabía que hubiera un consejero en Pelham llamado Gordern– dijo Edmundo.

–Nunca oí hablar de ninguno, mientras estuve en Pelham– dijo Wolfgang Spengler.

Diana esbozó una semisonrisa. Edmundo alcanzó a atisbarla, y entonces entendió. Y se rio de buena gana. Wolfgang Spengler le miró con extrañeza, pero luego, al tratar de seguir el hilo de los pensamientos de Edmundo, llegó a sus mismas conclusiones, y no pudo menos que soltar una risilla peculiar.

–¿Qué es lo chistoso?– preguntó Fisherman, de mal humor. –Yo tampoco recuerdo a ningún Gordern, ni entre nosotros ni que lo hubiéramos enviado a la cárcel.

–Es una contraseña– dijo Wolfgang Spengler. –¡Realmente muy bien hecho, Diana!

–Pero entonces, si Tervanos estaba comprometido a dejar salir a cualquier persona que le dijera ser esposa de un tipo que no existe en Pelham… ¿por qué ordenó registrarnos?– preguntó Fisherman, desconcertado.

–Porque sus guardias no estaban en el secreto, y si nos hubiera dejado pasar sin un registro ligero al menos, habrían sospechado. De manera que los hizo registrar, no demasiado, lo suficiente para tranquilizar sus conciencias, y después dejarlos partir– explicó Edmundo.

Mucho después, cuando ya habían recorrido una gran distancia, el grupo decidió concederse una pausa. Salieron del camino, y se refugiaron en un pequeño monte que había a una cierta distancia, entre unos árboles que malamente crecían allí. Todos se tendieron a dormir de inmediato. Pero Edmundo sacó a Diana del grupo, y se la llevó aparte para conversar. Y como no sabía bien por dónde partir, prefirió referirse a las cuestiones que podrían llamarse profesionales, entre dos guerrilleros.

–¿Cómo sabías que Tervanos era otro de los traidores? O sea, no creo que lo hubieran dejado en un puesto a la salida de Tartenos, si no dudaran de su lealtad…

Diana apretó los labios. Edmundo, que esperaba una respuesta rápida, se quedó perplejo. Por la mirada huidiza de Diana, entendió de inmediato.

–¡Pero, Diana…! ¡Cómo pudiste…!

–Hice lo necesario para crear una red que nos permitiera actuar en Tartenos– dijo Diana. –Eso hace una buena guerrillera, ¿no?

–¡Pero eso…! ¡Te prostituíste! ¡Tú… eres mi polola, y…!

–¡Edmundo! ¡Lo último que supe de ti, es que habías caído con Iluvia dentro del Necropozo! ¡Nadie sobrevive a esa caída, Edmundo! ¡Nadie! Edmundo… sí, lo hice. Pero nunca pensé que te fuera infiel. Porque tú, Edmundo, para mí… para mí, tú estabas muerto.

Próximo capítulo: “Algo muere y algo sobrevive”.

lunes 9 de noviembre de 2009

Capítulo 3-05 - "Hebras en los libros de Historia".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Edmundo trata de apegarse a Iluvia para detener el implacable avance de Freilande sobre los Seis Reinos, pero Iluvia descubre su traición, y ordena ejecutarle. En la hora undécima, Edmundo es rescatado por Fisherman, Rdijsavij y Wolfgang Spengler. Una vez reunidos con ellos, Wolfgang Spengler le dice a Edmundo que aún existe una posibilidad de detener a Freilande, si consiguen acceso a las armas que Estados Unidos fabricó como parte del Proyecto Polaris

“Hebras en los libros de Historia”

Aquella noche, o lo que podía llamarse noche en esa especie de semipenumbra perpetua en las gargantuescas cavernas del Planeta Interior, bajo la mortecina iluminación de las bacterias quimiosintéticas de las paredes de tales cavernas, los soldados de Fisherman durmieron de manera bastante apacible, considerando que Tartenos había sido puesta bajo estado de sitio para perseguir a los fugitivos. Pero Edmundo no podía dormir. De manera que se deslizó y despertó a Wolfgang Spengler.

–Deberrías dormirr, tenemos mucho quehacerr– dijo Wolfgang Spengler, de manera quizás algo paternal, volviendo a su castellano lleno de erres para que los soldados estadounidenses no le entendieran.

Edmundo asintió.

–¿De verdad, Wolfgang, tenemos esta oportunidad? ¿Y por qué Ezra Sheperd, si sabía de las armas del Proyecto Polaris, no las utilizó él?

–Porrque la superrrficie de la Tierra estaba aún rradiactiva, y ningún ser humano podía subirr allá. Y todavía no se puede, salvo con trajes antirradiación. Después, porrrque estaba ocupado trratando de tomarrse el poder en Pelham, luego de conserrvarlo, y al último trratando de aplastarr a los otros cinco de los Seis Rreinos parra forrmarr un frrente unido contrra Krriegsweltz IV. Con los rresultados que ya conoces.

–Será difícil– murmuró Edmundo, meditabundo. –Tenemos que ir a Retum, el único de los Seis Reinos que no acepta unirse a Kriegsweltz IV, y convencerlos de que se unan con nosotros, que somos mucho más débiles. Y eso, con las tropas de Iluvia vigilando todas las salidas de Tartenos. Luego, si Retum nos apoya, y eso SI ES QUE nos apoyan, tenemos que cubrir una enorme distancia hasta… ¿Estados Unidos? ¿Lo que fueron los Estados Unidos? Y al último, después de regresar, tenemos que saber cómo usar esas armas. ¡Ah, y por supuesto! Si ganamos, Retum quedará victorioso. Deucratis era un gobierno en camino de transformarse en una democracia, pero Retum es una monarquía absoluta gobernada por el Natchinai Zar. ¿Qué diferencia habrá entre estar sometidos a la tiranía de un Natchinai Zar, y a la de un Kaiser Lama? ¿Vamos a derrotar a la dictadura de Freilande sólo para permitirle el paso a la dictadura de Retum?

Wolfgang Spengler, aún medio adormilado, pensó la respuesta un instante.

–Mi padrrre me contaba una historia. El… tenía 18 años cuando debió irr al frrente de guerra a lucharr en la Operración Barbarroja: la invasión a Rrusia de 1941. El estaba en una patrrulla, caminando por territorio ucrraniano, con mucho cansancio y hambrre, y de prronto los rrecibieron en una dacha, los ucrranianos… una familia de ucrranianos. Les dierron rrrefugio, techo, algunas rropas nuevas, alimentos… Los saludarron como a hérroes. Los ucrrranianos estaban cansados, habían soporrtado a Stalin por más de quince años, y querrían rrebelarse. Y saludarron a las tropas alemanas como liberrtadorras. Y mi padrre… a mi padrre siemprre se le llenaban los ojos de lágrrimas cuando contaba esto… mi padrre tuvo que disparrarrles. El sarrgento del pelotón tenía órrdenes superriorres, órrrdenes de Berrlín, como todos los oficiales y suboficiales. Los ucrranianos erran Unterrmenschen, subhumanos… y todos debían serr ejecutados. Mi padrre siemprre hablaba del rrostro de sorrprresa de los ucrranianos cuando sus liberrtadorres, sus salvadorres… los pusierrron contrrra la parred y los fusilarron.

Edmundo se quedó en silencio un minuto. Wolfgang Spengler tomó aire para evitar emocionarse en demasía.

–Stalin convenció a los suyos de que ésa erra la Grran Guerra Patrriótica, de que luchaban por la liberrtad de Rrrusia… Y ya sabemos lo que pasó después de 1945, en Rrusia. Siemprre habrrá alguien que se aprroveche de las ansias de liberrtad, Edmundo. Siemprre habrá alguien que quierra ser librre, y siemprre habrrá alguien que no se lo perrmita. Siemprre habrrrán prrofetas del desastrre y del caos, diciendo que no se los puede dejarr solos, que alguien debe goberrrnarrlos con mano de hierro para salvarrlos de ellos mismos. Perro la gente sabe lo que quierre. Y cuando se las oprrime, acaban por rrebelarse igual. Ahora estamos en rrebelión contrra Frreilande, que es el más grrande poderr político e imperrial que se ha conocido en la Historria de la Humanidad. Si Rretum vence y se convierrte en una potencia tan tirrana como Frreilande… Llegarrá el turrno de rrebelarrse contrra Rretum, así como ahorra nos rrebelamos contrra Frreilande. Y la gente nos seguirrá. Porrque nuestrra causa… nuestrra causa es justa, Edmundo. Y nuestrrra causa es justa porrque nosotrros no alineamos ucrranianos contrra la parred para fusilarrlos.

Wolfgang Spengler terminó con una nota lastimera.

–No todos los alemanes somos nazis, Edmundo, ¿sabes?

–Lo sé– dijo Edmundo. Añadió: –Voy a tratar de dormir un poco. –Se dirigió a sus propias mantas, pero no pudo quedarse dormido, y siguió rumiando sus ideas por un rato.

Wolfgang Spengler, en tanto, siguió recordando. Hacía mucho tiempo que no se acordaba de su padre, de manera tan vívida como en aquel instante. ¿Por qué? Quizás porque era la primera vez en un tiempo que se reencontraba con Edmundo. Una vez en los Seis Reinos, Wolfgang Spengler había sido herido, y finalmente apresado por Ezra Sheperd. Edmundo, en muchos sentidos, se parecía a como el mismísimo Wolfgang Spengler había sido hacía años. Quizás eso era lo que se sentía tener un hijo, si lo tuviera…

Wolfgang Spengler siguió recordando sus años juveniles, en la Alemania Occidental anterior a la caída del Muro de Berlín. Su padre lo había engendrado ya mayor, acercándose a la cuarentena. Muchos años después, cuando Wolfgang Spengler había pasado la veintena, se había enterado de que tenía un medio hermano desconocido en Berlín Oriental. Su padre tampoco lo conocía: en aquel 8 de Mayo de 1945 en Alemania se había rendido incondicionalmente, la madre del chico había quedado atrapada en Berlín Oriental, mientras que él estaba en prisión, capturado por los propios alemanes cuando había tratado de desertar y cruzar la frontera con rumbo a Suiza, ya acabando la guerra. En 1991, ya caído el Muro de Berlín, y con su padre con la conciencia media ida por un derrame cerebral, Wolfgang Spengler había viajado a Berlín para visitar los archivos de la Stassi, que ahora estaban abiertos al público. Ubicar la ficha de su hermano le había costado un tiempo. Y había dado con ella: había intentado cruzar el Muro de Berlín en 1984, y el disparo de un francotirador oriental le había impactado de lleno en la cabeza. Ahora, sólo una ficha quedaba de su fantasmal medio hermano, al que nunca había llegado a conocer, ni tampoco su padre. Aunque no tenía ninguna lógica, había una siniestra coincidencia que giraba en la cabeza de Wolfgang Spengler: él había nacido en 1961, el mismo año en que había comenzado la erección del Muro de Berlín. Cada vez que pensaba en eso, Wolfgang Spengler no podía evitar sentirse un poco asesino.

Para Wolfgang Spengler, dar tales o cuales pasos en la vida habían sido la cosa más natural del mundo. Pero ahora, mirado en retrospectiva, quizás muchas decisiones personales estaban asociadas con circunstancias que alguna vez lo habían rodeado, y que se habían internado dentro de su propia mente, así como las placas tectónicas se hunden en las profundidades de la Tierra, para generar desde allí, invisibles, los terremotos más devastadores. Su padre había sido militar, y después, en tiempos de paz, había acabado por ser un profesor de Historia: Wolfgang Spengler había acabado por trabajar para la OTAN, prestando servicios como lingüista. Su madre había sido ginecóloga: Wolfgang Spengler había heredado su interés por las ciencias, y las comprendía bastante bien para ser un humanista. Tenía un medio hermano fantasma, que estaba y no estaba ahí a un tiempo: Wolfgang Spengler había aprendido a ser metódico y reservado, atributos necesarios para dar con el paradero de un desaparecido. Y de manera casi fortuita, su habilidad lingüística le había ganado el transformarse en ayudante de Wilhelm Lichtmann, un reputado catedrático universitario especialista en lenguas germánicas y en sánscrito, y que había acabado por ser reclutado para la OTAN: Wolfgang Spengler había acabado por acompañar a Lichtmann al interior de la Tierra, en la expedición emprendida por la OTAN en 1987.

Para el joven Wolfgang Spengler, así como para Edmundo veinte años después, todo en el Planeta Interior había resultado ser nuevo y extraño. El simple no haber un verdadero día y una verdadera noche allá abajo, era casi para enloquecer. Igual cosa ocurría con la eterna bóveda de roca, que a los habitantes de la superficie intranquilizaba con su perpetua amenaza de desplome, mientras que para los infraterranos era apenas parte del paisaje.

Pero los mayores de la expedición, todos ellos tenían objetivos y agendas propias, que los meros ayudantes desconocían: muchas cosas estaban cubiertas bajo el secreto militar. Wilhelm Lichtmann se la pasaba conferenciando con los militares, en un trabajo que, Wolfgang Spengler sospechaba, quizás era lingüístico sólo a medias, y era más bien diplomático, o francamente de espionaje, durante el resto. Y nadie le prestaba demasiada atención a Wolfgang Spengler.

Se había cruzado con Darma casi por casualidad, en el Palacio. Aprovechando las circunstancias, la chica deseba aprender algo sobre los idiomas del mundo exterior. Le hacía mucha gracia en particular el italiano, con su musicalidad especial. Wolfgang Spengler no dominaba bien la fonética de la lengua de Dante, pero aún así, Darma le pidió su ayuda para algunas lecciones particulares. Darma era la Princesa del Templo de Menheb, el dios tutelar de las Dos Islas: había sido enviada a la corte de Kriegsburg para contraer matrimonio con el heredero de Kriegsweltz III, el joven Kriegsweltz IV, y con eso asegurar la paz entre Freilande y el Templo de Menheb. No era poco: el Templo de Menheb estaba sepultado en un estrato inferior, por el cual el corazón mismo de Freilande podía ser atacado, y contar al Templo de Menheb como aliado de Freilande era una astuta jugada política, que impediría asaltos de los bárbaros que pudieran rematar con la caída de la mismísima capital Kriegsburg.

Darma era joven y divertida, y Wolfgang Spengler tenía un aire melancólico, casi propio de un héroe prerromántico alemán, que encendió su curiosidad. Y las clases de italiano terminaron transformándose en un encendido y clandestino romance.

Wolfgang Spengler se quedó meditando. Se había hecho la pregunta mil y una veces. ¿En qué minuto había cedido a la tentación, en qué minuto había cometido la locura de hacerle el amor nada menos que a la prometida del trono de Freilande? Lo ignoraba. Pero las pruebas eran irrefutables: Kriegsweltz IV los había sorprendido en el acto mismo. Y había esperado a que ambos se desnudaran, para que la sorpresa fuera flagrante.

En aquellos años, Wolfgang Spengler no había entendido muchas cosas. Suponía que Wilhelm Lichtmann le sacrificaría para salvar a la delegación de la OTAN, pero en vez de ello le defendió abiertamente. Años después, descubrió que la Stassi llevaba también su propio archivo sobre Wilhelm Lichtmann. Allí se explicaban un par de cosas. Por ejemplo, que Wilhelm Lichtmann en secreto participaba de varias sociedades esotéricas vinculadas al conocimiento ariosófico, y soñaba con un Cuarto Reich bajo la superficie de la Tierra. Hubiera sido un sueño inocente, de no ser porque habían otros dentro de la legación alemana que, de manera secreta, compartían su ideario. Defender a rajatabla a Wolfgang Spengler era la ocasión propicia para crear un incidente diplomático, y el propio Wolfgang Spengler, con toda la inocencia de sus veintialgos años, había caído como un bendito.

La ejecución de Darma, Wolfgang Spengler se había enterado, había desatado la guerra entre el Templo de Menheb, y Freilande. El Templo de Menheb había sido conquistado, pero no arrasado: habían secretos demasiado valiosos en su interior. Como, por ejemplo, un método de procesar el teranergium de una manera tan refinada, que ahora con cantidades reducidas de éste, era posible fabricar armas de destrucción tan masivas, que posibilitaran incluso… la destrucción de toda forma viviente sobre la superficie de la Tierra, tal y como Kriegsweltz IV lo había llevado a cabo veinte años después. Por su parte, Wilhelm Lichtmann también deseaba esos secretos. Al estallar la guerra, había llevado una alianza militar con Menheb. Se lo había jugado al todo por el todo, y había perdido. Wilhelm Lichtmann apenas consiguió regresar a la superficie terrestre. Pero se llevaba algunos secretos consigo. En los años siguientes había trabajado para una iniciativa llamada el Código Pi. Spengler ignoró durante años qué significaba aquello.

Mucho tiempo después, ya en su segundo viaje al Planeta Interior, Wolfgang Spengler se había enterado de algunas cosas a través de Ezra Sheperd. Pi era la inicial de “Polaris”: el Proyecto Polaris intentó centrar en tres supercomputadoras, una red de armas de destrucción masiva. Parte importante de lo debatido entre bastidores del tratado militar de 1987 entre Estados Unidos y la Unión Soviética, para eliminar misiles balísticos de alcance medio y largo en Europa, tenía que ver con preparar al mundo para un escenario en que debieran enfrentar unidos, ambos bloques, un ataque masivo por parte de una superpotencia incluso mayor, desde el interior de la Tierra. La guerra a escala planetaria era inminente. Y Kriegsweltz IV había dado el primer golpe. Y el último. La superficie terrestre había sido literalmente esterilizada.

Wolfgang Spengler miró hacia las mantas en donde Edmundo estaba quieto: se alzaban y bajaban apenas con su respiración. Alguna vez había sido como él. Alguna vez se había enamorado de Darma, como Edmundo de Diana… Y gracias a la indiscreción de Wolfgang Spengler, Freilande y la Humanidad exterior habían terminado mortíferamente enemistadas. ¿Qué nueva y portentosa civilización no hubiera podido nacer, si ambos hubieran colaborado? ¿Qué mundos no habrían podido conquistar juntos?

Es demasiado peso para la conciencia de un solo hombre, pensó Wolfgang Spengler, jadeando un poco sin darse cuenta. Quizás, Wilhelm Lichtmann no pensara en aquello. Pero, por alguna oscura razón, Wolfgang Spengler pensaba que Kriegsweltz IV sí.

–Edmundo te dará tu merecido, Kriegsweltz– dijo Wolfgang Spengler quedamente. –Y quizás, al final, debería también ajusticiarme cuentas a mí…

Próximo capítulo: “Tartenos bajo estado de sitio”.

lunes 2 de noviembre de 2009

Especial de "Infra Terra": Los Seis Reinos.

Para los lectores que consideren algo compleja la política y los personajes alrededor de los Seis Reinos, buenas noticias: he aquí un especial con la situación política de los Seis Reinos, a la fecha de la conquista casi total por obra de Iluvia. De esta manera, a los lectores habituales de "Infra Terra" les será más simple seguir el desarrollo de los acontecimientos alrededor.



LOS SEIS REINOS EN GENERAL.

Los Seis Reinos son seis Estados congregados alrededor del Necropozo, una gigantesca hendidura que conecta varios estratos del Planeta Interior. Los Seis Reinos ocupan el estrato superior, que está inmediatamente por debajo de la corteza terrestre, mientras que más al interior del Necropozo existen otra clase de criaturas y poderes. El despegue de los Seis Reinos como un poder de importancia en la geopolítica mundial se produjo cerca de un siglo antes de que Kriegsweltz IV iniciara su política de expansión militarista. A esto contribuyó por una parte el creciente comercio entre varios estratos, siendo el Necropozo un privilegiado nudo de comunicaciones, y en segundo lugar, la sospecha de que algunos de los más grandes yacimientos de teranergium en el planeta podrían estar en sus inmediaciones. En particular esto último, ha convertido al Necropozo en un sangriento campo de batalla entre Freilande y su gobernante Kriegsweltz IV por una parte, y por los desunidos y pendencieros Seis Reinos por la otra. Guerra que, en el capítulo 3-04 al menos, gracias a la labor de Iluvia, Freilande lleva todas las de ganar.



RETUM.

SISTEMA POLÍTICO: Monarquía absoluta.

GRANDES PODERES: El Natchinai Zar, gobernando de manera absoluta.

GOBERNANTE ACTUAL: Oslaus Ruf.

CONTEXTO: Retum es probablemente el más poderoso, impenetrable y cerrado de los Seis Reinos. Desde afuera es descrito como una monarquía absolutista en grado extremo, con un sólido Estado a cargo del Natchinai Zar, y un gran poder militar. Junto con Deucratis, solía ser uno de los dos más poderosos de los Seis Reinos. Cuando Iluvia emprendió el ataque contra éstos, Retum forjó una alianza con ella, restándose a una eventual coalición en contra de los invasores. Sin embargo, después del triunfo de Iluvia, Retum se resiste a prestar su sumisión.



DEUCRATIS.

SISTEMA POLÍTICO: Monarquía parlamentaria.

GRANDES PODERES: El monarca, el Senado (compuesto de miembros de la Familia Real por parentesco o por matrimonio, lo que permite que sea integrado también por otros extranjeros y convirtiéndolo en una especie de poder supranacional), las fuerzas militares (con fuertes convicciones patrióticas).

GOBERNANTE ACTUAL: Aspenos.

CONTEXTO: Primitivamente una monarquía absoluta, la conjunción de varias instituciones (la posibilidad para los aristócratas de casarse con extranjeros, la integración de éstos por esta vía a la Familia Real, una monarquía tolerante y dialogante, y la creciente prosperidad económica) llevaron a una democratización cada vez mayor de las instituciones en Deucratis. Edmundo ve en Deucratis las instituciones necesarias para crear un gobierno supranacional en que se extingan las diferencias recíprocas entre los Seis Reinos. Pero, aunque la Reina Senosia apoya sus intenciones, su asesinato en medio de una reunión del Senado, en vísperas del ataque fulminante de Freilande, eleva al trono a su débil hijo Aspenos, quien se rinde ante las fuerzas de ocupación. Las fuerzas armadas de Deucratis se someten entonces a los ocupantes, aunque más bien a regañadientes que por verdadera convicción.



PELHAM.

SISTEMA POLÍTICO: Dictadura.

GRANDES PODERES: El dictador y los militares, más una aristocracia sojuzgada a sus intereses.

GOBERNANTE ACTUAL: Bresnabarg el Fuerte.

CONTEXTO: Pelham era una monarquía, pero en vísperas del ataque de Kriegsweltz IV contra la superficie, estaba en guerra civil por la sucesión. Una avanzada militar del Ejército de los Estados Unidos que había penetrado hacia el interior de la Tierra, a cargo de Ezra Sheperd, se las arregló para hacerse con el poder y reemplazar a los antiguos gobernantes. Producida la invasión de Iluvia, Ezra Sheperd y los suyos le hicieron frente, pero de manera infructuosa. Mientras que Ezra Sheperd se ofrenda a sí mismo en un ataque suicida, ulteriormente frustrado, y es arrestado por Iluvia, las tropas de Freilande derrocan a los soldados estadounidenses e instalan en el trono a Bresnabarg el Fuerte, un antiguo ciudadano de Pelham ya anciano, cuyo sobrenombre le venía tan solo de su reputación pasada. Bresnabarg el Fuerte es, por tanto, tan solo el hombre de paja de Freilande en Pelham.



KILBIRIS.

SISTEMA POLÍTICO: Monarquía en pugna con poderes tribales y liderazgos locales.

GRANDES PODERES: Cada uno de los rebeldes señores de la guerra con poder para sobrevivir, pero sin tanto que puedan imponerse a los demás.

GOBERNANTE ACTUAL: Irrmenej.

CONTEXTO: Malamente se puede decir de Kilbiris que sea un reino en forma. En realidad no es más que una colección de reyezuelos tribales, en perpetua lucha unos con otros, con una corona central muy débil. A esto ayuda que el territorio de Kilbiris esté trufado de montes y cañones, entre los cuales es bastante sencillo hacer una guerra de guerrillas en forma. Durante la invasión de Iluvia, el reveda Irrmenej era el poder político más importante de Kilbiris, y por esto Iluvia decide apoyarlo y sostenerlo frente a otros reyezuelos, a cambio de su apoyo político y militar a Freilande.



BEXIALUS.

SISTEMA POLÍTICO: Monarquía teocrática.

GRANDES PODERES: El Templo de Ixiartes y sus sacerdotes, incluso en apariencia más que el propio monarca.

GOBERNANTE ACTUAL: Ciaxarnes.

CONTEXTO: Aunque formalmente una monarquía, el más grande poder dentro de Bexialus es el Templo de Ixiarnes, cuyos sacerdotes son capaces de imponer su propio poder a los designios reales. En vísperas de la invasión de Iluvia, y viendo peligrar su propio poder religioso, el Templo de Ixiarnes decide plegarse a la causa de Freilande, aunque en ello se les vaya la independencia política de Bexialus. El joven rey Ciaxarnes, en la corte de Deucratis, busca apoyo de la Reina Senosia mediante una alianza matrimonial, casándose con la princesa Mirilene, hija de Senosia. Sin embargo, los intentos de una acción combinada entre Edmundo y Ciaxarnes no llegan a ningún término, luego de que el intento de este último por revolverse contra el Templo de Ixiarnes termina en fracaso.



IL PEN.

SISTEMA POLÍTICO: Monarquía absoluta.

GRANDES PODERES: El monarca, la aristocracia, una nueva y pujante clase de comerciantes.

GOBERNANTE ACTUAL: Fo Kiang V.

CONTEXTO: Il Pen solía ser una monarquía absoluta, aunque de poderío relativamente débil, aferrada al tradicionalismo. Sin embargo, dentro de Il Pen crece de manera constante el poder de los comerciantes, quienes si bien acatan formalmente la autoridad de Fo Kiang V, en los hechos mantienen una soterrada pugna por el poder con éste. El resultado podría ser incierto, toda vez que Fo Kiang V no parece darse cuenta de la amenaza que los comerciantes significan para su poder. Por otra parte, producida la invasión de Iluvia, y dándose cuenta de que no posee por sí mismo el poder suficiente para resistirse, Fo Kiang V se pliega a su bando.

lunes 26 de octubre de 2009

Capítulo 3-04 - "Golpe por golpe".

ANTERIORMENTE EN “INFRA TERRA”: Habiendo culminado la conquista de los Seis Reinos, Iluvia lleva a cabo su último paso: obligar a todos los reyes a ser inoculados con criolíquenes, para asegurar su fidelidad. Edmundo es rescatado por Rdijsavij y Menuyinu, y parte a la búsqueda de los criolíquenes. Iluvia, por su parte, descubre la impostura de Edmundo, y se da cuenta de que nunca ha dejado de luchar contra ella

“Golpe por golpe”

–¡Capturen a Edmundo!– gritó de pronto Iluvia, con furia tan salvaje como súbita. Y luego añadió entre dientes, pero de manera bien audible: –Lo quiero vivo.

Los soldados de Lin empezaron a correr arriba y abajo por todo el Palacio Real de Tartenos, en búsqueda de Edmundo. Mientras tanto, éste se encontraba en los frigoríficos subterráneos. Allí, un científico estaba siendo encañonado con un arma que Edmundo le había robado a uno de los guardias reducidos y muertos.

–Muéstrame los criolíquenes que vas a inyectarle a los reyes.

Atemorizado, el científico abrió un frigorífico, y le mostró un pequeño contenedor de metal, decorados con motivos geométricos en el borde superior, en cuya cima habían un par de luces rojas parpadeando débilmente.

–Quiero que los cambies por un suero inofensivo– dijo Edmundo. –¡Deprisa, no tengo tiempo que perder!

De pronto, hubo ruidos en el exterior de la habitación. Edmundo alcanzó a darse vuelta justo a tiempo para ver como Menuyinu el reveda era atravesado por dos lanzas primero, y otra más después. Este trató de levantarse, y estiró la mano en un penoso esfuerzo por alcanzar su lanza, pero un reveda le cayó sobre esa mano y se la clavó al piso con su lanza; el reveda soltó un chillido adicional, que fue interrumpido cuando otro reveda le atravesó salvajemente el cráneo con un cuchillo de obsidiana. El cuerpo de Menuyinu quedó inerte mientras Irrmenej y sus revedas ingresaban al interior de la habitación, y mantenían a Edmundo y Rdijsavij a raya con sus armas.

En otro piso del Palacio Real, la Princesa Iluvia fue informada de la captura.

–Bien– dijo Iluvia, con frialdad de acero. –Prepárense a ejecutarlos.

–¿Ahora, Su Reverencia?

–¡No, mañana, imbécil! ¡Por supuesto que ahora! ¡Quiero darle un escarmiento a los Seis Reinos! ¡Quiero mostrarles cuál es la suerte de los rebeldes y de los traidores! ¡Preparen la ejecución! Seré yo misma quien le administre el golpe supremo a Edmundo.

Y luego, cuidándose de que nadie la oyera, Iluvia añadió, apenas moviendo los labios:

–Pudiste tenerlo todo de mi. Pudiste tenerlo TODO…

El discurso de Aspenos fue interrumpido brutalmente y sin ninguna ceremonia. Pero ninguno de los presentes lo lamentó: Aspenos era un quinceañero con muy poca presencia escénica, y su tono de voz gangoso, y con una petulancia nacida de la necesidad de ocultar su timidez, tampoco le ayudaban demasiado. Un chambelán anunció que se habían descubierto traidores dentro del Palacio, y que como muestra extraordinaria de la suerte que sufren aquellos quienes se oponen a Freilande, sería torturado y ejecutado de manera pública e inmediata.

En muy poco rato, Edmundo fue subido a la tarima, que había sido despejada de manera apresurada, y en la cual se había instalado un potro de tortura. Edmundo iba vestido con pantalones, y descubierto desde la cintura hacia arriba; había sido convenientemente maniatado. Le habían suministrado también una droga para abrirle bien los sentidos, lo que era visible en su mirada nerviosa y en una serie de tics que pugnaban por hacerse lugar en sus expresiones faciales.

Detrás salió Iluvia, vestida con un uniforme un tanto ceñido, que realzaba sus formas, y muy austero en decoración, salvo por una amplísima capa de una tela muy gruesa y fina. Mientras Edmundo era amarrado al potro de torturas, Iluvia se dirigió a la audiencia.

–¡Al que ven aquí, es al famoso Edmundo, el hombre que se atrevió a desafiar a mi padre, el Kaiser Lama Kriegsweltz IV, Amo de Freilande, y Salvador y Consuelo de la Humanidad! ¡Yo le ofrecí el perdón! ¡Yo le ofrecí la vida! ¡Y a cambio, sólo debía ser leal a la causa de Freilande! Mas, él ha decidido seguir en su mal camino, y seguir siendo un traidor. ¡Sepan ustedes que quien es traidor a la causa de Freilande, es también traidor a la causa de la Humanidad! ¡Orden! ¡Paz! ¡Justicia! ¡Bondad! ¡Eso es lo que somos!

Iluvia abrió su brazo para abarcar a Edmundo, y no necesitó ser demasiado teatral para realizar un sincero gesto de amargura.

–Quienes son nuestros enemigos, también lo son del orden, de la paz, de la justicia, de la bondad. Destruir a quienes se nos oponen no es sólo asunto de supervivencia. Destruir a quienes se nos oponen significa también la mantención del orden cósmico como un todo. Porque las leyes de la justicia y las leyes de la naturaleza son una y misma cosa. No pueden desafiar a la voluntad de Freilande, así como no pueden desafiar las leyes de la naturaleza.

Luego, bajando el tono de voz, más para sí que para su audiencia, Iluvia añadió:

–Por eso, Edmundo debe morir.

Iluvia se despojó de su capa, ayudada por un par de asistentes, y luego se dirigió hacia la jeringa que portaba uno de sus científicos, sostenida encima de un cojinete de terciopelo morado. Levantó la jeringa en alto.

–¡Esta jeringa contiene una dosis de criolíquenes! En una dosis moderada, los criolíquenes se instalan dentro del sistema respiratorio, y pueden ser mantenidos a raya con un antídoto. Pero en una dosis extrema… como la que ven ahora… colonizan el cuerpo humano entero, lo enfrían, cristalizan el agua en sus células, y lo revientan por hemorragias masivas… antes de que la mismísima sangre se vuelva hielo. A continuación, administraremos los criolíquenes en su dosis moderada a los cinco reyes, quienes voluntariamente se han sometido a este procedimiento como una prueba de su inquebrantable fidelidad a Freilande. Pero antes de eso… verán lo que ocurre con alguien cuando es invadido por los criolíquenes sin un antídoto.

Los cinco reyes se revolvieron en sus asientos, inquietos. “Voluntariamente” no es la palabra que hubieran usado para la amenazante persuasión que Iluvia había mostrado señalándoles el recto camino, si es que querían seguir siendo reyes de algo. Reyes de opereta, espectrales, meros títeres en las manos de las fuerzas de ocupación de Freilande, pero reyes a fin de cuentas. Aún.

Iluvia se dirigió a Edmundo, portando la jeringa. Edmundo se revolvió, tratando en vano de zafarse de sus ataduras; recordaba muy bien el dolor que le había infligido el haber sido inyectado con criolíquenes a una dosis apenas normal, y sabía que ahora, con sus sentidos muy aumentados por la droga que se le había administrado, la dosis letal le haría sufrir un horror inconcebible antes de que la muerte tuviera la misericordia de alcanzarle.

–¡Iluvia, detente! ¿Crees de verdad que matándome vas a mantener a raya a los Seis Reinos?– gritó Edmundo con desesperación, enronqueciéndose la voz en el proceso. –¡Por cada uno de los rebeldes a tu tiranía que aplastes, cinco se alzarán! ¡Iluvia, detente…!

–Nunca pensé, Edmundo que…– dijo Iluvia, y se acercó a su oído para susurrarle: –…llegaría el minuto en que te oiría ROGAR por tu vida.

–¡Esto lo vas a pagar caro, Iluvia! ¡Ya lo verás!– chilló Edmundo. –¡Tu dominio se tambaleará, y tu imperio al final caerá!

–¡Nunca!– restelló Iluvia, y acercó la jeringa a Edmundo. Todos los sentimientos de admiración que habían germinado por él, se habían trastocado en un odio profundo y visceral, alimentado con generosidad por el orgullo y la arrogancia de saberse la Princesa Imperial, y una de las personas más poderosas de todo el Planeta Interior. ¡Haberla rechazado A ELLA! ¡A Iluvia! De manera que Iluvia alargaba con cierta ridícula afectación, cada movimiento necesario para clavar la jeringa en Edmundo.

–¡Cuidado, Princesa!– gritó de pronto Maxiana. Una guardiana se le arrojó justo a tiempo para cubrirla del disparo de un arma de rayos, al precio de recibir tal disparo en su propio pecho, y caer exámine al suelo. Maxiana, en tanto, sacó su arma.

Varios presentes en la ceremonia se libraron entonces de sus capas, y aprovechando el factor sorpresa, empezaron a disparar hacia el podio, mientras los civiles inocentes corrían a buscar refugio. Las soldados de la guardia personal de Iluvia, lideradas por Maxiana, empezaron a guerrear también, mientras Iluvia, siempre con el cuerpo pegado a tierra, empezó a reptar para ponerse a salvo.

Edmundo sintió como una criatura pequeña, muy probablemente un reveda, se le arrojaba encima. Supo que era amigo porque le desató en vez de matarle. Edmundo le dedicó una mirada mientras tomaba el arma de la guardiana que había muerto cubriendo a Iluvia, y no pudo más con su sorpresa:

–¡Rdijsavij! ¡Pero cómo… te libraste…!

Pero eso no importaba. Ahora lo que contaba era disparar. Con sus sentidos bien aumentados, Edmundo podía hacer puntería muy rápido y bien, y de esta manera consiguió bajar a varios guardias, mientras se retiraba de la tarima para ponerse a cubierto. De refilón, Edmundo miró a uno de los hombres que luchaba para tratar de rescatarlo.

–Fisherman– murmuró Edmundo. Le había dado instrucciones a Rdijsavij y Menuyinu de que liberara a Fisherman y sus hombres, quienes permanecían como rehenes suyos en Kilbiris, con la esperanza de que éstos, perdida la causa de Pelham, se le plegaran. Pero nunca, en sus mejores sueños, había supuesto que le apoyarían en su hora más crítica.

Cuando había conseguido alcanzar una posición a cubierto, una de las guerreras guardaespaldas apareció desde el interior del Palacio Real, y trató de dispararle. Edmundo contestó al fuego con fuego, y la hirió en un brazo. Pero la chica tomó una daga en su costado, y se lanzó contra Edmundo dispuesta a vencer cuerpo a cuerpo. Edmundo iba a dispararle a bocajarro, pero un par de inoportunos disparos desde otra posición le obligó a ponerse a cubierto, mientras Rdijsavij, valientemente, arrojaba su lanza contra el francotirador y se la clavaba certeramente en el pecho. La chica empujó a Edmundo con violencia, de regreso a la tarima, mientras éste luchaba denodadamente por impedir que ella consiguiera clavarle la daga. A descubierto, la única protección de Edmundo contra los disparos enemigos era justamente el cuerpo de la chica. De pronto, Edmundo vio la jeringa con criolíquenes, abandonada. Se estiró hacia ella con un brazo mientras con el otro luchaba por mantener la mano con daga inmóvil, y alcanzó la jeringa. Y la clavó.

La chica lanzó un horrible alarido, y de inmediato las convulsiones tetánicas la invadieron, mientras su hermoso rostro de mujer era invadido por espasmos que la desfiguraban por completo. Ahora, agudos y cortos chillidos salían desde su garganta cada vez más atenazada. Finalmente, quieta y boca arriba, con los ojos casi cristalizados, tosió y escupió algunas pequeñas motas de hielo, y exhaló un último y largo suspiro, que sonó como a carne desgarrándose por el interior, antes de quedar inmóvil por completo.

Edmundo, escoltado por el fiel Rdijsavij, corrió hacia el interior del Palacio Imperial, liándose a tiros con varios otros guardias, entre chicas del cuerpo militar de Maxiana, soldados regulares y de élite de Lin, e incluso tropas de Deucratis, la mayor parte de las cuales había empezado a aceptar que era mejor trabajar con el régimen de ocupación que sublevársele.

–Supongo que les aguamos la fiesta, ¿no?– preguntó Edmundo a Rdijsavij. –Llévame hasta Fisherman. Ahí veremos cuál es el siguiente paso.

De pronto, Edmundo sintió una mano en su hombro. Cuando estuvo a punto de contestar golpe por golpe, escuchó claramente en inglés:

–This way! Come on!

Debía ser uno de los hombres de Fisherman. Alegre por oir palabras que no fueran del idioma del Planeta Interior, Edmundo le siguió. Consiguieron abrirse paso hacia el exterior del Palacio Real, y dentro de poco rato, estaban corriendo por las callejuelas de Deucratis.

Finalmente, el hombre de Fisherman se detuvo en una casa. E hizo ingresar a Edmundo a su interior. Este accedió, seguido por Rdijsavij.

–¡Señor, Gibson reportándose, señor! ¡El paquete se encuentra a salvo, señor!– gritó el hombre marcialmente.

–¡Baja la voz, Gibson, maldita sea! ¿Quieres que las tropas allá afuera nos escuchen?– gruñó Fisherman, y luego añadió, ahora dirigiéndose a Edmundo con más calma: –Ahora estamos a mano, ¿no, Edmundo? Quiero decir, por haberme liberado después de que capturaran a Ezra Sheperd. Malditos bastardos, los desgraciados de Freilande.

–Hasta que al fin podemos entendernos– dijo Edmundo. –Si no hubiéramos perdido valioso tiempo peleando entre nosotros, hubiéramos quizás podido parar la aplanadora militar de Freilande. Los Seis Reinos no hubieran caído. Ahora… me temo que no tenemos opción.

–Bueno, hay un camarada tuyo que piensa distinto– dijo Fisherman, e hizo un gesto.

Desde otra habitación apareció Wolfgang Spengler. Ante esto, Edmundo se quedó perplejo.

–Pero… Wolfgang…

Antes de ninguna otra cosa, Edmundo caminó y abrazó a su amigo, y éste, mostrando un sentimentalismo generalmente poco asociado a los alemanes, correspondió al saludo.

–¡Pero ya te creía muerto en Pelham, Wolfgang…! ¡Cómo…!

–Era un rehén demasiado valioso, Edmundo, así es que Ezra Sheperd no me iba a dejar morir. Me dio tratamiento médico, y… bueno, lo convencí de que teníamos intereses comunes. Yo le proporcioné información sobre el Planeta Interior y nuestra guerra de guerrillas, y él… me dio acceso a otras cosas. Fue complicado fugarse en medio del caos de la invasión de Freilande contra Pelham, pero… lo logré. Y tenemos una posibilidad, Edmundo. Aún podemos ganar, aún podemos aplastar a Freilande.

–¡Pero cómo…!

–El Proyecto Polaris. Ezra Sheperd me soltó de qué se trata, lo que él sabe. Estados Unidos estaba preparando una serie de armas para lidiar contra Kriegsweltz IV, de una tecnología inimaginable. Basada en el teranergium. Parte de esas armas quizás todavía estén allá. Retum no ha participado en esta guerra, y tiene sus reservas de teranergium intactas. Si conseguimos esas armas, y hacemos una alianza con Retum… Iluvia y sus tropas de Lin no tienen oportunidad. ¡Podemos ganar, Edmundo! ¡Aún podemos ganar esta guerra!

Próximo capítulo: “Hebras en los libros de Historia”.